En una carta a Hellmut Becker, director del Instituto Max-Planck de Berlín, publicada a manera de testamento en la obra póstuma de Iván Illich, La perte des sens,y traducida para el número 20 de Conspiratio dedicado al cuerpo, Illich, al evocar la pérdida moderna del mundo y de la carne, decía, refiriéndose a su poeta favorito: “Paul Celan sabía que del mundo que conocimos sólo queda el humo”.
Pocas veces, una frase tan sintética como ésta puede revelar el contenido de una obra. Si algo caracteriza a la de Celan es precisamente eso: el amargo testimonio de un mundo —y por ello entiéndase las culturas y la memoria de los pueblos— que a partir del nazismo y de los crematorios de Auschwitz se ha ido desvaneciendo bajo el peso atroz de los poderes de la técnica. Es también el infructuoso intento del poeta por rescatar ese mundo purificando en el poema la lengua de los asesinos.
No en vano, el primer poema que Paul Celan publicó —en 1947, en una traducción al rumano hecha por su amigo Petre Solomon para la revista Contemporanul de Bucarest—fuera “Fuga de la muerte”. En ese poema, que revela el sentido en el que se desarrollará toda su obra, Celan denuncia esa muerte del mundo, no sólo en el genocidio judío, sino en la destrucción de la cultura alemana por parte de la barbarie técnica de los nazis.
En aquella primera versión, “Fuga de la muerte” (Todesfuge) llevaba por nombre “Tango de la muerte” (Tangoul mortii), en alusión a la música que los judíos estaban obligados a tocar en los campos de extermino durante las marchas, las torturas, el cavado de fosas y las ejecuciones. Si más tarde Celan cambió la palabra tango por la de fuga, fue para hacer más dura la denuncia de ese crimen. Mientras el “Tango de la muerte” aludía a una música particular que había fascinado a la Europa de la infancia de Celan y que el acto de los nazis había humillado y degradado, la fuga le daba un mayor alcance a esa denuncia, pues aludía a ese arte que era la summa musical de Bach, el incomparable Maister aus Deutschland. Después de los nazis, la gran cultura alemana, expresada en las fugas de Bach y en las trenzas rubias de la Margarita del poema —en referencia a la Margarita del Fausto de Goethe, otra obra suma de la cultura alemana—, y la gran cultura judía, expresada en la maestría de las ejecuciones musicales de los judíos y en el “cabello de ceniza” de la Sulamita —la doncella “negra y donosa” del Cantar de los cantares, la amada por excelencia en la que se contempla el pueblo de Israel—, están destruidas y humilladas por “un maestro venido de Alemania”, que “juega con las serpientes” y “escribe cuando oscurece Alemania tu cabello de oro Margarita/ tu pelo de ceniza Sulamita”; que “tiene azul el ojo”, que “silba a sus mastines [nazis]” y “a sus judíos” para que caven “una fosa en la tierra” y “toquen para el baile”.
Después de esa barbarie, nada queda, sino “una fosa en los aires” y la “negra leche del alba” que se bebe “en la noche”; nada, sino el humo de los cuerpos asesinados de los judíos que, junto con la cultura alemana y hebrea, símbolos de todas las culturas y tradiciones que hacen el mundo, asciende al hueco intangible del aire, a la nada, a la desencarnación del mundo que ennegrece con sus cenizas el alimento vital de la leche.
Si los poemas de Celan, que concluirían con su suicidio en 1970, son el símbolo de un mundo que se hizo humo, “habría que esperar —como señala Illich al evocar a Celan— el surgimiento del disco duro virtual de la computadora que, junto con la manipulación genética, tuvieron su origen en la desmesura nazi, para “encontrar el emblema de una irrevocable” desaparición “del mundo y de la carne”. “Pues [hoy en día] la materialidad carnal del mundo [que es percibida a través de los sentidos de cada cultura ya] no desaparece como un muerto que abandonamos detrás de las líneas enemigas, ni como las ruinas enterradas poco a poco en las profundidades del suelo”, sino “como una línea que borramos al apretar la tecla ‘suprimir’ de la computadora”. El mundo que, como señaló Celan había sido arrancado de sus raíces, ahora continúa su desarraigo a través de técnicas domesticadas que, en su aparente bondad, van despojando a todas las culturas de su capacidad de percibir y de sentir el mundo, de su capacidad de vincularse con la tradición de un suelo y de una memoria.
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