Ayer Israel fue a las urnas tras un poco más de tres años de un gobierno que logró la estabilidad con el partido de Binyamín Netanyahu, el Likud, con dos partidos ortodoxos judíos, ashkenazíes y sefaradíes, así como otros dos de extrema derecha, sionistas nacionalistas. Antes de esto, la democracia israelí pasó por tres elecciones en tan solo dos años y un intento por minar la relación entre el legislativo-ejecutivo –Israel es una democracia parlamentaria– y el judicial que ponía en entredicho los contrapesos existentes.
En los últimos diez años la política israelí ha tenido un personaje principal, “Bibi”, apodo del primer ministro con mayor tiempo en el cargo. Su habilidad política de mantenerse en el poder le ha valido en los diarios israelíes el apodo de “el mago”, pues ha negociado con quien no se hubiera jamás imaginado, ha prometido o llevado a cabo guerras, ha traicionado con promesas incumplibles y ha conseguido el apoyo de sus aliados. Esto ha hecho que la política israelí no se pueda dividir en derecha e izquierda, con cualquier definición que se quiera. Con una población mayoritariamente de derecha, sobre todo en las últimas cuatro elecciones todo ha girado de los partidos que entrarían a una coalición con Bibi y los que no. En la oposición se encuentran hoy en día incluso personas que han sido sus ministros en administraciones anteriores.
Pero, entonces, ¿algo cambió en las elecciones del día de ayer, 27 de octubre? La respuesta es sí y a la vez no. Los resultados preliminares hasta el momento de escribir esta nota el Likud es el partido más votado con 26 de los 120 escaños de la Kneset o parlamento, seguido por el nuevo partido Yashar del ex comandante en jefe del ejército israelí, Gadi Eisenkot. El partido busca ir en contra de la exención de los ultraortodoxos del servicio militar, entre otras medidas claramente en contra del gobierno actual, pero con el halo de seguridad que haber sido el máximo comandante del ejército israelí puede otorgar. Eisenkot ha prometido, con 21 escaños, que no dejará que Netanyahu forme gobierno. El resto de los partidos parece que apoyarán o bien al Likud (básicamente los que actualmente forman gobierno) o bien a Eisenkot (todo el resto de partidos) para obtener los 61 escaños necesarios para conformar un gobierno.
En ese sentido, ninguno de los dos partidos podrá formar gobierno sin los partidos árabes o de palestinos con ciudadanía israelí, la Lista Unida como el tercer partido más votado, liderado por Yousef Jabareen con 12 escaños, y el islamista Ra’am, con Mansur Abbas a la cabeza con 7 escaños. Lo inédito de esta ocasión es que, con 19 bancas en la Kneset, ningún gobierno se podrá formar sin ellos. Ya el propio Netanyahu había roto un “cordon sanitaire” de formar gobierno con un partido árabe al invitar a Abbas a negociar. Si bien Ra’am lo rechezó, el acto de Netanyahu logró que Ra’am se incorporara al corto gobierno de Naftali Bennet y Yair Lapid.
Lo que, sin lugar a dudas, ha cambiado es la participación de los árabes con ciudadanía israelí. En todas las elecciones pasadas la participación de la población árabe (musulmana y cristiana) era considerablemente más baja que la de la población judía. Que la Lista Unida sea la tercera formación política más votada será, sin duda, algo que no se podrá ignorar. Si los palestinos con ciudadanía israelí y otras minorías musulmanas no solían votar por diversas razones como la falta de apoyo al Estado de Israel, tal vez un pragmatismo de ser tomados en cuenta haya pesado que cualquier otra razón ideológica o histórica.
Sin embargo, tomando en cuenta que muchos de los partidos de la oposición liderada por Eisenkot tampoco han sido muy adeptos del apoyo de los partidos árabes, no tendrán de otra que tener que negociar con ellos. El objetivo, nuevamente pragmático, sigue siendo apoyar o no a Netanyahu. Parecería que todo lo demás, tendrá que ser discutido después.
No obstante, si no se formara gobierno, “el mago” podría cumplir la promesa de volver a atacar Irán, seguir invadiendo o escalar la violencia en Líbano y Siria o reencender la ocupación en Gaza, nombrar a nuevas elecciones y desgastar a cualquiera de sus contrincantes. Si, pragmáticamente, el objetivo es deshacerse de Netanyahu por el bien de los israelíes y de la geopolítica mundial, se tendrán que “tragar muchos sapos”, como se dice en hebreo o esperar a que “el mago” haga lo propio. Si habrá un cambio efectivo o no todavía está por verse.

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