El ensayo que ahora sigue pretende dialogar con la propuesta de Stan alrededor del olvido, continuando las huellas dejadas por mi presencia en Granada y sus territorios (véase https://www.conspiratio.mx/blog/recordar-olvidar-y-refugiarse-primera-parte-que-olvidadizos-somos). Para ello, quiero aportar el estudio detallado de una categoría, el refugio, para entenderlos como espacios potenciales de expansión, donde se entrelazan indistinguiblemente el recuerdo y el olvido. Lo que se plantea partir de la investigación de estos laberintos en ruinas es restablecer, aunque solo sea por un momento, su eterna función comunitaria dentro de la memoria colectiva de nuestro presente. Combinando una investigación a partir de los propios espacios físicos, de las voces de los testigos que los habitaron y de los materiales encontrados que los conforman, el objetivo es levantar un ensayo alrededor de la siguiente reflexión: ¿son los refugios tan solo patrimonio del recuerdo?
El refugio como categoría física del olvido
La identidad de los pueblos no se encuentra en su superficie. Permanece bajo tierra. Está en los espacios ocultos a la luz del día, en las bóvedas de las alcantarillas, en los sótanos llenos de disidentes y en los pozos abandonados en otros tiempos, donde el pueblo emerge en toda su forma. En la oscuridad, allí donde el ser humano corre a refugiarse, es donde ve la luz la comunidad. Los pueblos de Granada, como tantos otros, se encuentran perforados en sus entrañas, abarrotado de antiguos corredores excavados en las profundidades bajo tierra. Son los refugios, espacios levantados por una población combativa para hacer frente a la barbarie del bombardeo fascista durante nuestra guerra. Los refugios fueron espacios excavados para proteger el cuerpo, el elemento más débil frente a la violencia de una nueva barbarie. Pero antes de eso, los refugios tuvieron una función más importante: preservar la comunidad.
Pues esta obra no pretende penetrar en el refugio como un espacio del pasado, sino recordar un hecho inamovible: los refugios, a pesar de permanecer décadas sumergidos bajo nuestros pies, ocultos a nuestra mirada, continúan presentes. Son espacios en latencia, a la espera de que ocurra un nuevo conflicto. Aunque nosotros los olvidamos, arrinconados en la memoria museística, ellos no nos olvidan.
Breve historia del refugio
A lo largo de los milenios que hemos habitado esta tierra, siempre los primeros rastros de humanidad se encontraron en espacios de refugio. Ya fuera en los abrigos de las paredes rocosas, en las profundidades de las cavernas, o en construcciones megalíticas levantadas con grandes piedras, nuestra especie siempre se caracterizó por buscar refugio de la naturaleza en el interior de la tierra. Los refugios, en su sentido más amplio y genuino, forman parte de nuestra identidad desde el principio. Porque el refugio es hogar. Y, ante todo, es un espacio sagrado donde refugiarse de la amenaza que nos rodea.
En un principio acudimos a los refugios como seres refugiados, como tantos otros, en constante transición entre la altura de los árboles y la profundidad de la tierra. Pero hubo un momento en que el refugio clandestino adquirió vida propia. Y aquellos espacios de parapeto improvisado pasaron a ser mucho más que espacios de tránsito, para convertirse en territorio sagrado. Tal vez esto sucedió cuando, como animales refugiados, comenzamos a perder el miedo primitivo a la naturaleza y a crear miedos surgidos de nuestra mente; comenzamos a temer a los dioses. Y por eso los primeros espacios sagrados, adornados con las pinturas más antiguas de la humanidad, se realizaron en las profundidades de la tierra.
Sabemos, por la evidencia arqueológica, que las primeras muestras de arte no se realizaron en el mismo lugar donde se habitaba cotidianamente. Nuestra especie siempre habitó la superficie, las entradas de las cuevas y grutas. El lugar donde cocinar, donde dormir, donde cuidar, siempre fue a las puertas del hogar. Y solo profundizamos en el interior de la tierra cuando necesitamos dejar huella de nuestra existencia, cuando buscamos crear arte. El refugio se convirtió así en el espacio donde nuestra especie se sumergió para sentirse protegida. Los espacios de culto nunca fueron espacios donde habitar. Fueron espacios de tránsito, destinados únicamente a una función simbólica: la de generar comunidad.
Atravesando milenios de nuestra historia, los refugios volvieron a emerger en el siglo XX, cuando la violencia ya no provenía de la naturaleza sino de la propia mano humana. Es a partir del salto de explotación de la naturaleza que se produce en el siglo XIX cuando recordamos la necesidad de protegernos de lo que nos rodea. Las villas y ciudades andaluzas, como tantas otras, experimentó un fenómeno que, desde hacía miles de años, quizá ningún ser humano había vivido: volvió a temer aquello que podía provenir del cielo. No en forma de castigo divino o de cualquier otra sentencia mística inducida; lo experimentó de forma material, cuando la naturaleza alterada en forma de arsenal bélico comenzó a precipitarse sobre sus cabezas. Andalucía fue una de las naciones más bombardeadas, donde la aviación más moderna de la época, desde los batallones fascistas italianos hasta la Luftwaffe alemana, encontró un campo de pruebas afín para experimentar lo que después llevarían a gran escala a ciudades como Barcelona.
La necesidad simbólica del refugio
La primera vez que buscamos refugio en las profundidades de las cavernas también fue para protegernos del cielo. La lluvia y la tormenta, desconocida su naturaleza, nos empujaron a penetrar en las grutas oscuras. Y fue bajo una lluvia de fuego y acero cuando las ciudadanas de la villa asediada buscaron refugio de nuevo en las entrañas de la tierra. Pero las nuevas poblaciones no permitieron preservar las montañas. Por lo tanto, hubo que excavar bajo las casas, encontrar las piedras originales bajo los cimientos de cemento. Cuando la población se encontró asediada por los constantes bombardeos, sus habitantes se parapetaron bajo tierra; las comunidades vecinales se desplazaron, abandonando los edificios vulnerables y profundizando en sus cimientos, pero conservando lo más importante: su identidad comunitaria. Porque los refugios son espacios donde, antes que al cuerpo, se protege a la comunidad violentada por la guerra.
Es seguramente por esta condición identitaria, de protección de la comunidad, que los refugios fueron olvidados una vez la ciudad cayó derrotada. La resistencia de toda una población que plantó cara a la violencia desapareció sepultada bajo tierra. De forma literal, ya que los refugios, por orden de la más alta instancia del nuevo poder, fueron demolidos, sellados y olvidados. La memoria de aquellos espacios era demasiado dolorosa para un poder débil, como lo es todo régimen tiránico. El recuerdo debía desaparecer, porque comportaba el anhelo de un espíritu revolucionario.
Con la sepultura de los refugios, el régimen envía un mensaje claro: no habrá más espacios a los que correr cuando la violencia regrese a vuestros hogares. Los refugios desaparecieron, pero algunas de sus vecinas constructoras conservaron el recuerdo milenario de su importancia como espacio de encuentro. Y conservaron también el recuerdo de aquellas ruinas que, bajo el comedor de cada casa, ocultas en los cobertizos de las plazas y los patios de las escuelas, y bajo el latido de una villa pavimentada con hierro y ceniza, en cada rincón, dejaron su rastro. No olvidaron las palabras de María Zambrano cuando afirma que “las ruinas, el patrimonio material, son lo más vivo de la historia”.
El refugio, espacio eutópico
Con el paso de las décadas y la disolución del poder del régimen, algunos de estos refugios volvieron a emerger a la superficie. Fue de forma accidental, cuando las villas y ciudades se vieron golpeadas por las obras que debían abrirlas al mundo, cuando cientos de estos espacios comenzaron a regresar a la memoria.
Por desgracia, a esas alturas, la mayoría de las manos que los habitaron y les dieron forma habían desaparecido o perdido el recuerdo por el paso del tiempo y la vejez. Los refugios no fueron tratados como el memorial de resistencia que fueron, sino como vestigios de un conflicto que, según el dictamen divino de la transición, convenía “perdonar” y “olvidar”. Por ello, pobremente inventariados, la inmensa mayoría fueron destruidos y derrumbados para siempre, ocultando todo rastro de su presencia bajo nuestros pasos. La mayoría de villas y ciudades que durante un tiempo vivieron dentro de sus propias entrañas olvidaron su importancia. Porque la memoria es un habitante extraño en un país que decidió, por decreto de Estado, olvidar todo lo que sucedió bajo tierra. Toda memoria dolorosa corre el riesgo de desaparecer sepultada, porque existe un hilo que conecta las fosas de asesinados con los refugios de la resistencia: todos deben permanecer lejos de la mirada.
Por tanto, nos encontramos con una problemática en nuestro presente: la mayoría de los refugios que existieron en esta tierra hoy permanecen ocultos a la vista de todos; hoy, cuando las tierras de todo el mundo vuelven a agitarse, como arenas movedizas al canto de la guerra. Por ello, es importante volver a pensar en los refugios de forma colectiva, no desde una mirada atemorizada, sino como el recuerdo de la unión colectiva que se alza contra la barbarie.
Como señala Stan, la idea del “olvido” no es negativa en sí; es su instrumentalización por un régimen de poder lo que la ensucia. Recuerdo y olvido forman una misma materia, y es en la idea del refugio donde yo veo su materialización más tangible. El refugio es así —como las placas en recuerdo de los fusilados en el barranco de Víznar— un memorial a ese pasado, no de lucha y guerra, sino de comunidad y resistencia.
Algunos de estos refugios tuvieron la suerte de ser preservados y sometidos a un proceso de museización, para conservar sus entrañas como recuerdo de un pasado lejano y difuso. El proceso de convertir la ruina en museo conlleva casi siempre la congelación de su fuerza indómita. Las ruinas de la barbarie, expuestas, contextualizadas y debidamente señalizadas, establecen un distanciamiento insalvable con la brutalidad que albergaron en su tiempo. Al penetrar en uno de estos refugios, sus paredes agrietadas solo evocan un rastro de lo que sucedió. Porque son espacios conservados en su materialidad, pero desprovistos de aquello que les da sentido y vida: su función de constituir el ágora de una comunidad efímera.
Los refugios antiaéreos fueron levantados por la población de la retaguardia, la más discriminada, por las mujeres, los ancianos, los enfermos y los niños, con la fuerza de una solidaridad organizada de forma anárquica. Pero ¿dónde habita hoy en día esta comunidad? ¿Puede existir una “contemplación de la guerra” sin la presencia de los espíritus que un día habitaron aquellas bóvedas? ¿Quién contempla todos esos otros espacios de resistencia derrumbados bajo tierra, ocultos a la mirada?
Siguiendo la línea trazada anteriormente, el objetivo de este ensayo es dejar de ver un espacio histórico para comenzar a imaginar un espacio con posibilidades de acoger su futuro. Pues el motor de esta propuesta es una exploración sobre la memoria de los espacios, pero no de su memoria pasada, sino de la memoria que está por suceder. Todo para lograr, como decía el escritor Winfried G. Sebald, “mirar todavía con renovada sorpresa aquellas extrañas cosas que en el pasado construimos”. Los espacios de la barbarie del pasado son lugares dolorosos, pero podemos estar de acuerdo en que no debemos olvidar su existencia. El refugio —como la fosa, el campo de concentración, y quizá muchos otros espacios-categorías— puede ser un lugar donde, físicamente, invocar la reconciliación de la comunidad consigo misma.

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