REGISTRO DEL TIEMPO
29/7/2026

El dictador

Javier Sicilia

¿Hay algo del dictador en Claudia Sheinbaum y en su mentor López Obrador? Según el diccionario de la REA, el “dictador” es alguien “que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyado en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica”. Para entender mejor la definición hay que remontarse a su sentido original.

En sus inicios, el dictador, del que deriva nuestro concepto actual, es aquel “que dice algo para que otro lo copie”. Está asociado con el nacimiento de la escritura que, en sus comienzos —3000 a. C—, y debido a que todavía no existían los elementos para hacerlo de manera personal (separación entre palabras, puntuación, márgenes, etc.), se ejercía mediante el dictado. Cicerón, por ejemplo, tenía 20 esclavos dedicados a ese oficio. Su preferido era Tiros, quien había ideado un método de escritura rápida. Lo mismo puede decirse de san Agustín y de san Bernardo. A veces, quienes dictaban recurrían a distintos escribas según el tipo de dictado. La mayoría de esos amanuenses no sabían leer, quizá ni siquiera entender el dictado. Sabían simplemente reproducir gráficamente el sonido de las palabras que grababan en la piel de una tablilla de cera, un papiro o un pergamino. Según Irene Vallejo, el lector de esos dictados, que, dadas las condiciones de la escritura de entonces, sólo podía hacerlo en voz alta para sus oídos y los de otros (leer era un acto no de los ojos, sino de la voz y la escucha), solía asociarse en la Roma antigua con un ser sodomizado por la palabra del dictator, que al seducirlo y someterlo mediante la autoridad de su decir lo desapropiaba de su palabra.

Visto desde allí, se entiende mejor porque su significado pasó a asociarse con alguien que domina, que se apoya en la fuerza de su decir, que graba su palabra más allá de los límites que la ley (los límites de la oralidad en el sentido de la escritura) impone para sodomizar a sus oyentes. El dicator, que por asociación o extensión se refría, en la República romana de Cicerón, al magistrado que era investido temporalmente con poderes absolutos, se transformó, después, en un monstruo que —como Hitler, Stalin, Franco, Pinochet, Castro, Díaz Canel, Daniel Ortega, Maduro o a Trump que lo intentó y lo sigue intentando— graba en la piel de quienes no quieren ser sodomizados el punzón de su dictado. No en vano, las bayonetas tienen la forma del buril o del cálamo con el que se escribía antiguamente. Estos dictadores llevan el poder que la autoridad (la condición de autor, del “que hace crecer”) le confería al dictator en la Roma antigua a la arbitrariedad y la imposición por el miedo. El dictator que, por la calidad de su decir, invitaba al lector a ser sodomizado, cambió el dictado por la dictadura (un “dictado-duro”, valga la falsa etimología) y se convirtió en dictador, en violador de la autonomía y de la libertad del otro.

¿Sheinbaum y López Obrador tienen algo de ello? En varios sentidos sí. Primero, en el sentido de que dictan y de su dictado, que realiza con su equipo a puerta cerrada, como Cicerón lo hacía con sus esclavos, y luego, de manera pública, en cada “mañanera”. Segundo, porque su dictado aparece luego, semejante al de los dictatores de la Antigüedad, grabado no en tablillas de cera, sino en papiro o pergamino, en el papel de los periódicos, en la escritura luminosa de las redes y a través de la televisión, esa forma de la lectura que recuerda, en algún sentido, los púlpitos donde se realizaba la lectio. Tercero, porque su dictado, que muchas veces violenta la ley, la malversa y la usa según conviene a su autoría, busca sodomizar no sólo mediante la seducción de sus partidarios, sino también mediante la violencia y la persecución verbal de sus adversarios.

No lo es, en cambio, en el sentido de que, hasta ahora, no han buscado, querido o podido imponer ese dictado con el punzón de las bayonetas; no ha sodomizado —mediante el asesinato, la desaparición y el miedo— a quienes se le oponen o a quienes lo criticamos, incluso con vehemencia.    

Su tipo de dictadura pertenece a una nueva forma que emergió de  los intersticios de la globalización: la del crimen organizado, al que el dictado de ambos presidentes ha terminado por servir, y que tiene no sólo capturada una buena parte del Estado, de los partidos políticos y de algunas empresas, sino  también más del 35% del territorio nacional. Como las dictaduras que conocemos, la del crimen organizado, que se ha acompasado bien con los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum, fabrica campos de exterminio como el de la Bartolina y el del rancho Izaguirre, excava fosas por todo el territorio, ejerce su poder sin limitaciones jurídicas y, mediante el terror, la extorsión y la muerte, genera el caos en el que estamos sumidos.

Las dictaduras han sido espantosas. No lo es menos esta dictadura híbrida que va destruyendo lo que queda de las instituciones políticas y de las organizaciones civiles del país.



Arte en portada
Ghost, Devils and the King of Hell
Utugawa Kuniyoshi, 1850

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