Hace 8 días, el 17 de marzo del 2026, falleció el 141° Patriarca-catholicós de Georgia Ilia II. Para la mayoría del mundo católico, este evento es sumamente ajeno. Quizá algunos vemos este suceso como la muerte de un líder espiritual cristiano en Europa o de un obispo en “Oriente”, pero esta muerte representa mucho más, es una pérdida enorme para el mundo cristiano.
Georgia es un país del Cáucaso, aquella región montañosa de territorio oriental, con cultura europea. Es la tierra donde los argonautas fueron a buscar el vellocino de oro, y es cuna de la bebida más importante en la cultura y en la religiosidad occidental, el vino. Desde el siglo II este territorio sufrió constantes intentos de invasión por parte de los persas. Fue uno de los primeros países en adoptar el cristianismo como religión oficial, poco después del Edicto de Milán en el 313. Vivió 7 siglos bajo el Imperio Romano, y su historia ha sido una constante defensa de su identidad cristiana: desde el siglo VII sufrió invasiones musulmanas; en el siglo XII fue invadido por los mongoles y el imperio timúrida; en el siglo XVI fue invadido desde dos frentes por tropas persas y otomanas. Por último, en el siglo XX formó parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas hasta que logró su independencia con la disolución de la URSS en 1991. Es en ese contexto que la figura de Ilia II fue fundamental para el renacimiento cultural, religioso y estatal de este país.
Irakli Ghudushauri-Shiolashvili nació en enero de 1933, en el seno de una familia profundamente cristiana; su hermana, que es monja, y su sobrino, que es obispo, son muestra de esta piedad familiar. Creció en una pequeña villa cercana a la actual Georgia; en la década de los 40’s se unió a la Academia Teológica de Moscú, donde en 1957 fue tonsurado y ordenado monje, adquiriendo el nombre Ilia II, y en 1959 fue ordenado hieromonje, es decir, monje sacerdote. En 1963 recibió la Orden Episcopal y lideró el Seminario Teológico de Mtsjeta, que en su momento era la única institución de formación teológica en Georgia. Por último, en 1977 a sus 44 años, fue elegido el 141° Patriarca-catholicós de Georgia, momento en que heredó la responsabilidad de defender una iglesia perseguida, reconfortar una iglesia lastimada, y fortalecer una iglesia debilitada.
Una característica peculiar de los Patriarcas de la Iglesia Ortodoxa es que suelen ser entronizados siendo muy jóvenes, en muchos casos en sus tardíos 40´s o tempranos 50´s. Uno de los papados más largos, el de Juan Pablo II, duró 26 años; por su parte, Ilia, fue elegido a sus 48 y murió a sus 93. Su Patriarcado duró 48 años y pasó por 6 Papas, de Pablo VI a León XIV, de los que conoció a dos; esto pone en perspectiva todo lo que pudo hacer en casi 5 décadas.
Durante su liderazgo, Ilia II impulsó la traducción de la Biblia al georgiano moderno, creó monasterios y escuelas religiosas, edificó iglesias y aumento al clero. En un rol que va más allá de ser cabeza de la Iglesia de Georgia, también presidió el Consejo Mundial de Iglesias de 1983 a 1991. Esto muestra que, aunque la Iglesia Ortodoxa de Georgia siempre ha sido sumamente tradicional —y en este sentido, sumamente conservadora frente al diálogo interreligioso y siempre adversa a las oraciones o concelebraciones ecuménicas—, Ilia II tenía una disposición al diálogo y al encuentro con otras tradiciones y otros líderes cristianos. De hecho, en 1980 realizó un viaje a Roma, en el que conoció a Juan Pablo II, siendo el primer patriarca georgiano de la historia en conocer a un Papa Católico.
En términos políticos Ilia II lideró la transición que llevaba a Georgia de ser una república soviética a ser una república democrática independiente. Durante la guerra civil georgiana (1991-1993) fue la voz que llamó a la paz a ambos bandos. En 2008 hubo una guerra entre Rusia y Georgia, en la que llamó a la paz, y en diciembre de ese mismo año se encontró con el entonces presidente de Rusia, Dimitri Medvédev, para intentar conseguir la desocupación de territorios georgianos por parte de los rusos. A esta primer reunión siguieron varios encuentros diplomáticos en los que la figura del Patriarca fue fundamental.
Más allá de todos estos datos, hay 3 anécdotas que muestran a Ilia II como ejemplar para los cristianos: su encuentro con el Papa Francisco, su visita al Patriarca de Rusia, y su apadrinamiento del pueblo georgiano.
Ilia II, como la mayoría de los Patriarcas de su región (Rusia, Albania, etc.) tenía una noción de Iglesia más rígida y cerrada que, por ejemplo, el patriarca Bartolomé de Constantinopla o que la Iglesia Católica —particularmente después de Vaticano II. En una visión tradicional de la Iglesia Ortodoxa como cuerpo místico de Cristo, todo hereje, toda iglesia cismática, todo aquel que sostenga una doctrina ajena a la de la Iglesia Ortodoxa se encuentra fuera de la Iglesia, fuera del Arca de la Alianza. Quien cambia la doctrina carece de sucesión apostólica —al no mantener exactamente la misma fe que los apóstoles— y no tiene sacramentos verdaderos. Bajo esta visión no existen los “hermanos separados” ni se piensa que otras iglesias participen en menor medida de la Gracia del Espíritu Santo, sino que simplemente no son parte de la Iglesia. Esto significa, por ejemplo, que la Iglesia Católica o la Iglesia Ortodoxa Oriental (Copta, Etíope, Armenia, etc.) carecerían de sucesión apostólica y de sacramentos válidos. En esta misma visión, concelebrar la liturgia, participar de la oración con alguien que sea herético o cismático, o componer himnos que intenten mezclar las tradiciones de dos iglesias separadas es causa de excomunión.
Esta actitud excluyente de la Iglesia Ortodoxa se deriva de los Cánones de los Apóstoles, un código eclesiástico de 85 reglas vinculantes para todas las Iglesias Orientales, supuestamente escrito por los apóstoles, cuya copia más antigua conservada está en Siriaco y data del Siglo IV. El canon X reza que «si alguien ora, incluso en una casa particular, con una persona excomulgada, sea también él excomulgado». Esta noción de la Iglesia, tan radical y firme, es la que mantienen tradiciones como la rusa o la georgiana. Bajo esta visión, los Patriarcas Bartolomé de Constantinopla, Teófilo III de Jerusalén, o Teodoro II de Alejandría serían considerados como cismáticos o heréticos, al haber participado en una oración conjunta con el Papa León XIV y líderes de otras iglesias.
En este contexto, vale la pena recordar que en 2016 el Patriarca Ilia II tuvo un encuentro con el Papa Francisco. El Patriarca georgiano, fiel a la letra de los Cánones apostólicos, recibió al Papa Francisco, pero no celebró la Divina Liturgia ni realizó una oración conjunta con él; no se prepararon himnos especiales para que el Papa los cantara y, sobre todo, cuando Ilia II entró al altar —lugar en donde sólo entran obispos, sacerdotes y diáconos canónicos, es decir, ortodoxos— lo hizo antes de la llegada del Papa, realizó sus oraciones y su veneración en soledad y, cuando el Sumo Pontífice llegó, el Patriarca salió del altar para recibirlo, no sin antes cerrar la Gran Puerta, lugar por donde sólo pasan sacerdotes y obispos. Incluso los obispos, sacerdotes y diáconos ortodoxos saludaron al Papa con respeto, pero sin besar su mano, es decir, sin validarlo como autoridad apostólica.
Esta actitud puede parecernos arrogante, retrógrada e incluso poco civilizada, sobre todo en esta época llena de ecumenismo, oraciones conjuntas y diálogos interreligiosos. Sin embargo, el Patriarca Ilia jamás fue grosero con el Papa. Al contrario, más allá del ámbito litúrgico, el mismo Vaticano reconoció que la recepción que se dio al Sucesor de Pedro fue calurosa, respetuosa y con muestras de un profundo amor cristiano. Se le recibió en el país y en las iglesias, se le mostraron las costumbres, tradiciones y comidas del pueblo. Todo sin sacrificar, en lo más mínimo, la rigidez y canonicidad de la visión ortodoxa.
Yo mismo tengo una visión más abierta de la Iglesia, en la que incluyo a toda Iglesia Apostólica. Sin embargo, reconozco un valor profundo en esa fidelidad a la verdad (o al menos a lo que creía como verdad) que tenía el Patriarca Ilia. Con presiones ideológicas y mediáticas dentro y fuera de la Iglesia Ortodoxa, supo respetar los cánones de los apóstoles y la eclesiología tradicional georgiana, a la vez que recibir amorosa y calurosamente al Papa. En palabras del teólogo estadounidense Jesse Dominick, «cual sabio pastor, el Patriarca-Catholicós Ilia II mantuvo un balance entre el respeto por su invitado y por su propia gente, su Iglesia y su Ordenación» bajo la idea de que la unidad es posible —y de ahí el respeto y la calidez—, pero sólo bajo la fe verdadera —de ahí su rechazo a la oración o celebración conjunta. Ilia II fue ejemplo vivo de que es posible mantenerse fiel a la verdad (o al menos lo que él creía verdadero), y al mismo tiempo mostrar un amor cristiano que recibe calurosamente a todos, pero no sacrifica ni un ápice de la doctrina ortodoxa.
Pero no sólo era ejemplo de integridad entre pensamientos, tradición y acciones respecto de la canonicidad eclesiástica, sino también respecto del Evangelio. La segunda historia cuenta que en Rusia, un día cualquiera, llegó un sacerdote a pedir una visita con el Patriarca Kiril (Cirilo). Los obispos y presbíteros del templo no conocían a este sacerdote, pero le pidieron que esperara un poco; por lo que el sacerdote se sentó a orar. Pasaron minutos y horas, y seguía esperando, mientras los diáconos y presbíteros se acercaban para decirle “sólo espere unos minutos más, el Patriarca ya casi se desocupa”, pues el Patriarca debía atender a otras personas que lo buscaban y otros asuntos que lo apremiaban. Paciente, el sacerdote se mantuvo orando hasta el final del día, cuando un diácono se acercó con disculpas para decirle que volviera al día siguiente. El sacerdote se levantó tranquilo, aceptó las disculpas con serenidad y dijo “debo volver a mi país, pero por favor avísenle al Patriarca Kiril que el Patriarca Ilia ha venido a verlo”, y partió. Esta breve historia muestra el ánimo paciente y de constante oración del Patriarca, que no usó su jerarquía eclesiástica para tener su audiencia antes que otras personas, no se impacientó, molestó ni incomodó con los sacerdotes del templo. Sencillamente oró y, cuando fue el momento, se retiró.
La última historia es respecto de su pueblo y de su iglesia: Ilia II tuvo más de 50 mil hijos espirituales. No hablo únicamente de los miembros de la Iglesia Ortodoxa Georgiana, sino de los niños que bautizó y apadrinó. Heredó una Iglesia debilitada, y en vez de predicar desde un púlpito ajeno a la gente, en vez de recargarse para la evangelización en los párrocos y diáconos de Iglesias particulares, él mismo respondió por cada uno de su pueblo. En 2008 la Iglesia de Georgia comenzó a hacer bautizos masivos, 200, 500 o hasta mil niños a la vez. Lo peculiar es que el Patriarca no sólo celebraba personalmente estos bautismos, sino que declaró que se haría Padrino de bautismo de todos los terceros y siguientes hijos de familias ortodoxas; unió al patriarcado directamente con los hogares, reconociendo en la familia el origen de la vida cristiana, y siendo él mismo parte de esa vida familiar.
Por último, hay que decir que incluso entre los Patriarcas, Ilia II era querido, amado y respetado. A su funeral, celebrado en la Catedral de Tbilisi, asistieron miles de personas, y presentaron Bartolomé I Patriarca de Constantinopla; el Patriarca Daniil de Bulgaria, el Arzobispo Juan de Albania, el Metropolitano Rastizlav de Checoslovaquia y el Metropolitano Thikon de América.
De entre los patriarcas y obispos que hablaron de Ilia tras su muerte, resaltan 3 que lo dibujan
frente a su país, frente a su Iglesia y frente a los otros patriarcas. Bartolomé I de Constantinopla afirmó que ningún otro Patriarca-Catholicós de Georgia se había identificado tan cercanamente con Georgia como Iglesia, Nación y Estado, y sobre todo como símbolo de paz y luz en la región del Cáucaso como lo hizo Ilia II. Por su parte, Teófilo III de Jerusalén lo reconoció como un patriarca fiel a los misterios de Dios, símbolo de unidad para su gente y, sobre todo, como el ejemplo del Buen Pastor que con sabiduría, paz y amor paternal entregó su vida por su pueblo. Por último, Teodoro II de Alejandría afirmó que Ilia II lo había amado como un padre, lo había apoyado, aconsejado y guiado; mostrándolo no sólo como un buen pastor para el pueblo georgiano, sino como una voz de sabiduría y amor entre los líderes de la Iglesia Ortodoxa.
Todas estas historias y testimonios hablan de relaciones distintas: con otros patriarcas, con otras iglesias o con su misma gente. Pero todas muestran un aspecto común de su vida como ejemplo de fe y testimonio del Evangelio: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos; que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc. 10, 43-45; Biblia de Jerusalén).
Que su memoria sea eterna.

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