Tardé más de un año en leer la Septología de Jon Fosse. Un récord. Para bien y para mal. Cada quién sabe a qué velocidad lee, y ahí no se juzga. Es cierto que el libro es largo –su edición en español consta de 788 páginas–, pero también es cierto que la lectura se alargó porque le dedicaba a ella solamente un día a la semana y, en ese día, solamente el tiempo en el que viajaba en el transporte público y en el camión que me llevaba de la Ciudad de México a Querétaro.
No es una lectura fácil. No tiene separaciones ni divisiones ni apartados ni incisos ni nada de eso, más allá de la separación de cada uno de los siete libros que la componen. Fue publicado en tres entregas: El otro nombre, Septología I-II en 2019, Yo es otro, Septología III-V en 2020 y Un nuevo nombre. Septología VI-VII en 2021. Fuera de ello, en cada uno de esos libros, el lector tiene la sensación de estar leyendo un rollo gigantesco, interminable, un río constante, un flujo que no para; se tiene la sensación de estar nadando en un cuerpo de agua, como algo que no se tiene enfrente sino dentro de lo que se está. Zambullirse sería la palabra adecuada. Y bueno, es que, justamente se trata de eso. Fosse narra desde la famosísima técnica del stream of consciousness de los hitos modernistas como Joyce o Wolf pero, hay que decirlo, lo hace mucho mejor y más depuradamente: pues si en las aguas de la conciencia de Joyce uno se ahoga, aquí hay abundantes burbujas de oxígeno sumergidas dentro del agua misma. Me explico.
La prosa de Fosse está estructurada desde el ritmo y la musicalidad, sin la pretensión de narrar la totalidad de la conciencia sino su dramática. No busca una imagen estática ni el dinamismo absoluto. Tampoco persigue una estética impersonal o de impresiones, sino el tejido de una poética de la aventura del yo consciente inmerso en el tiempo, en donde en ciertas ocasiones ocurren revelaciones del fondo de ese yo que no es propiamente un “yo”, sino la persona misma, en su dimensión no objetiva: sus lazos afectivos, su memoria, su deseo, sus esperanzas –Dios mismo habitándolo en lo más íntimo que sí mismo–. A diferencia de algunos modernistas, o quizá habría que decir, superando a algunos modernistas, Fosse recupera la dimensión narrativa de la novela.
Para establecer una analogía, aunque sea un poco torpe, Fosse es a la literatura lo que Peteris Vasks o Arvo Pärt son a la música. Ambos provienen de una cierta forma del minimalismo que ha querido superar la atonalidad pero que reivindica, aunque sea en lo mínimo, el drama. Como lo ha señalado ya Michael de Sapio, esto sucede especialmente en la música de Vasks (recomiendo la espléndida Distant Light, Voices, o The Fruit of Silence –cfr.“Distant Light: The Music of Peteris Vasks” https://theimaginativeconservative.org/2025/08/distant-light-music-peteris-vasks-michael-de-sapio.html). La prosa de Fosse es continua, es decir, transforma el uso ordinario de la puntuación para instalar al lector en una sensación –experiencia, mejor dicho– de contemplación. Leer Septología supone reaprender a respirar, por lo que podría decirse que se trata de una lectura corporal. Se lee no solamente con los ojos y las manos, sino con el subir y bajar del pecho y de la panza en las inhalaciones y exhalaciones que la prosa permite e informa. Es obvio que mi apreciación es fragmentaria y está mediada por la traducción al español. No sé ni tengo idea en qué pueda consistir la lectura en noruego, pero la experiencia de un lector del español supone una especie de trance. Para ello, la muletilla del “y” o del “dice”, o la casi total ausencia de puntos y mayúsculas, orientan al lector en un ritmo de permanente presente, aunque al ir avanzando en los avatares del protagonista, se traslade uno del presente al pasado y de la interioridad del protagonista a su visión del mundo objetivo con gran ritmo y estructura discernible.
Sé que suena vertiginoso, pero en realidad es bastante agradable. A decir verdad, recuerda mucho más la prosa de Charles Péguy, en sus ensayos eternos pero poéticamente estructurados en su ritmo y en su materia (Verónica o Clío), o en sus delicadísimos cuartetos que emulan el latido del corazón (Ballades du cœur qui a tant battu) que a Beckett, Stein u otros autores que persiguen una experimentación que sacrifica la narración dramática por mor de la forma.
De hecho, creo que Fosse logra no solamente recuperar el sentido narrativo frente a la crisis de la novela en el siglo XX, sino mostrar que es posible, aún, narrar historias: el mal que ha horadado nuestro mundo, la crisis del lenguaje que Celan denunció y a la que se entregó honesto y pasmado, son contestados por Fosse desde una perspectiva más sutil que espectacular. Es posible narrar –aún hay historia humana–, pero bajo la modalidad de un sujeto que, si bien ha sido visitado por el horror y ha sido ahuecado en su interior, encuentra ahí una cierta forma de la presencia que lo disloca y lo resitúa.
Septología narra los siete días previos a una Navidad en la vida de Asle, un pintor cuyos cuadros han conseguido un buen sitio en las mejores galerías de arte no solamente de Noruega, de donde es oriundo y en donde vive, sino del mundo entero. Asle es un tipo bastante roto por dentro. Lo vamos conociendo poco a poco, conforme avanza la novela, aunque demasiado pronto se nos revela que es un noruego, viudo, católico, alcohólico, quincuagenario, triste, que pinta y que está habitado por algo o alguien que no es del todo capaz de nombrar.
En siete días pasan pocas cosas: se le enferma un amigo, otro viene a recoger cuadros que le regala, va a un hospital, adopta un perro, conversa con algunas mujeres de dudosas pretensiones, cocina salchichas. Pasa, pues, poco. Pero en esos días Asle asciende personalmente, neoplatónicamente, podría decirse –pues además Fosse ha hablado explícitamente de la influencia del maestro Eckhart en su literatura–, hacia un profundísimo conocimiento de sí mismo bajo su supuesta dislocación o partición en muchos. El desenlace es brutal, y constituye una apuesta sobre el destino definitivo, aunque no una última palabra sobre él.
El espejo es un recurso para el desarrollo del argumento. Hablo del espejo espiritual, claro, no de un espejo físico. Constantemente hay una reflexividad por la que Asle se mira a sí mismo, no solo en los abundantes soliloquios sino también en los otros personajes con los que se encuentra y de los que habla: Ales –su mujer que ha muerto–, el amigo que se le enferma que se llama igual que él –Asle–, e incluso Åsleik –su vecino de vida sencilla y rural–. Es una obviedad decir que hay algo simbólico en este juego de nombres, pero es una obviedad relevante pues Septología es la anábasis del autor hacia sí mismo.
El paisaje noruego juega también un papel. Especialmente un punto, pequeño, particular, en medio del paisaje del fiordo, que Asle se queda mirando desde el estudio de pintura en su casa cuando medita y recuerda su vida pasada. Si el paisaje es normalmente una imagen amplia y envolvente de un lugar natural, acá es solamente ese puntito, la concentración de la naturaleza entera en sólo una coordenada, por la que Asle ingresa en sí mismo hacia lo más íntimo que sí.
Narrativamente, se nos cuentan episodios de su infancia, de su enamoramiento, de su historia como alcohólico, de su conversión al catolicismo, de su soledad y de la pregunta que se hace en el presente sobre el contenido de su futuro. La novela abre con un epígrafe del Apocalipsis: “Y le daré una piedrecita blanca, y escrito en ella hay un nombre nuevo, que nadie conoce, salvo aquel que lo recibe”; versículo que se convierte en una especie de Shibboleth o código oculto sobre el significado del nombre propio. Asle, el héroe del relato, espera y busca el destino de su vida en los deberes que el accidente de su amigo le impone, en las preguntas y en el dolor que la ausencia del amor de su vida abren para él, en el hastío y la finalización de su vida como pintor, en el frío de Noruega, en las celebraciones de Navidad tan llenas de nostalgia, anhelo y oscuridad, en el olor suculento a carne cocida, en el sofá en el que se sentaba Ales y que ahora sólo aparece como permanentemente vacío. Todo ello contado desde la prosa litúrgica y contemplativa que interpela al lector a incomodarse de su prisa y a acomodarse ante la extrañeza de que somos seres sometidos a la temporalidad, a la memoria y al olvido. ¿Qué pasará? ¿Tiene todo esto un sentido? Hay así, en esta novela, una aventura de primerísimo orden, emparejable al itinerario ad Deum del Dante de la Comedia, cuya Beatriz, también ausente, es el motivo de la exploración de todos los mundos pensables para el protagonista del poema italiano. En Fosse, ese itinerario que tampoco está exento de sus infiernos y de sus purgatorios –no sabemos si de sus cielos– se cuenta con los recursos formales exigidos por el enigma que plantea en la más pura tradición de san Agustín y del maestro Eckhart:
Y ¿qué es lo que quiero decirte, Señor, sino que no sé de dónde he venido aquí, a esta, digo, vida mortal o muerte vital?
No lo sé.


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