REGISTRO DEL TIEMPO
18/3/2026

Habermas a contracorriente

Cecilia Coronado

No me gusta la muerte.

Y menos aún tener que escribir sobre la muerte de alguien a quien admiro.

Hay algo incómodo en estos textos: el riesgo de convertir una obra compleja en un conjunto de elogios apresurados, o de reducir una trayectoria intelectual a unas cuantas fórmulas repetidas. Pero hay momentos en los que la muerte obliga a detenerse y a volver a pensar por qué ciertos autores importan.

Habermas es uno de ellos.

Lo admiro, en primer lugar, por haber tomado en serio una pregunta que marcó a toda su generación: cómo es posible sostener una sociedad racional después de Auschwitz. No como un problema histórico cerrado, sino como una herida que obligaba a repensar el sentido mismo de la racionalidad moderna.

Lo admiro también por no haber renunciado a la idea de razón cuando era más fácil abandonarla —o reducirla a técnica, cálculo o estrategia. Frente al desencanto, insistió en que la racionalidad no se agota en la administración ni en la eficiencia, sino que también puede habitar en el lenguaje, en el diálogo, en la práctica de dar y pedir razones.

Y quizá, sobre todo, por haber defendido una concepción de la democracia que no se conforma con sus procedimientos, sino que remite a algo más profundo: la posibilidad de que quienes están sujetos a las normas puedan, al mismo tiempo, reconocerse como sus autores.

No soy la única.

Muchos han visto en Habermas a uno de los últimos grandes filósofos públicos porque supo mostrar que la legitimidad política no descansa solo en el poder ni en la eficacia, sino en la posibilidad de justificación. Que una norma no es válida simplemente porque se impone o se cumple, sino porque puede ser defendida con razones ante quienes la obedecen.

Pero la admiración, si quiere ser algo más que un gesto, tiene que ir acompañada de una pregunta: ¿qué hacemos con ese legado?

Porque si algo caracteriza el pensamiento de Habermas es que no está hecho para ser repetido, sino para ser practicado.

Y eso no es sencillo.

Quedan, en este sentido, tareas abiertas que no pueden resolverse mediante consignas ni apelaciones generales, sino que exigen tiempo, formación y una disposición poco frecuente a sostener la dificultad.

La primera es quizá la más evidente y la más exigente: sostener espacios donde las razones importen de verdad. No como un ideal retórico, sino como una práctica efectiva en la que los argumentos puedan ser examinados, criticados y reformulados. Esto supone algo más que buena voluntad: implica disciplina intelectual, capacidad de escucha y la disposición a someter las propias convicciones a revisión.

La segunda tarea tiene que ver con la democracia misma. No basta con preservar sus procedimientos formales si se pierde aquello que les da sentido. La formación de una voluntad común a través de procesos deliberativos no ocurre espontáneamente ni puede darse por supuesta. Requiere instituciones, pero también sujetos capaces de participar en ellas de manera reflexiva, informada y responsable.

La tercera, más silenciosa pero igualmente decisiva, es una tarea de lectura. Leer a Habermas hoy no es un ejercicio inmediato. Sus textos resisten la prisa y la simplificación porque están construidos a partir de una arquitectura conceptual compleja, que demanda atención sostenida y estudio riguroso. No se trata solo de entender lo que dice, sino de seguir el movimiento de sus argumentos y dejarse interpelar por ellos.

Hacer crecer su legado no significa repetir sus conceptos ni convertirlos en consigna. Significa, más bien, asumir el trabajo que su pensamiento presupone: el esfuerzo por pensar con otros, por justificar lo que se afirma y por no abandonar demasiado pronto la dificultad.

Tal vez esa sea la forma más justa de leerlo hoy.

No solo como uno de los últimos grandes filósofos públicos del siglo XX, sino como alguien que supo pensar a contracorriente sin abandonar la tradición de la que provenía. Que fue capaz de discutir con sus maestros, de tomar distancia cuando fue necesario y, aun así, sostener un hilo de continuidad sin caer en la repetición.

En ese sentido, su lugar en la segunda generación de la Escuela de Frankfurt no es menor: no heredó una tradición, la reconfiguró. No siguió sus premisas de manera acrítica, sino que se atrevió a someterlas a revisión, a defender lo que consideraba defendible y a abandonar lo que ya no podía sostenerse.

Esa independencia no fue estridente ni programática. Fue, más bien, el resultado de una forma de trabajo intelectual marcada por la modestia y por una convicción poco frecuente: que pensar implica exponerse, corregirse y, en ocasiones, ir en contra de las expectativas de la propia tradición.

Quizá por eso pudo también sostener conversaciones poco previsibles —como la que tuvo con Joseph Ratzinger— sin renunciar a sus propias posiciones. No desde la concesión, sino desde la seriedad de quien considera que el desacuerdo no cancela la conversación.

En un tiempo en el que las posiciones tienden a endurecerse y las etiquetas a fijarse demasiado pronto, esa forma de pensamiento resulta especialmente significativa.

No por lo que afirma, sino por lo que hace posible.

Porque hay una forma de valentía intelectual que no consiste en romper con todo ni en repetir lo heredado, sino en algo más difícil: pensar de verdad, sostener una posición propia y hacerse responsable de ella, incluso cuando eso implica ir contra la corriente.

Tal vez eso —más que cualquier concepto— sea lo que hoy vale la pena tener presente.

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