En ocasiones la literatura exige algo más allá del pacto ficcional; en ocasiones la literatura requiere de una transfusión de almas que devele la profundidad de sus sentidos. Resulta así, entonces, el encuentro entre el lector y el texto la representación precisa del puente que permite el andar de los espíritus necesarios para llegar a la hondura de un significado. Asimismo, existen obras que exigen procesos ritualísticos, formas que pudieran parecer sencillamente lúdicas, pero que son en realidad los ademanes, el santo y seña de aquello que nos permite acercarnos a los linderos de nuestra propia realidad. Hay grimorios camuflados de novelas, de simple invención, cuyos peligros apenas alcanzamos a imaginar.
Entre esta peculiar estirpe de textos podemos situar al Ulises de Joyce, disfrazado de obra experimental, de novela río, de pastiche, de acumulado de corpúsculos o de un extravagante flujo de conciencia y monólogo interior. Aunque parezca extraño, este clásico de la literatura universal narra, en el fondo, una metempsicosis, que "Significa la transmigración de las almas" (Joyce, 2022, p. 77). Cualquiera que se le haya acercado lo sabe: Leopold Bloom lleva en su cuerpo el espíritu de Odiseo, Stephen Dedalus el de Telémaco, y Molly Bloom el de Penélope. Por mencionar otro caso, en Los demonios, Dostoievski sugiere que ciertas acciones impulsadas por la agitación política no son sino los actos de un poseso, una víctima más de esa misma transfusión de almas.
Otra obra que pareciera no encasillarse entre aquellas que piden solamente un pacto ficcional es En busca del tiempo perdido de Proust. Apenas transcurren las primeras frases y el narrador, suspendido entre la vigilia y el sueño, confiesa sentirse atacado por la metempsicosis: "Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido los pensamientos de una vida anterior" (Proust, 2018, p. 13). De tal manera, el narrador deja expuesta la hipersensibilidad con la que toca un mundo inerte, aristócrata y superfluo, del cual no obtendríamos nada si no fuera porque pertenece a esos seres sensibles a quienes a veces se les llama médiums —coloquialmente, aquellos capaces de comunicarse con los espíritus—. Así es como el narrador de Proust logra transportarse a escenarios invisibles y preocupantes, o quizás simplemente no nombrados con la terminología adecuada; pues también se enfrenta al concepto motor de la obra, el Tiempo, concebido a un tiempo como dios y como demonio, muy semejante a un Saturno de apetito pantagruélico.
Ahora bien, si existen novelas que desconocen —o disimulan— sus propias cualidades de lo sobrenatural, por supuesto que hay otras que las exponen sin tapujos. Aura de Fuentes se instala en las penumbras del aquelarre, de lo ritualístico y de lo prohibido; en ese mismo terreno es posible ubicar los relatos de El Rey de Amarillo de Chambers, Los peligros de fumar en la cama de Enríquez, o la novela Te di ojos y miraste las tinieblas de Solá: textos marcados, sin mayor reflexión, con la etiqueta del terror, el suspenso o lo detectivesco. A estas alturas, creo que el recorrido que he intentado trazar ha quedado lo suficientemente claro para adentrarnos, de la mejor forma posible, en la obra que hoy nos convoca. Quiero decir que Bucareli 158, de José Manuel Cuéllar Moreno, es la novela que se atreve a exponer todas las omisiones que, tal vez por simple desinterés, ni Proust ni Joyce, entre otros, quisieron narrar.
La cortinilla que abre el texto de Cuéllar Moreno se inscribe en el thriller y en las oscuridades de lo ritualístico, de la política y del espiritismo. Tiene por escenario una Ciudad de México cargada de simbolismos, donde el Palacio Nacional, Tacuba o el propio sistema del Metro adquieren otros significados, bien camuflados en la cotidianeidad citadina. La precisión del espacio es la Avenida Bucareli, paseo que data del siglo XVIII y cuya historia terminó por asentarse en los edificios que la rodean. En este sentido, la casona ubicada en Bucareli 158 —que inspiró a Cuéllar Moreno a escribir esta novela— posee los mismos y agradables tintes de la casa de la calle Donceles 815. Ambas están habitadas por mujeres dotadas de conocimientos profanos: tanto Consuelo Llorente como la señora Madero parecen sobrevivir gracias a la aplicación de fenómenos extraños. Retomo la metempsicosis como uno de ellos.
Casi de la misma manera en que le sucedió a Felipe Montero, Ifigenia, en Bucareli 158, representa la bisagra que permite desdoblar los horrores del espiritismo y del poder político. Ella juega un papel de perfil bajo: es madre, abuela, suegra y empleada doméstica de la señora Madero. Ifigenia encarna un alma sensible, atormentada por los elementos que estructuran esta casona infestada de puertas condenadas, con la misma arquitectura laberíntica e interminable de la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba en El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, también habitada por criaturas que sólo deambulan a gusto entre las sombras. Resulta, así, pertinente la homologación con esta descripción de la casona de Bucareli: "El edificio era viejo —se decía a sí misma cada vez que escuchaba una tos o un agudo lamento o una pisada furtiva proveniente de los pisos superiores—; un edificio de cañerías oxidadas y de vigas a punto de desplomarse" (Cuéllar Moreno, 2026, p. 21).
Los pasajes por los que transitan Ifigenia y la señora Madero están atravesados por la prolepsis, por ruidos y huéspedes que remiten al legado de Amparo Dávila. Se despliega, con una ejecución dialógica de calidad notable, la perturbadora cercanía entre quienes habitan la cúpula política del país y las fuerzas extrañas y litúrgicas ya planteadas en El rito del poder de Gonzalo Lizardo —una reiteración de temas que nos advierte que la relación entre el poder y los conocimientos prohibidos es más común de lo que solemos creer.
El círculo de la metempsicosis, ese espíritu que nos acecha de manera constante e inevitable, es "el más antiguo de los dioses y el ángel de la última hora, para quien no existe el tiempo sino solo el hambre" (Cuéllar Moreno, 2026, p. 219): hablamos, pues, de Saturno. Es él quien nos cubre con el velo de aquello que no necesitamos ver. Es el responsable, por sus cualidades demoniacas, de conducirnos hacia una encrucijada difícil de resolver.
Bucareli 158 es, como dije al inicio, una novela que no se conforma con el simple pacto ficcional: exige la transfusión de las almas y ciertos rituales propios para alcanzar su significado más profundo. Propongo, entonces, que la obra de Cuéllar Moreno reclama múltiples lecturas; en una deberemos seguir a Ifigenia, en otra a la señora Madero, en otra más a Luis y a Favio, y en otra al Monstruo de Tacuba, para llegar, al fin, a los espacios que Nicolás Rocabertí ha preparado especialmente para nosotros. Por esa misma razón, la invitación que nos hace esta novela se cierne sobre múltiples lecturas entendidas como ritual y enajenación, o como miedo entendido a su vez como transfusión de almas.


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