REGISTRO DEL TIEMPO
11/2/2026

De cómo unos veterinarios nos ayudan a descifrar la patanería de Trump

Rodrigo Noir

Bien es sabido que en la industria del entretenimiento los británicos son unos maestros en las series de época asegurándoles un nicho de mercado que otros tratan de imitar sin éxito. La producción no sólo se esmera en recrear una vestimenta y una ambientación sino un temperamento y una forma de conducirse. La “Britanidad” vende bien y ello asegura la mitad del éxito. La otra mitad corre a cargo de la trama.

Pero dentro de ese tipo de series hay una que destaca en particular. All Creatures Great and Small (ACGS), ello porque el trato, la civilidad y la llana decencia (verosímiles porque la serie nada tiene que ver con las élites británicas) no son el contexto sino aquello que la serie en cuestión is all about. El éxito de la serie en los países anglófonos y más allá proviene de que astutamente los productores comprendieron que una serie así sería un contrapunto perfecto de la civilidad degradada de nuestra época.

ACGS se inspira en los relatos de un joven veterinario (James Herriot) entenado en la casa-consultorio de un veterinario senior meticuloso, puntilloso y algo anticuado (Siegfried Farnon) junto con el hermano menor de éste y aprendiz del oficio (Tristan) más la perspicaz ama de llaves (Mrs. Hall). Más tarde se incorporará la joven esposa de James (Helen) y juntos constituyen un hogar adulto de facto en el Yorkshire rural del período de entreguerras.

El código ético-profesional de estos veterinarios es estricto y las situaciones no siempre ayudan a mantener el estándar.  Atienden de todo, desde mascotas y caballos de competencia hasta animales de granja que significan el patrimonio de los duros pobladores del lugar, mismos que luchan con obstinación por salir adelante confiando a veces sí y otras no en los veterinarios; esa gente educada en las ciudades.

Pero la clave de todo es la cortesía en el trato y las inevitables rigideces que crea detrás de la cual subyace la peculiaridad humanidad de cada uno de los personajes. La tensión a que ello da lugar es un tópico sin duda y estilizar la lucha de cada personaje con el deber ser resulta esencial para la composición de un drama en tono menor, pero con alcances. ACGS es una ópera de la civilidad, de la decencia (sí, esa palabrita que hoy en día nos hace sonreír) bien integrada en las distintas personalidades involucradas pese a desencuentros, traspiés y vicisitudes: en ello radica su atractivo y hasta su encanto.

Normas, costumbres, la reserva y la autocontención como valores entendidos de todos los personajes y cuya consecuencia o propiedad emergente es darles su lugar a todos, con respeto y dignidad. Ello se refleja no sólo en el trato a los individuos de los distintos estratos del microcosmo social de la zona rural de Yorkshire sino en el que se les dispensa a los animales, todo ello acompañado de un sentido universal de compasión que no siempre se puede mostrar abiertamente. La serie es una suerte de goodbye to all that. Una manera de decir a la audiencia británica “alguna vez fuimos así” o por momentos lo fuimos.

El éxito de una serie así en la que no hay violencia, suspenso o intriga parte de esa nostalgia por un marco de referencia perdido conformado por un tramado de usos y convenciones, así como de un sedimento religioso implícito en donde The Golden Rule se toma muy en serio. Cada personaje busca entender su lugar en el mundo y estar a la altura de lo que se espera de él.

Ilustra un forma de vida, un tejido vivo de relaciones entre personas, animales y naturaleza; una concepción prefilosófica basada en una noción orgánica del ser social que por más consciente que sea de su individualidad, expresa algo más que sí mismo y se debe a algo más que a sí mismo todo lo cual le orienta en el mundo y hacia los demás. Algo que no perdieron de vista los críticos tempranos de la revolución francesa (Burke, Bonald, De Maistre, Chateaubriand) quienes comprendían lo esencial que era para el carácter y salud de la nación el sedimento conformado por los microcosmos sociales erosionados al paso del huracán inducido por la agenda política-ideológica.  Veían con claridad lo que les philosphes de París, tan seguros de sus formulaciones verbales, eran incapaces de comprender.

¿Qué hubieran dicho estos comentaristas de un Jean Paul Sartre, justo el tipo de cogitante parisino que mejor expresa el polo opuesto de una concepción orgánica de individuo y sociedad? Toda su filosofía parte de una concepción monádica del individuo y su condición, siempre de cara al vacío, confeccionando su paracaídas mientras cae en él como cuando pretende dotarse de valores que elige o construye para sí ex nihilo.

Con todo, su metafísica tuvo algo o mucho de premonitoria. La anomia radical es nuestro signo.  La ausencia de pertenencia nos define cada vez más. La modernidad convirtió un bosque de árboles bien arraigados en un desierto de cardos rodantes. Los individuos-mónada no tienen de otra más que autoafirmarse procurando sólo ser leales consigo mismos, con su “autenticidad”. La metafísica nihilista que todo esto presupone no deja otra alternativa que abrazar alguna causa como a un clavo ardiente. De ahí la pasión sartreana por el extremismo político “comprometido”: una elección desesperada que invariablemente condujera a Sartre al error recurrente tanto en el plano político como moral.

En una entrevista reciente el columnista y catedrático de Yale, David Brooks, mencionó que sus alumnos a menudo le preguntan sobre confusión moral de nuestro tiempo y cómo los ve a ellos bajo esa perspectiva.  Les responde que no cree que hayan perdido la noción del bien y del mal, sino que son (somos) individuos moralmente inarticulados. Carecemos de un marco que sintetice nuestros instintos morales en parte porque un marco efectivo para ello es supraindividual. Nuestras disyuntivas y nuestro crecimiento interior carecen de forma a tal punto de no saber si hay o no tal crecimiento. Un tema recurrente en Brooks es cómo la sociedad norteamericana se ha ido desmadejando en los distintos planos societal, cultural, económico, tecnológico, reforzándose entre sí las tendencias centrífugas tanto en los universos morales colectivos como personales. Un vértigo sin término que mueve todas las coordenadas requeridas por la psique para crecer, aprender e integrarse.

La modernidad idolatró la innovación y la revolución (esta última como mito fundacional). Pero la innovación siempre ha requerido de un punto de Arquímedes en sí mismo no innovador (la creación o los descubrimientos más fecundos se dan siempre en un contexto de seguridad y estabilidad). La revolución por su parte presupone familiaridad con un marco moral remoto (llámese república romana comunismo primitivo u otro pasado idílico) impostado por los órdenes sociales contra los que se rebela.  Detrás de la noción de revolución siempre subyace la de una restauración, de una vuelta al origen como siempre insistió Octavio Paz enfatizando su carácter orbital por encima de la trayectoria lineal. En suma, el secreto del cambio profundo es el anclaje que no cambia. Por contraste la mera disrupción es una pérdida total de anclaje: una suerte de cambio absoluto, caótico sin dirección ni sentido.

Y llegamos así a un punto en donde todos los procesos disruptivos incubados encuentran su forma de expresión más acabada en un agente que los encarna. La orden del día ya no es pronunciarse por algún valor en pugna como libertad vs. equidad en donde los viejos republicanos decían representar lo primero y las izquierdas lo segundo. El orden del día ya no es conservar o transformar sino hacer escarnio de esos valores y otros más, juntos y por separado.

El grotesco espectáculo de Trump, literalmente vomitando su caos un día sí y otro también es esa desembocadura.  Un patán en esteroides, sin anclaje, sin contención ni autocontención, al igual que los capos del crimen organizado. Es el individuo que ha caído al vacío pero que se abraza así mismo incapaz de reconocer ni concebir nada absolutamente nada más allá de sí. Trump es el solipsista último, un agujero negro de egoísmo como bien le describe Sam Harris. Por contraste George Bush hijo hasta parece un tipo decente. La forma es el fondo fue el dictum de uno de los pocos sabios de la política teórica y práctica que diera México.  Y es que la forma no es la máscara que sólo oculta un rostro y sus verdaderas intenciones. La tensión entre máscara y rostro es real, genera algún tipo de equilibrio.  La forma es la máscara que obliga a comportarse a quien la porta, sintonizando su personalidad a un entorno al poner en segundo plano sus caprichos y pulsiones. Por algo el término “persona” guarda un vínculo etimológico con el término griego πρόσωπον (máscara).

Indudablemente Trump es un individuo sin máscara. Tal ha sido una de las claves de su éxito político. Es espantosamente él mismo. A diferencia de George Bush hijo -o de Peña Nieto en México- la conducta de Trump ya se encuentra más allá del ridículo, la broma o la burla. El personaje flota soberano sobre el último recurso de la psique humana para lidiar con un poder disfuncional que ya está situado más allá de nuestra venganza simbólica.

En síntesis, Trump resulta la encarnación, la ilustración perfecta de toda pérdida de marco de referencia. Es disruptivo porque su caos interno es total. No deja de ser tragicómico que los evangélicos en Estados Unidos y otras denominaciones cristianas ultraconservadoras vean a su campeón en alguien con una personalidad tan decididamente neroniana.

En occidente y sus vecindarios periféricos no sólo habremos asesinado a Dios, sino a la organicidad de la existencia humana. Es una suerte de ecocidio societal el que hemos cometido y del que nadie habla. Creemos debernos sólo a nosotros mismos, a nuestro aquí y ahora cuando sólo somos los legatarios de un orden mental y moral (no importa si obtenido de manera racional, semi racional o incluso por la vía de la creencia irracional) y que hemos repudiado de mil maneras. Todo lo que contribuía a darnos un sentido de orden y continuidad, de conexión con las generaciones que nos precedieron se ha perdido.  Vivimos en una época en la que ya no es posible ser un conservador porque lo que valía la pena conservar está extinto o devastado. Es asimismo una en la que tampoco la revolución es posible porque ésta, aunque no lo reconozca, siempre ha necesitado servirse de la fuerza de valores que le preceden, que han sido dados, no creados.

Nuestro tiempo es distinto por ser la era de la disrupción total, tan vacía como entrópica, carente no sólo de un norte sino de la ilusión misma de un norte. Hemos invocado al cambio por encima de cualquier otra cosa. Bueno, pues eso es lo que obtenemos todos los días. Sin asideros, sin punto de tracción, la psique humana está colapsando en tiempo real para dejarle ese vacío a la era de la Inteligencia Artificial y lo que le siga.

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