Un movimiento de jóvenes ha vuelto a despertar en Cuernavaca. El 27 de febrero de este 2026, tras la desaparición y posterior asesinato de las estudiantes Kimberly Joselín Ramos Beltrán y Karol Toledo Gómez, los estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) tomaron las instalaciones, demandaron la renuncia de la Rectora (la privación de la libertad de Kimberly ocurrió dentro de la Universidad y la Rectora optó por la pasividad) y llamaron a un paro indefinido de labores que, al momento en que escribo estas líneas, todavía continúa.
Justamente hace 15 años, el 28 de marzo de 2011, surgió también en Cuernavaca el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. El detonador, entonces, fue la espantosa masacre de siete jóvenes, uno de ellos Juan Francisco Sicilia Ortega, hijo de nuestro querido amigo y maestro Javier Sicilia. Unas semanas después, el 8 de mayo de ese mismo año, en el zócalo de la Ciudad de México, Sicilia citó a San Agustín. “Nuestro peso es nuestro amor. A donde quiera que se nos lleve, es él quien nos lleva. Ese don que proviene de nosotros nos inflama y nos eleva. Nosotros ardemos, vamos.”
La poética de esa acción devino necesariamente en un movimiento político. De hecho, como primer gesto del discurso, Sicilia se encontró ante la obligación de exigir a Felipe Calderón la remoción de Genaro García Luna como secretario de Seguridad Pública. Durante los dos años siguientes, el Movimiento tuvo una fuerte presencia dentro de la vida pública nacional, puso en el centro de la agenda a las víctimas de la violencia y fue inspiración para otros movimientos sociales que después surgieron.
El Movimiento fue una grieta en la historia, una rasgadura hermosa que dejó huella sobre el lienzo perenne de la normalidad criminal en México, esa normalidad que desde los tiempos de Calderón llegó para quedarse. Fue, así como lo es hoy el movimiento Resistencia Estudiantil UAEM, un despertar de la vida, una rebeldía que es todo dinamismo frente a lo acotado y lo estanco del régimen de institucionalidad burocrática de nuestro país. Si, en teoría, una sociedad moderna está regida por un Estado cuya primera obligación es protegernos, darnos el mínimo de seguridad para que no seamos asesinados, rebelarse frente al crimen debiera ser lo normal. Pero no, desgraciadamente no hemos logrado que estos despertares se conviertan en la nueva realidad. No nos queda otro camino, sin embargo, que seguir apoyando con lo que podamos y a la medida de nuestras posibilidades a ellas y a ellos, que siguen despertando para gritar “¡ya basta!”.
Eso sí, como filósofos, poetas, escritores o maestros, tal vez tendríamos también que revisar un poco lo que estamos haciendo. Se me ocurre, por lo pronto, una idea. Así como para tratar de entender mejor la enorme crisis de la civilización Occidental, tal vez lo mejor sería dar unos pasitos para atrás y dejar de leer tanto a Habermas para leer con más atención a Adorno y Walter Benjamin, para mejorar nuestra acción como ciudadanos, en un México azotado por la criminalidad, tal vez lo mejor sería dar un paso atrás y dejar un poco a Agamben para leer con mayor atención a Foucault.
Michel Foucault y Giorgio Agamben son referentes necesarios para pensar de manera crítica la política securitaria (o de securitización) internacional. Actualmente, en las capitales del mundo ya se está más bien debatiendo sobre la guerra o las guerras actuales, sin embargo, no entenderemos nada de lo que ocurre a nuestro alrededor si no reflexionamos a profundidad la etapa previa, que es la de la política securitaria. Tampoco entenderemos el fracaso estrepitoso del llamado orden internacional si no abordamos la política securitaria de manera crítica.
La crítica radical a la política securitaria estaba ya de fondo desde hace 15 años en las referencias de Sicilia a Agamben. Recuerdo muy bien cómo, desde las primeras manifestaciones en el zócalo de Cuernavaca, Sicilia invocó el concepto agambenita de la “vida nuda”. Así, a lo largo de todo este tiempo, su lectura tan atenta de Agamben ha influido fuertemente en muchos de nosotros. Sin embargo, aun cuando el pensamiento de Agamben es una continuación del de Foucault, hay diferencias que me parece que vale la pena resaltar.
Un tema recurrente que Agamben retoma de Foucault es la idea de la biopolítica y del biopoder, es decir, la idea de que el Estado soberano moderno, para regir sobre los cuerpos, echa mano de técnicas de control y de disciplina que terminan por expropiar a los sujetos de su propia agencia, de su libertad como actores en el mundo. Pero Agamben intenta ir más allá de Foucault y, con Sicilia, lo hemos seguido en su recorrido. Propongo ahora que demos unos pasitos para atrás y nos quedemos por un tiempo más con Foucault.
La razón, si quieren, es muy simple y práctica. Mientras la salida de Agamben frente al encierro provocado por el biopoder es fundamentalmente pasiva, Foucault permite la resistencia y llama a la acción política. Aunque para ambos la noción del biopoder es fundamental, lo entienden de manera muy diferente. Mientras que para Foucault sigue siendo fundamentalmente un concepto histórico y tecnológico, propio de la Modernidad, para Agamben es ya un concepto ontológico que todo lo abarca. Hagamos lo que hagamos, no importa, porque seguiremos encerrados. Por eso, dada la noción ontológica del biopoder en Agamben, tal como lo expresa Sicilia, la salida del encierro y el control sólo puede estar “del otro lado del sentido”. Hará falta mucho trabajo metafísico más para poder seguir a Agamben en su ontología del poder, pero en México, por lo pronto, tal vez hay algo todavía más urgente: sobrevivir.
Mientras el “todavía no” de la historia siga siendo nuestro mundo, mientras el fin siga siendo todavía un horizonte, cada nuevo amanecer es un llamado a la acción. Así, el Movimiento de hoy es todavía una rasgadura en la historia, una grieta de dinamismo que se abre en contra de lo acotado y de lo estanco. En la Resistencia Estudiantil UAEM hay una nueva acción en marcha que nos llama y nos dice “¡vamos!”. Si amamos, si nos amamos, tenemos que entrarle al debate político, duro y difícil, sobre temas de seguridad. Todo lo que leemos y escribimos es también un acto político. Esta acción, y el poder que se desprende de ella, como fue hace 15 años, puede ser también un llamado del amor.
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