El espíritu de Gravedad (Geist der Schwere) que tanto aborrecía el Zaratustra de Nietzsche no pesa sobre el verano de Weimar. A partir de junio, la ciudad se convierte en un gran escenario público, las calles se usan como salas de conciertos y las plazas son pistas de baile para todo tipo de gustos. En menos de un mes se tiene la oportunidad de asistir a conciertos y festivales de entrada libre, como Open Stage y Villa Summer Nights en Ilm Park, Fête de la Musique, Blau Fest, Tango-Milonga y Tanzen für Alle en el centro de la ciudad, el Jazz Festival en el Sendehalle y el Moselweinfest en Fraueplan.
También hay espacios abiertos, como el Kasseturm y el Künstler Garden, donde se toca música y sólo se pagan las bebidas. Y aún en lugares donde cobran entrada, como el Weimarhalle, se pueden escuchar clandestinamente los conciertos desde las inmediaciones del parque y del Bauhaus-Museum.
Uno puede oír los ensayos de los estudiantes de música mientras camina por Ilm Park y asistir a sus recitales finales sin costo. Además, en las calles aparecen músicos de todas las edades, de todos los países y con distintos talentos. Por una cooperación voluntaria, ellos tocan acordeones, guitarras, contrabajos, pianos, saxofones y violines.
La oferta musical en Weimar es desproporcional a su tamaño; a veces llega a ser tan vasta que a la misma hora se puede oír lo clásico, lo electrónico, lo latino y lo pop. Por fortuna, la buena acústica de la ciudad previene que se mezclen los acordes complejos con los ritmos sabrosos y la intermitencia de los bits. En esta zona el sonido viaja más lento que los pies y uno puede cambiar de geografía sonora al cruzar unas cuantas cuadras.
Fue grato notar que la separación entre los escenarios no divide al público. La música es un principio comunitario que da cabida a audiencias heterogéneas. Tanto jóvenes como adultos se mueven libres e individualmente al ritmo del house y del tecno-metal; bailan juntos chachachá, foxtrot, salsa, milonga y hasta biodanza. Y en grupo todos pierden la pena de corear con fuerza el Schlage.
Esta ligereza de espíritu, de oídos y de pies no es del todo nietzscheana: emancipa y libera, pero no abole. Tampoco es una obra del espíritu de gravedad que aparenta dar alas, pero ata la ligereza a la pesadez, como el avestruz que, cuando corre, parece volar, aunque termina por esconder la cabeza bajo tierra. Weimar disfruta de la música gracias a su historia.
En esta pequeña ciudad vivieron y compusieron artistas como Bach, Hummel, Liszt, Strauss y Wagner. Ellos trabajaron en la orquesta estatal y la volvieron relevante en su tiempo y en el nuestro. Hoy en día es la única orquesta en todo el estado libre de Turingia con categoría A (la clasificación más alta en el sistema musical alemán). Además, la ciudad cuenta con la Franz Liszt, una de las escuelas de música más importantes de la región.
El pasado filarmónico de Weimar fue de gran ilustración romántica, pero su genio universal estaba condenado a la contradicción. Dentro de estos bosques los movimientos dialécticos de la historia se cumplen con fatalidad, y la autonomía del autor acaba por servir de esclava al régimen autoritario. Durante las primeras décadas del siglo XX, el nacionalismo asumió esta música de la humanidad como propia.
Los nazis usaron las óperas de Wagner como paradigma de la cultura aria, expulsaron a los músicos judíos, prohibieron los bailes populares y la “música degenerada”, que incluía el jazz, el swing y el modernismo atonal. Ni siquiera la filosofía de la música quedó a salvo; obras polifónicas como la de Nietzsche fueron reducidas a la monotonía de la propaganda.
A pesar de las prohibiciones artísticas, a Weimar nunca le faltó la música. Bajo la perversa dirección de Ziegler se mantuvo una altísima vida cultural, que contó con dos orquestas: una que tocaba en el Teatro Nacional y la otra en Buchenwald. El continuo de armonía instrumental que se estableció entre el teatro y el campo de concentración fue obra de la razón instrumental. Al mismo tiempo que se encumbraban los afinados genios de Bach, Beethoven y Wagner, se encubrían los desafinados gritos y el ruido de los disparos.
¡Qué grave amusia que escucha con atención el asesinato operístico de Sigfrido y hace caso omiso de las miles de muertes dramáticas que están fuera de escena! Por eso Celan escribe en Fuga de la muerte
Grita toquen la música de la muerte con más dulzura la muerte es un maestro para Alemania
Grita toquen los violines con más oscuridad y luego esfúmense como humo en el aire
Con el fin de la guerra, la República Democrática de Alemania y luego la Alemania reunificada intentaron resignificar los lugares que el nazismo había dejado a su paso. Uno de esos edificios con una historia complicada es el Sendehalle. El edificio fue concebido originalmente como un monumento al genio alemán de Nietzsche. El inicio de su construcción coincide con el arribo de los primeros presos a Buchenwald, pero nunca fue inaugurado por falta de material y de dinero.
En el último año de la guerra sirvió como bodega para resguardar los muebles de la Schillerhaus y como archivo musical de la Reichssender Breslau. Dos años más tarde, se habilitó como la radiodifusora estatal de Weimar, con una acústica sofisticada que se mantiene intacta hasta el día de hoy. El Sendehalle siguió emitiendo hasta que fue vendido y, posteriormente, abandonado a principios del siglo XXI.
Durante varios años fue escenario de fiestas clandestinas y raves para punks y tecnoanarquistas. Cuenta un artista mexicano que en el interior de este edificio había un laberinto que dividía los escenarios de los diferentes DJ, y los concurrentes extasiados deambulaban perdidos de un lado a otro. Hoy, la Fundación Sendehalle ha adquirido el inmueble y lo ha remodelado para convertirlo en una moderna sala de conciertos. ¿Quién habría imaginado que un edificio financiado personalmente por Hitler sería el lugar donde se tocaría jazz?
El mismo día que se celebró el Jazz Festival en el Sendehalle, otro evento músico-político se celebraba en pleno centro de Weimar. El 4 de julio, los miembros del partido AfD tuvieron su reunión anual en Erfurt y existía el temor de que viajaran a Weimar para continuar su encuentro. Para evitar que estas demostraciones emularan a otras reuniones del pasado, se apartaron las principales plazas de la ciudad para que no fueran ocupadas.
En lugar de proclamas y arengas, ese día se escucharon la salsa, el tango y lo electrónico, mezclados por un latino, en Goetheplatz, Theaterplatz y Herderplatz. Es notable escuchar que la música latinoamericana sirve de contrapaso y contrapeso para aligerar la carga que hoy día vive la democracia alemana.
El verano sigue su curso, como también la música en Weimar. El próximo festival en puerta es otra sorpresa dialéctica: Yiddish Summer Weimar, este año dedicado a reflexionar sobre la modernidad de la mujer.
Arte en portada
Blues, Archibald Motley 1929
%2010.38.12%E2%80%AFa.m..png)
%2010.40.13%E2%80%AFa.m..png)
%2011.48.58%E2%80%AFa.m..png)
%209.11.06%E2%80%AFa.m..png)
%209.05.10%E2%80%AFa.m..png)

