REGISTRO DEL TIEMPO
8/4/2026

Emily Dickinson, lo sobrenatural en lo natural

Javier Sicilia

Un escritor, dice mi amigo Paco Prieto, necesita soledad; un buscador de Dios también. Emily Dickinson perteneció a ambas estirpes. Su poesía y sus cartas, que son una continuación de su experiencia poética, son el testimonio de esa doble soledad que en ella fue una: descubrir a Dios no en la ideología cristiana, sino en la experiencia y en la revelación del poema.

Hija de una familia rica y puritana de Amherst, Massachusetts, enfermiza y poco agraciada físicamente, Dickinson desertó del seminario femenino de Holyoke para encerrase en la casa paterna donde murió a los 56 años. El motivo de su deserción fue su rebelión religiosa. Dickinson, no sólo se sentía ajena a la experiencia de conversión del mundo calvinista, que confirmaba su elección de Dios, sino que su poesía tenía, en el orden del puritanismo, un tono blasfematorio.

Vuelta a su casa, rodeada del campo, desdeñada por el crítico Higginson, para quien sus poemas “no eran publicables”, Dickinson —que sólo publicó una decena de ellos en vida, casi todos en revistas y diarios locales— pudo entregarse por entero a la soledad y a las audacias poéticas que ella le permitía, y tocar así el “punto” y la “circunferencia”, esas palabras con la que la mexicana Sor Juana definió dos siglos antes a Dios.

Nunca tuvo una experiencia extática de Dios, pero lo sintió y lo vivió en las realidades más encarnadas de la naturaleza a las que amó como sólo los solitarios pueden amarlas. Una carta al juez Otis Lord, quien la pediría en matrimonio poco antes de que Dickinson muriera, lo dice con esa suave alegría de la que están teñidos muchos de los más de dos mil poemas que escribió: “Puede sorprenderte que hable de Dios —lo conozco sólo un poco, pero Cupido enseñó a Jehová a muchas mentes legas— la Brujería es más sabia que nosotros”.

Para Dickinson, la naturaleza y el amor por ella hacían presente la presencia de Dios. Su mirada no era una suerte de panteísmo, sino la de quien descubre en la Creación la presencia participada de Dios. No a través de una idea heredada, sino por esa brujería que se llama el amor y que permite conocer a Dios en las cosas por connaturalidad. De ahí esta frase que devela no sólo la agudeza espiritual de su mirada, sino su propia poética: “Lo sobrenatural es lo natural revelado”. Dickinson vio varias veces esa evidencia que a la mayoría de nosotros escapa. Miró con una rara profundidad lo natural y a través de ello tocó, por instantes, la presencia de Dios. Quien, como Dickinson, ha vivido esos momentos y es capaz, como ella, de inclinarse sobre sus significaciones más profundas, sabe que Dios está porque es presencia vivificante en lo creado. Sabe también que no existen seres desencarnados y que las fronteras entre lo sobrenatural y lo natural; entre los visible y lo invisible; entre el tiempo y la eternidad son fluidas. No sabemos cómo será realmente la vida después de la muerte, excepto que, por la presencia de la resurrección, será un mundo igual de encarnado, semejante al de la naturaleza misma que Dickinson experimentó con todos sus sentidos y que como pocos pasó a través de la carne del poema para revelárnoslo. Sólo una mujer a quien la soledad —esa “Soledad sin la cual estaría más sola”— había afinado la mirada hasta esos extremos pudo escribir este maravilloso poema en el que el misterio de la resurrección aguarda en la serena inmensidad de lo Creado:


A salvo en sus Alcobas de Alabastro—

por la mañana intactos—

e intactos por el mediodía—

mansos duermen los miembros de la Resurrección,

Viga de Raso y Techo de Piedra—


Grandes van los Años,

en la Creciente encima de ellos—

ahuecan sus Arcos los Mundos—

y los Firmamentos—bogan—

las Diademas –caen—

y los Dogos –se entregan—

callados como Puntos,

sobre un Disco de Nieve.



Arte en portada
Charis-Kairos (The Tears of Christ), Makoto Fujimura

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