Concebida como una pieza dramática dividida en seis actos, Maestros de la felicidad (2024), de Rafael Narbona (1963), requirió ocho interludios para celebrar sus aprendizajes, su optimismo y las duras experiencias de afrontar los encuentros y desencuentros que la vida le ha ofrecido. Se trata de una historia sencilla y pedagógica de la filosofía escrita con fluidez y afán literario. Más allá de si este recorrido aporta o no a esa rica historia de problemas y soluciones humanas, el texto revelador es el testimonio de alguien que, en los interludios, va compartiendo sus aprendizajes sobre la esencia humana.
En el Epílogo del libro, Narbona señala: “Mientras luchaba contra la depresión y la euforia, leía estudios de psiquiatría. Recorrí de arriba abajo el DSM, el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales de la Asociación de Psiquiatría Americana, así como los clásicos de la antipsiquiatría que cuestionan el modelo biologicista. Pasé por varios psiquiatras. Algunos honestos y de gran corazón. Otros mezquinos y casi tan desequilibrados como algunos de sus pacientes. Lo que he contado en mi libro Miedo de ser dos” (2014) (p.529).
Habiendo sido profesor de filosofía en Madrid durante muchos años, el 30 de septiembre de 2012 recibió un correo electrónico en el que se le informaba de su jubilación forzosa por motivos de salud mental: había sido diagnosticado con trastorno bipolar. Rafael quiso luchar contra el hecho de ser un enfermo crónico. Las enfermedades crónicas suelen ser trastornos “genéticos, hereditarios e incurables.” Desbordado por la situación y habiendo consumido cada vez más antidepresivos para controlar su tristeza, llegó a tener brotes maníacos, irritabilidad y trastorno bipolar, lo cual le impidió seguir con su vida cotidiana. Se había convertido en un enfermo.
Lo extraordinario del asunto es que Rafael Narbona decide, ya jubilado, retirarse de la medicación poco a poco y de manera responsable. Su honestidad al compartir su experiencia lo lleva a reconocer que la postura fue durísima, porque ya había desarrollado dependencia (así como hay obsolescencia planificada en la industria tecnológica, también hay dependencia planificada en la industria farmacéutica) y le costó más de cinco años dejar los medicamentos. Descubrió que su supuesta bipolaridad había sido un efecto de la medicación. Dejó de tener toda clase de problemas, incluidos la depresión, el insomnio, la irritabilidad y las manías. Más maravilloso aún fue que la vida le regaló la bendición de poder cuidar a su madre con Alzheimer y a su hermana con Síndrome de Turner, quienes fallecieron en 2018 con apenas veinte días de diferencia. Narbona se entregó a ayudarlas y cuidarlas, logrando que el yo pasara a segundo plano y permitiendo que apareciera lo que Frankl llama la vida con sentido.
Aquí hay dos reflexiones importantes: la primera es que, si la medicina psiquiátrica sigue trabajando con un paradigma biologicista, prácticamente todas las enfermedades tienen una base fisiológica, lo que ha provocado que millones de personas vivan empastilladas con antidepresivos, neurolépticos y benzodiacepinas. Es un error y un horror medicalizar el sufrimiento. Estamos en una sociedad enferma que se agravará aún más con este abuso de fármacos.
Y la segunda reflexión deriva del hecho de que leyendo a Rafael Narbona uno descubre que el ser humano también es relación, también es otro (no a nivel neurológico sino ontológico) La honestidad con la que reconoce haber sido medicado y haber intuido que no podía seguir así (gracias a su esposa) lo lleva a compartir su caso escribiendo un libro que demuestra con talento que no es bipolar y que su profunda convicción es a favor de la vida y la esperanza. “La vida sólo cobra sentido cuando nos hacemos cargo de los otros, cuando asumimos el cuidado de los vivos y los muertos, cuando nos convertimos en memoria y palabra, en testimonio y compromiso” (p.18).
A través del amor (que es procurar el bien de otro), el ser humano puede curarse de la “necesidad creada” por los laboratorios farmacéuticos. Después de este libro, Rafael Narbona ha publicado Elogio del amor (2025), un ensayo sobre el amor y los cuidados. Este legado reafirma que somos más que los resultados de las neurociencias.
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