REGISTRO DEL TIEMPO
12/8/2026

Killing an Arab

Luis Xavier López-Farjeat

En 1979, la banda británica The Cure grabó su primer sencillo titulado Killing an Arab. La letra está inspirada en el momento en que Meursault, el personaje central de El extranjero de Albert Camus, asesina a un árabe en la playa. En algún sentido, ese asesinato bien podría ser una metáfora de tantas víctimas asesinadas aquí, en México, allá en Gaza o en Ucrania, sin que sepamos sus nombres. Los muertos son, para muchos, una mera abstracción. Es fácil referirse a ellos como “bajas colaterales”, “yihadistas en potencia”, “sionistas”, o como sea, con tal de asumir que el otro, el rival, el hostil, el extraño, debe morir. En 2013, Kamel Daoud publicó la novela Meursault, caso revisado, en mi opinión, uno de los experimentos literarios más creativos de la narrativa contemporánea. Daoud vuelve a El extranjero de Camus para habitar su zona ciega. La novela parte de una omisión célebre: el hombre asesinado por Meursault en la playa no recibe nombre propio, historia ni densidad humana. Queda reducido a “el árabe”. Daoud convierte esa ausencia en el centro de una investigación narrativa, moral y política. Su protagonista, Harun, hermano del muerto, habla desde un bar, ya anciano, ante un interlocutor silencioso. Ofrece, de este modo, lo que cabría denominar una  “contrainvestigación” sobre el poder de la literatura, la memoria colonial y la fabricación de identidades.

Conforme avanza el libro, va quedando claro que nombrar no es un gesto accesorio. Moussa, el hermano asesinado, debe ser rescatado de la abstracción. El crimen de Meursault no se limita a los disparos: continúa en la frase que borra el rostro de la víctima, en la maquinaria cultural que hizo posible que un muerto argelino circulara por la literatura universal sin biografía. Harun intenta devolverle un cuerpo, una madre, una infancia, un barrio, una lengua. Pero Daoud evita una reparación sencilla. El testimonio del narrador está marcado por el resentimiento, el alcohol, la memoria deformada y la contradicción. Toda memoria herida habla desde restos, obsesiones y zonas de opacidad. La relación con Camus es, por ello, ambivalente. Daoud escribe contra Camus, pero también con él. La novela imita y, a la vez, invierte los personajes y el escenario de El extranjero: la madre, el sol, la playa, el asesinato, el juicio, la indiferencia ante Dios y la soledad del acusado. Meursault encarna una forma de extrañeza existencial y Harun, una extrañeza histórica: vive en un país, Argelia, donde la colonización, primero, y la independencia, después, han producido silencios distintos, pero igualmente violentos. La novela sugiere que la absurdidad no flota en el vacío metafísico, sino que tiene geografía, lengua, instituciones y muertos concretos.

M’ma, la madre de Moussa y Harun, es una madre doliente, sí, pero también es la guardiana obsesiva de un cadáver perdido, la administradora de una memoria que se vuelve mandato. Imposible no pensar en las madres buscadoras y en sus desaparecidos que, para el gobierno mexicano, tampoco tienen nombre. Harun, por su parte, crece a la sombra de un muerto y bajo la exigencia de vengarlo, nombrarlo y recuperarlo. En ese sentido, Daoud explora con gran lucidez la transmisión familiar del trauma. La madre no logra hacer duelo porque no hay cuerpo, tumba ni reconocimiento; el hijo sobreviviente queda convertido en instrumento de una reparación imposible. La historia personal se vuelve así una miniatura de la historia nacional: un país que busca sus muertos, que necesita relatos fundacionales, pero que corre el riesgo de quedar preso de sus propias ceremonias de reivindicación.

Harun, finalmente, confiesa su propio crimen: el asesinato de Joseph, un francés, tras la Independencia. Este episodio impide que la novela se lea como una simple inversión victimaria. Harun no es un inocente absoluto ni un portavoz puro de los vencidos. Su acto repite y deforma el crimen originario: mata a un francés cuando el orden colonial ya se ha derrumbado, y precisamente por eso su crimen no encuentra el sentido heroico que quizá esperaba. Daoud introduce una crítica incómoda a las mitologías nacionales. La independencia no cancela automáticamente la violencia ni convierte toda venganza en justicia. La pregunta central deja de ser “¿quién mató?” para convertirse en “¿qué relato vuelve inteligible una muerte y qué relato la condena al absurdo?”

La novela también posee una dimensión lingüística. Harun habla desde una lengua heredada, aprendida, incluso impuesta, a saber, el francés, la lengua del colonizador y del libro que borró a su hermano. Pero esa lengua también es el medio de la respuesta. La paradoja es clara y dolorosa: para disputar el relato dominante, Harun debe usar las herramientas de ese mismo relato. Daoud no resuelve la contradicción; la convierte en el motor del estilo. La prosa es febril, circular, a ratos ensayística, cargada de repeticiones e imágenes violentas. El narrador parece hablar para convencer al interlocutor, pero, sobre todo, para convencerse a sí mismo de que su vida no ha sido únicamente una derivación de la muerte de Moussa.

Desde una perspectiva filosófica, Meursault, caso revisado, plantea el estatuto ético de la narración. ¿Qué significa contar la vida de otro? ¿Es posible reparar una injusticia literaria mediante otra ficción? Daoud parece responder que sí, aunque con cautela. La novela no resucita a Moussa ni garantiza la verdad sobre él; en cambio, denuncia la violencia de un mundo en el que algunos sujetos tienen derecho a la interioridad y otros apenas pasan desapercibidos. El libro es, por lo tanto, una meditación sobre el nombre propio como condición mínima de justicia. Si alguien ha osado no leer El extranjero de Camus, es recomendable que lo haga antes de acercarse a Meursault, caso revisado. De lo contrario, podrá seguir la trama, pero perderá parte de sus simetrías, ironías y provocaciones. Daoud no clausura El extranjero, sino que lo reabre. Obliga a Camus a responder por aquello que dejó fuera de cuadro. Y en ese gesto, la novela demuestra que toda gran literatura puede ser leída no sólo por lo que dice, sino también por los cuerpos que deja sin nombre.

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