Han pasado menos de 10 días desde el 8M y ya volvimos a la normalidad. A lo de siempre. A lo que estamos acostumbrados.
En este país estamos acostumbrados a que a veces hay una balacera y a veces no. Estamos acostumbrados a que las calles se transitan a una hora, pero a partir de otra ya no. Estamos acostumbrados a que las esquinas tienen dueño y que “el punto” está “cuidando”. A que la seguridad no tiene nada que ver con el Estado. A que las torretas de las patrullas lo único que hacen es cegarnos. A que la primera causa de mortalidad entre los hombres jóvenes es el narco.
Pero el cuerpo no se acostumbra a llorar a sus muertås.
El cuerpo no se acostumbra a ser violentado, a desaparecer, a ser ignorado.
Las madres buscadoras no se acostumbran a encontrar cuerpos enterrados. A encontrar a sus hijås asesinadås.
La marcha de cada año sí sirve. No ya para conseguir la pacificación del país, el regreso de los desaparecidos y el alto a la violencia, porque esa no es su responsabilidad, sino la del gobierno, pero sirve porque por un momento sabemos que no estamos solås, al menos en el duelo.
Sirve porque sabemos que no gritamos al vacío, aunque los interpelados no escuchen. Sirve porque un árbol que cae sin que nadie lo escuche no hace ruido, pero nosotras hacemos un escándalo. Sirve porque no hacer nada sería aceptar la situación. Y eso sí que no.
No aceptamos que los hombres golpeen a sus parejas sentimentales. No aceptamos que los hombres, conocidos y desconocidos, se sientan con derecho sobre nuestro cuerpo. No aceptamos vivir con miedo y ansiedad. No aceptamos cargar solas con el peso del mundo, con el cuidado de los débiles, con el sustento de toda la familia, con el duelo por los muertos, con la indignación.
La marcha es costumbre. Es la costumbre de resistir para que no se haga costumbre la violencia, la muerte, la desaparición, el miedo, “lo de todos los días”.
No. El cuerpo no se acostumbra a todo.
La protesta no termina cuando bajan las pancartas, al contrario. Es en la vida diaria donde se reclama la tranquilidad, el espacio, el tiempo, la dignidad. En un país como México “seguir con la vida normal” es un acto de valor.
Seguiremos saliendo cada año y cada día. Seguiremos saliendo, protestando y reclamando a pesar de la tristeza, de la desesperanza, del hastío.
Seguiremos saliendo porque sentimos todo menos resignación.
Arte en portada
Untitled, Gaganendranath Tagore, 1910
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