El domingo suele ser un día especial. Remite a un estado mental: el ritmo lento, la visita obligada, esa lógica propia que rige lo doméstico. Bajo esta premisa, Alauda Ruiz de Azúa regresa con Los domingos (2025), consolidándose como una de las voces más lúcidas de una nueva ola de cineastas españolas. Me refiero a un cine que sustituye el grito por la observación. Esta nueva ola de cineastas españolas ha logrado algo difícil: filmar lo invisible. Desde la posguerra herida de Celia Rico hasta el realismo sin filtros de Pilar Palomero o la memoria familiar de Carla Simón, todas comparten un ADN común: el compromiso con la verdad. Pues bien, Alauda Ruiz de Azúa se mueve en este territorio con la misma destreza, demostrando que su mirada forma parte de un cambio de paradigma en nuestra cinematografía. Junto a Carla Simón y Pilar Palomero, Alauda forma parte de una generación que no teme hacer preguntas incómodas y está dispuesta a respetar las respuestas. Las tres comparten señas de identidad: cine de autor —son directoras guionistas—, historias con corazón indie y una exploración honesta de los dilemas de su tiempo.
Los domingos es la tercera obra personal de la cineasta. En ella aborda el discernimiento vocacional de Ainara, una chica de 17 años que quiere meterse de monja. Alauda nunca se ha planteado ser religiosa; de hecho, es atea confesa. Y, sin embargo, ha logrado un retrato tan respetuoso de cada personaje que la película ha sido alabada por críticos cristianos, agnósticos y ateos por igual. Como botón de muestra, entre otros, ha ganado el Premio Goya a la mejor película (Academia del Cine Español) y el Premio ¡Bravo! de Cine (otorgado por la Conferencia Episcopal Española). No hay dos mundos más opuestos en su planteamiento sobre la religión en España.
Que su cine sea personal no implica que sea autobiográfico. Lo personal radica en su deseo genuino de comprender las razones de cada personaje. Su mirada no los instrumentaliza: los explora, les confiere una densidad casi humana. Esto es así porque, antes de escribir el guion, Alauda entrevistó a varias religiosas y a sus familias para entender cómo viven los allegados la decisión de seguir una vocación de consagrada. Aunque la protagonista pone sobre la mesa el asunto religioso, en el fondo, el verdadero terreno creativo de Alauda siempre ha sido la familia: qué nos mantiene unidos, qué tensa la relación, qué puede llegar a romperla. Una vez más, se empapó del tema antes de imponerle una lectura sesgada por sus propias convicciones.
En una entrevista para Hoy por hoy con Pepa Blanes, la directora explica que su proceso de escritura pasa por varias fases. Una de las más relevantes es lo que llama “el viaje de cada personaje”: volver al guion y transitar los acontecimientos desde la perspectiva de cada figura importante. Así, las reacciones, actitudes y “rimas visuales” entre los personajes cobran mayor naturalidad.
Sin destripar la película, esto se aprecia con claridad en Ainara y en la tía Maite. Cada una atraviesa su propio proceso de discernimiento, su propia crisis vital, sin saber si el camino elegido es el correcto. Estas rimas visuales plantean preguntas profundas: qué da valor y sentido a una vida, y cómo pesan los lazos familiares y el coqueteo con esa vida alternativa en la que, imaginariamente, tomamos un camino distinto. En el corazón de esta película está la duda. Y también la irremediable bendición —o condena, según se vea— de tomar una decisión.
Sin duda, el aspecto religioso es el tema central, explorado a través de múltiples prismas: el padre, la abuela, la tía, los amigos, el cuñado, las hermanas… Sin embargo, la vocación religiosa funciona como detonante, pero la rodean temas universales: el chantaje emocional, la paternidad ausente, el egoísmo, los desacuerdos económicos, el qué dirán, los choques entre estilos de vida. Tensiones presentes en el seno de cualquier familia.
Alauda consigue un cine muy humano desde una mirada femenina: empática, incisiva, comprometida. Es sabido que la cineasta ha luchado —y sigue luchando— para que más mujeres puedan hacer cine; al recoger premios suele mencionar el techo de cristal que por fin se está rompiendo. Y, sin embargo, su cine es antes humano que de mujeres. Femenino porque su mirada lo es, pero no se contenta con representar solo a la mitad del mundo como seres inteligentes: también tiene en cuenta a la otra mitad e intenta comprenderla. Además, donde muchas cineastas reivindicativas presentan personajes falsamente empoderados, Alauda retrata a quienes saben que deberían y quieren estarlo, pero que habitan las limitaciones del mundo real.
Al lector interesado en esta cineasta clave del cine español contemporáneo le recomendaría Querer (Movistar+, 2024), miniserie en la que aborda la violación continuada dentro del matrimonio y reflexiona sobre el consentimiento. Con gran maestría, Alauda plasma a cada personaje en su estado mental y cultural particular, mostrando cómo ciertas prácticas violentas pueden llegar a normalizarse hasta el punto de que la propia víctima y su entorno duden de la validez de la denuncia. Todos sabemos qué pensar: la violencia nunca es justificable. Pero Alauda no se contenta con decirnos lo que ya sabemos; mete la cabeza de lleno en el abismo y nos muestra que incluso nosotros podríamos dudar.
El cine de Alauda suscita reflexiones personales y buenas conversaciones. Requiere de un espectador activo, al que respeta intelectualmente. Y expone sus historias dejando espacio para la duda y el debate. Encuentra en lo cotidiano la complejidad de una gran gesta. Porque pensar también puede hacerse en el cine o en un domingo cualquiera.


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