REGISTRO DEL TIEMPO
28/10/2026

Arqueologías del lenguaje, tecnologías del poema

Melisa Arzate

“La fe es toda una invención para el hombre con conciencia —los Microscopios son buenos en un caso de emergencia” escribió Emily Dickinson en 1860 al reverso de una nota de remisión de cualquier cosa que se hubiera necesitado aquel día en su casa de Amherst, ya fuera harina y grosellas para hornear su célebre pastel negro, confeccionar alguna funda de corsé o prensar los pétalos de una orquídea destinados a formar parte de su caprichoso herbario personal. No importó entonces, mucho menos ahora, el insumo que una tarde resultaba imperativo para llevar a cabo una, de seguro, industriosa labor doméstica porque, amén de las libras y el importe, aquél producto pereció poco tiempo después, dejando tras de sí una huella infinitamente más valiosa: el “pequeño” poema aquí citado y escrito por Emily de puño y letra, hallado por su hermana tras la muerte de la poeta y publicado en 1890, celebrado del siglo XIX hasta estos tremebundos días, como una reliquia con cierto halo de misterio, sacralidad e, incluso, devoción por una vida enteramente dedicada a la poesía.

“Ese deseo de aniquilarse en algo, por algo o por alguien. Hasta por la literatura.” consignó Alejandra Pizarnik un viernes 13 en un pedazo de papel, quizá arrancado de alguna libreta para, al día siguiente, garabatear en otro desprendido probablemente de un sobre postal, con un gesto caligráfico veloz, una frase que me hiere como flecha incandescente: “Imposible vivir siempre en estado de catástrofe”. Seguramente, luego de semanas de azaroso acumulamiento y caos, arrumbó ambas observaciones en un cajón junto con puñados de apuntes, monedas y algún botón, encendió un cigarro y se olvidó por completo de aquello que, años después, atesoramos como un hallazgo arqueológico que nos cimbra hasta el tuétano porque en ello alcanzamos a olisquear una sensibilidad preclara que atisbaba las sombras de lo horrendo acechando detrás de la liquidez del ser finisecular.

Ni qué decir de la abrumadora sorpresa y la sensación de insignificancia individual ante el hallazgo del Gilgamesh, cuyas tablillas de arcilla, marcadas a punta de punzón de hueso por ahí del año 670 antes de nuestra era, fueron recuperadas en Nínive hasta 1850. El impresionante relato de un colosal diluvio que colorea el borroso pasado ancestral de la humanidad y constituye uno de los primeros relatos que dan cuenta del viaje del héroe, moldeando con él la memoria colectiva de centenares de pueblos, libró incontables vicisitudes climáticas y fue salvado, casi providencialmente de inimaginables riesgos como haber sido destruido en batallas bizantinas, expoliado, confundido con pedazos de piedra para martillar, pulverizar y continuar con alguna empresa urbanística modernizadora. De no haber sido descubiertas por el afán arqueológico y etnocentrista del siglo diecinueve, es probable que el siglo veintiuno hubiera arrasado con las valiosas planquetas, como ha hecho con todo Oriente Medio, su pasado y porvenir.

Lo que intento decir con estos salvajes saltos cuánticos, por los cuales me disculpo de antemano, es probablemente obvio a estas alturas. Por un lado, el descubrimiento de gemas literarias ahí donde creímos que no había más, que todo había visto la luz o que nada valioso podría emerger de semejante sitio como caja, gaveta o descampado, y su pedestre insignificancia, nos alegra profundamente dentro y fuera de los límites del mundillo de las letras. Quizá se debe a que nos hace sentir que no todo está escrito en piedra, valga la frase, y que el misterio poético aguarda sigilosamente a la vuelta de cualquier esquina para revivir nuestra capacidad de asombro y reanimar el nostálgico amor por otros tiempos, mentes o geografías: el amor frecuentemente olvidado por lo humano otro, distinto de uno mismo. Por añadidura, el hallazgo permite revelar la francamente monstruosa idea de que, quizá, lo que conocemos no es todo ni lo mejor y que, en cambio, ha llegado hasta el presente de manera casi fortuita una minúscula parte de lo producido por la mente humana antediluviana de la que provenimos, dejando claro que no sabemos, a ciencia cierta, nada de nada.

El descubrimiento de esas escrituras ocultas, produce la misma sensación de nimiedad, en no menor escala, que aquella que nos avasalló hace unos meses, cuando el Telescopio Espacial James Webb reportó la existencia de seis galaxias masivas similares a la vía láctea, surgidas en el amanecer cósmico tras el Big Bang: un encuentro arqueológico de miles de millones de años, tan relevante para la fruslería humana como la nota rescatada de un cofre o gaveta, y el túmulo imperial que, súbitamente, reluce tras años de excavaciones. No hay diferencia: el esbozo del todo, en tanto reflejo de lo desconocido, nos empequeñece porque alude a las partes pendientes por conocer y que, de por sí, resultan imposibles de capturar.

Pero ¿no es justamente eso lo que hace la poesía de manera constante, como una hormiga que avanza necia por el filo de un muro para llevar hasta lo más hondo de la grieta una minúscula migaja de pan, sin tener la certeza de que el camino es correcto o de si ha perdido la versura que había sido arada mucho antes de que ella pasara por ahí? Somos mineros del lenguaje sucumbiendo, la mayor parte de las veces, como ocurrió con los trabajadores de la mina de carbón de Benxihu, aplastados por el peso de nuestras propias palabras; como en Pasta de Conchos, somos zapadores machacados por los túneles furiosos que nosotros mismos socavamos. Hurgamos, removemos, inquietamos inquisitoriamente memorias, penurias, sensaciones e ideas, todo lo inaprehensible y que no poseyó, jamás, una duración mayor a la del instante anterior que desapareció para volverse tiempo. Escarbamos una y otra vez en todo y por todo, incluso, en el lenguaje mismo. No basta con encontrar una palabra. Se trata de trepanarnos y darle la vuelta, para un lado y el otro, como si pusiéramos el ojo en la diminuta mirilla de un caleidoscopio, en cuyo fondo aparentemente lejano, nos empeñáramos en hallar un nuevo destello que revele la existencia de una pepita que, un segundo atrás, no estaba ahí. Para muchos, casi todos, parecería una locura, una enfermedad producida por la ilusión de un trampantojo, pero el poeta lo hace porque no le queda más remedio: la poesía, me decía hace poco Pura López Colomé, cela. Efectivamente, la poesía reclama, exige eso y más en cada línea, palabra, signo y referente: versura y reversura.

Eso sí, los poetas nos dejamos la vida en tal empeño con cierta gracia. Inventamos juegos con sus reglas, fórmulas con sus excepciones, bailamos al son que nosotros mismos tocamos e incorporamos lo que haya a mano para satisfacer esa concupiscencia que, sin embargo, no tardará en reclamar la carne de una nueva pitonisa como demandaba el ádyton de Castalia, a cambio de volver a pronunciar un puñado de palabras apenas discernibles: relucir el misterio revelado que de suyo tiene la poesía. En ese empeñoso afán, el lenguaje se renueva constantemente y, con él, las posibilidades del poema que se convierte en una aplicación meticulosa del experimento idioléctico. Continuar aferrándonos al poema implica, de por sí, un aparato de resistencia frente a un mundo que privilegia la compraventa, el insumo, la especulación y la ganancia. Aparato, dije, pero podría ser también adminículo, dispositivo, mecanismo, trique: el poema ha transmutado para convertirse en una trinchera donde sobrevivir a la inmediatez desde la exigencia de atención a cada signo lingüístico, a la artificialidad de las inteligencias desde la expedición cavernosa en lo humano más recóndito, a la uniformidad extremista y polarización bélica desde la multiplicidad sintáctica y semántica.  

En un presente que avanza vertiginosamente con rumbo a eso tan extraño y manoseado que deplorables cínicos llaman progreso, eficiencia, mejoramiento, aun grandeza, la poesía no se desplaza hacia un utópico avante: en cambio, hace espeleología arqueológica para sobrevivir a los vientos destructivos, a las embestidas del oleaje, a sí misma queriendo arrojarse al Etna como Empédocles de Agrigento, para probar su mortalidad. La poesía es la sandalia de bronce escupida por el magma. La dimensión poética continúa siendo el vestigio más poderoso que da cuenta del alcance, por antonomasia, de la transformación del pensamiento en lengua propia, de la unión de signos que penden de lo más esencial de la potencia humana: el alma, que es, a la vez, principio vital y sustancia extensa.

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Arte en portada
Snow,
CHANG UCCHIN, 1964

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