Para Isolda Osorio
En su ensayo “El día del juicio”, dedicado a la fotografía, Giorgio Agamben describe lo que se considera la primera fotografía en la que aparece una figura humana: el daguerrotipo del boulevard du Temple, que Louis Daguerre fotografió desde la ventana de su estudio en 1839. En él, sobre la acera, junto a la calle desierta, se ve la pequeña figura de un hombre que se lustra las botas.
Esta imagen hace pensar a Agamben en el Juicio Universal, que, según la tradición bíblica, se llevará a cabo al final de los tiempos. En ella, la muchedumbre humana y anónima no se ve “porque —dice Agamben—el juicio concierne a una sola persona, a una sola vida: esa, precisamente, y no otra”. En esa persona que, rescatada del anonimato de la muchedumbre, quedó fija en el tiempo por un daguerrotipo, está el peso de una vida entera que, aunque imprecisa en su pequeñez, exige, como toda fotografía en la que aparece un rostro, su nombre —el nombre que en la tradición bíblica es su identidad y su destino—y su presencia rescatada para la vida.
En México —en el que desde hace doce años vivimos no el final de los tiempos en el que el Juicio Universal sucederá, sino, por su violencia y su crueldad, un tiempo del fin—, las víctimas de la violencia aparecen siempre con las fotografías de aquellos que fueron asesinados o están desaparecidos. Dondequiera que irrumpan, lo que enarbolan en esos rectángulos es el rostro del hijo, de la hija, del hermano, de la hermana, del padre, de la madre, del amigo o de la amiga, en el instante en que una cámara capturó su cotidianidad antes de que el crimen las destruyera y el Estado las olvidara.
Sus presencias, fijadas en un papel o en una camiseta, son, en sus individualidades destruidas, un grito mudo, una mirada que nos observa, nos acusa de su olvido y nos llama a recordarlas y devolverles su nombre. Son también, a diferencia de la del hombre solitario del boulevard du Temple, un juicio a quienes las destruyeron y una exigencia de verdad, memoria y justicia que el Estado les debe.
En esas fotografías, las víctimas rescatadas del anonimato de la violencia, de su reducción a cifras, a “bajas colaterales”, a porcentajes, a abstracciones, al olvido de las fosas, repiten al infinito el mismo gesto, la infinita recapitulación de sus existencias vulneradas de manera injusta y arbitraria.
No son por lo mismo retratos artísticos a la manera de Cartier-Bresson y Sebastián Salgado que, admirables en más de un sentido, permiten críticas como las del fotoperiodista Mario Dondero para el que el primero pecaba de construcción geométrica y el segundo de esteticismo. Son, más bien, fotografías de ocasión, semejantes a las de Dondero, rostros que, dice Agamben, son, a la vez, historias para contar y geografías para explorar, una exigencia de redención. De allí que Benjamin, en su Pequeña historia de la fotografía, reclamara el nombre de cada una de las pescadoras retratadas por Davis Hill en New Haven.
Para Benajmin, que leyó el marxismo con la mirada mesiánica de la tradición judía, la esperanza no nace de una confiada actitud en que la historia sigue un curso necesario donde las víctimas juegan su papel en la construcción de un futuro grandioso: carne en la tabla del carnicero, sino de quienes la padecen. La redención no será para los que sobrevivan hasta el último día para festejar su triunfo. Será para todos aquellos que han sido destruidos, arrasados, olvidados, para todos aquellos que han sido lanzados más allá de la historia por la imbecilidad de los asesinos y el desprecio del Estado; será para aquellos, que, en esos rectángulos fotográficos, que llevan las víctimas consigo, llevan ya en su inocencia cegada el juicio del último día y las terribles palabras que se pronunciarán sobre quienes dieron la espalda a sus prójimos: “Apartaos de mí, malditos”.
Arte en portada
Inediti, Mario Dondero




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