En uno de sus aforismos, Lichtenberg completó el adagio latino Errare humanum est (errar es humano) y escribió que “los animales casi nunca se equivocan, salvo los más inteligentes de ellos”. La contradicción parece ser bastante clara: los animales aprenden una sola vez a caminar, en cambio, al ser humano, le cuesta años de penosos tropiezos ponerse de pie. Y en mi caso, cursé tres veces la misma lección.
Mi madre fue la primera que me instruyó en el arte del bipedísmo, esa acrobacia funambulesca de mover un pie frente al otro sin caerse. Por esos entonces me prestaba poca atención y no tengo memoria de cuántas veces erré. Bendito olvido de nacimiento, uno de los pocos frutos que cayeron junto con nuestra naturaleza. La vergüenza de recordar todos esos desplomes y porrazos me hubiera atado por siempre a la condición original de cuadrúpedo. Prefiero ser el paralítico del evangelio con una vida llena de malos y erráticos pasos, al confinamiento infalible que experimentó Funes el Memorioso, a causa de sus poderes retentivos preternaturales. Fue así, que olvidé mis pecados, me levanté y anduve.
Deambulé a tropezones de un lado a otro y mis vagancias me condujeron al ring de box, lugar en donde a base de golpes fui consciente de mi ignorancia: yo sólo sé, que no sé caminar. Por segunda vez en mi vida tuve que repasar los complicados fundamentos biomecánicos de la dinámica y la cinemática. En la teoría, los movimientos alternados de pies y manos parecían ser sencillos de ejecutar; por cada jab un paso y por cada jab-cross un paso también. Los diestros defienden y avanzan de manera siniestra, mientras que los zurdos son los verdaderos diestros en este deporte.
Arriba del cuadrilátero se debe caminar de lado y siempre sobre las puntas, entrar aguijoneando y salir mariposeando. Se debe tener la guardia y la mirada siempre en alto, al mismo tiempo que los músculos deben estar relajados para tensarse a la menor provocación. Los pies bien plantados, los codos a los costados y la barbilla al pecho. Pero en la práctica todo es imperfecto y lejano a cualquier idealización. Mi coordinación, postura y ritmo resultaron ser los de una peonza torpe.
Una de las lecciones que más me costó interiorizar, fue mantener los ojos abiertos mientras te apuñalan el rostro. Fue complicado remover ese reflejo civilizado, aunque al hacerlo comprendí que hay más dolor en la mirada propia que en los golpes ajenos. Al verme reflejado en el espejo o proyectado en mi sombra, me di cuenta de que no era Mohammed, Mike, George o Rocky; tan sólo era un infante dando por segunda vez sus primeros pasos. Como advierte Borges “los astros y los hombres vuelven cíclicamente”.
Para superar mi minoría de edad motriz dediqué las mañanas de varios años a practicar este deporte. Debo confesar un cartesianismo latente: mi cuerpo se levantaba al alba, pero a mi alma le costaba más tiempo despertar. A las cinco de la mañana memorizaba con paciencia combinaciones de más de once movimientos, logré mecanizar la rotación de la cadera al tiempo que asestaba un gancho y un recto. Y hasta pude desarrollar un precario juego de pies, aunque no creo que mi pendoneo pudiera considerarse pendenciero. Toda mi ilustración boxística se la debo a mi entrenador y a mis compañeros de sparring, con quienes aprendí que es mejor dar que recibir golpes.
En mi ingenuidad, estaba seguro de que el boxeo me había preparado para cualquier pelea de pareja, pero nunca esperé que los tres minutos de un tango me dejaran tirado en la lona. Yo estaba acostumbrado a pelear a puño enguantado, pero el tango tiene su origen en “los duelos a cuchillos que te enseñan a bailar” (Camino). Ésta es una de las metamorfosis que Ovidio llamaría militia amoris (milicia amorosa), por trastocar la brutalidad y la violencia del combate en la voluptuosidad y sensualidad de la conquista.
Mi primera lección de tango fue también la tercera caída en la historia de mis vacilaciones. Los primeros pasos que di fueron los de un camello, así llamó mi maestro a las zancadas que daba dentro de la pista. Sus palabras me invadieron con una vergüenza fulminante, dejándome exánime a la mitad del estudio. Mi visteo no había sido el de un espadachín, pero tampoco creí que caminara balanceando dos gibas a cuestas. Tardé tiempo en comprender cuál era mi proximidad con el artiodáctilo rumiante, pero al descifrar la analogía noté que caminaba como un animal inarticulado.
El tango se camina abrazados y en diagonal, es decir, los pies van para un lado y los brazos para el otro. La elegancia erótica de esta danza se manifiesta en el hieratismo del tren superior, que apenas se mueve para dar el primer impulso e iniciar el baile; mientras que las articulaciones inferiores van dando altibajos juguetones. Las manos del varón dirigen el rumbo a seguir con tiernos cambios de presión en el abrazo, y los pechos de la pareja sólo interrumpen su íntimo contacto cuando la mujer se luce al hacer un sándwich o un ocho.
A vueltas de Volver aprendí la salida básica del tango, un eterno retorno sobre los mismos pasos: atrás, al costado, adelante y cruce. Una vez más el arte de caminar parecía ser sencillo y simple, pero “mis pasos urden su incalculable laberinto” (Borges). Dentro de la milonga estaba desubicado y perdido, tropezaba conmigo mismo al querer avanzar cuando mis pies estaban en una encrucijada. Por contar la secuencia de pasos perdía la cadencia del movimiento y confundía el ritmo con la melodía. Mi presencia no era mejor: abrazaba con tibieza y caminaba sin determinación.
El peor de mis despistes ocurrió durante las milongas de verano. Mi maestro me encontró escribiendo en la Theaterplatz de Weimar y sin preguntarme me emparejó con una mujer guapa y con experiencia tanguera. Fue tan brusco el paso de la abstracción a la acción, que rompió la armonía preestablecida entre mi cuerpo y mi mente. Una parte de mí estaba sin saber qué hacer en la pista, y la otra seguía sin saber que hacer en el texto. Otra vez la amnesia de la infancia me salvó de guardar esas vergüenzas en la memoria. Estoy seguro de que esa inconsciencia me hará tropezar una vez más con la misma pierna; así lo observa Lichtenberg en otro de sus aforismos “el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”.
La tercera nunca es la vencida y el tango no fue mi última lección de bipedismo que tomé. Hace meses descubrí en México la acrobacia de caminar con las manos, pero no prosperé mucho en ella; cuando regresé, le daré una segunda oportunidad. Pero ahora hay otras caminatas que me son más urgentes. Con las recientes nevadas en Weimar y Jena he descubierto que hay tantos tipos de hielo, como formas de caídas, traspiés y resbalones.
Todos los inicios son difíciles y más los que se repiten con rotación pitagórica. Por cuarta ocasión deberé atravesar la humillante y abyecta tarea de aprender a caminar, ahora con muchos deslices alemanes.
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