Trad. Carlos Carmona
El Concilio Vaticano II designa a la misa como “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium I, 10). Para los católicos se encuentra presente en cada rincón de nuestras vidas: cincuenta pausas que marcan el paso de los años (los domingos), presente también en bautismos, confirmaciones, funerales, bodas… y, para algunos, en esa ida casual a media semana, entre reuniones de trabajo y la hora de la comida. A lo largo de los siglos se han escrito bibliotecas enteras sobre cada aspecto de su práctica: su liturgia, teología, historia y música. Durante la época de la Reforma, fue uno de los temas más candentes para debatir —y, ha de decirse, para torturar y matar— no sólo entre católicos y protestantes, sino entre los mismos reformadores, que lucharon ferozmente entre sí sobre el asunto.
A través de los siglos, la vida de cada palabra pronunciada en ella, particularmente las correspondientes al “momento” de la consagración, han sido diseccionadas hasta el más mínimo detalle. “Éste es mi cuerpo”: sí, pero ¿en qué momento exacto esa oblea de trigo y agua se transforma en una bomba nuclear espiritual? ¿Y si el sacerdote muere antes de pronunciar la palabra “cuerpo” o sólo alcanza a pronunciar la “c” de esa palabra, se habrá producido ese cambio trascendental? Aquellos puntos nos pueden parecer un tanto arcanos y bizantinos, salvo que realmente se crea lo que el catecismo católico enseña. Entonces, serán las palabras de vida más importantes que hayamos escuchado durante nuestra breve estancia en la tierra.
Hay un pequeño punto, un detalle entre todos los detalles, un grano de arena en la bastedad del mar, el cual no he visto que se discuta salvo de pasada (con todo, yo lo incluí en mi novela The Final Retreat, en las reflexiones del padre Joseph). Es un punto que, a mi parecer, tiene la mayor trascendencia, pues constituye la piedra angular de todo el edificio devocional. He presenciado miles de misas y hay algo que siempre encuentro inquietante: en el “momento” de mayor importancia —el de la consagración—, el sacerdote nos dice que Cristo hizo algo… y que nosotros, entonces, no hacemos.
He aquí las versiones del momento en cuestión:
“Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘tomen y coman; esto es mi cuerpo’”. (Mateo XXVI, 26).
“Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se los dio diciendo: ‘tomen, esto es mi cuerpo’”. (Marcos XIV, 22).
“Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se los dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en conmemoración mía’”. (Lucas XXII,19).
“El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo. ‘Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía’”. (I Corintios XI, 23-4).
Y acá el mismo momento en el rito tridentino:
Qui pridie quam pateretur, accepit panem in sanctas ac venerabilis manus suas, et elevatis oculis in coelum ad te Deum Patrem suum omnipotentem, tibi gratias agens, benedixit, fregit, deditque discipulis suis, dicens: Accipite, et manducate ex hoc omnes: Hoc est enim Corpus Meum.
El cual, el día anterior a su pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios Padre suyo omnipotente, dándote gracias, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “tomad y comed todos de él: porque esto es mi cuerpo”.
Él “partió el pan”, pero nosotros no o no, al menos, en el mismo momento. De hecho, el sacerdote espera hasta el Agnus Dei para partir la oblea consagrada, que es bastante después del momento de la consagración. En efecto, es después de la plegaria eucarística, del Padrenuestro, del rito de la paz y justo antes de la comunión. Sin embargo, resulta por demás claro, partiendo de todas las fuentes —tanto escriturísticas como litúrgicas— que el pan en la última cena fue partido o quebrado antes de que se pronunciaran las palabras.
¿Es esto relevante? Usemos nuestra imaginación y viajemos en el tiempo hasta el Cenáculo para observar a Cristo realizar la acción: es la festividad de los panes ázimos en el calendario hebreo, Pésaj, la Pascua. Él no sujeta una oblea a la cual le susurra unas palabras. No, es mucho más dramático que eso. De hecho, es un momento de una brillantez teatral sobrecogedora. “Esto” —quiebra ese crujiente pan ázimo— “es mi cuerpo”. Es la acción de quebrar el pan y no al pan en sí a lo que las palabras parecen aplicar. Esto es lo que le pasará a mi cuerpo: ¡Crac! Cristo está actuando su sacrificio en una suerte de “mímica”.
No acaba ahí: “Esto” —vertiendo el rojo vino en el cáliz— “es mi sangre”. Esto le pasará a mi sangre: manará de mis manos, mis pies y, especialmente, de mi costado. No me parece que sea el jugo de uva fermentado en el fondo de la copa lo que constituya el objeto del “esto”; más bien, la acción consistente en el derramamiento de la sangre, cual si fuera vino capaz de manchar el ropaje de Cristo en la cena, así como manchará a los asistentes cuando la lanza perfore su costado, justo a la tarde del día siguiente.
Y añade: “hagan esto en conmemoración mía”. ¿Hacer qué? Pues romper y quebrar ese pan, o sea, un verdadero símbolo no una mera comida, sino un sacrificio. Cuando hacemos esto —dice San Pablo—, nosotros “proclamamos su muerte” (I Corintios XI, 26). ¡En efecto! Al quebrar la oblea, estamos, literalmente, re-presentando y recreando su muerte, siguiendo las instrucciones de esa “mímica” que nos dejó, con lo cual renovamos su sacrificio en consecuencia. Más todavía, cuando San Pablo se quejaba de los corintios “por no reconocer el cuerpo” (I Corintios XI, 29) cuando celebraban, quizá lo hacía en términos literales. Se estaban concentrando más en el aspecto de la cena, o sea, en el comer ese pan y beber ese vino, más que en el acto de romper ese pan y verter ese vino. Los corintios se habían apartado del significado original de dramática re-presentación que Cristo nos dejó en su cuerpo que ha sido quebrado y su sangre que ha sido derramada.
No es un asunto de mera semántica, cambia completa y significativamente nuestra manera de aproximarnos a la misa. En primer lugar, no tiene por qué —ni debiera— incidir en nuestra fe que algo le suceda a la sustancia del pan o del vino, si bien acaso dicha aproximación nos permita entender esa transformación no como un mero acto de magia, sino como una realidad íntimamente entretejida a la experiencia litúrgica. Este enfoque otorga una comprensión táctil a las propiedades físicas de los elementos seleccionados por Cristo para ese acto de última y trascendental recordación. Posee, además, una dimensión ecuménica: se adentra en un simbolismo profundo que habría despertado el interés —y quizá el asombro— de Lutero, Cranmer y Calvino. Asimismo, se aparta de la pretensión de fijar con excesiva precisión el momento exacto en que tiene lugar la transformación, lo que no desagradaría a las iglesias ortodoxas, que tropiezan con el legalismo romano. Para los católicos, renovaría la comprensión de la misa como sacrificio y nos proporciona un ejemplo del supremo liturgista en acción: Jesucristo.
Hay otro momento en la Escritura que no he mencionado: el relato del camino a Emaús tras la Resurrección, narrado en el capítulo XXIV del evangelio de San Lucas. Es un apunte adecuado para concluir, pues la conversación con Cristo mantiene a los discípulos en la oscuridad, a pesar de que sentían arder su corazón cuando les hablaba en el camino (cfr. Lucas XXIV, 32 & 33); y, ciertamente, no fue a través de la comida ni la bebida como se les abrieron los ojos. No, antes de que el Cristo resucitado se esfumara de su vista, se nos dice que lo reconocieron cuando, estando a la mesa con ellos, “tomó el pan, lo partió y se los dio”. (Lucas XXIV, 30 & 31).
N. del T. Se sugiere escuchar la Misa compuesta por el autor: “Missa Mirabilis” en las versiones existentes con The Choir of the Trinity College of Cambridge, London Choral Sinfonia. Aquí la parte correspondiente al Agnus Dei, interpretada por el Colorado Symphony Chorus bajo la batuta de Andrew Litton:
https://www.youtube.com/watch?v=Z_j9bLewLl4&list=RDZ_j9bLewLl4&start_radio=1
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