REGISTRO DEL TIEMPO
1/7/2026

El queso, los gusanos y el Corán

Luis Xavier López-Farjeat

El pasado 17 de junio falleció a los 87 años el historiador italiano Carlo Ginzburg, famoso por ser uno de los mayores impulsores de la llamada “microhistoria”, es decir, una forma de historiar que pone atención a hechos o personajes tan particulares que pasan desapercibidos en las historias generales. Supe muy tarde de los libros de Ginzburg. Me enteré hacia finales de los noventa del siglo pasado de su interés en que el Vaticano abriera los Archivos de la Inquisición. Hubo que esperar casi 20 años tras la petición de Ginzburg, hasta que el entonces cardenal Ratzinger autorizara la apertura de dichos archivos en 1998. Unos meses después me encontré en una librería de Pamplona con su libro quizás más conocido, El queso y los gusanos (1976), que se había reeditado en 1994. Lo leí y me pareció fascinante.  

Se trata de la reconstrucción de la visión del mundo de Domenico Scandella, un molinero friulano del siglo XVI, procesado por la Inquisición y finalmente ejecutado por herejía. Más allá de la biografía de un individuo en particular, Ginzburg elabora una interesantísima reflexión metodológica acerca de cómo el historiador de la cultura debería integrar aspectos marginales o subalternos, plasmados muchas veces en archivos represivos, interrogatorios, denuncias y documentos producidos por autoridades vinculadas a la cultura dominante. Desde el prefacio, Ginzburg sostiene que la cultura popular de la Europa preindustrial fue en gran medida oral y, por ello, rara vez dejó testimonios directos. El historiador se encuentra entonces ante fuentes indirectas, deformadas y filtradas. Sin embargo, Ginzburg rechaza tanto la renuncia escéptica a estudiar esa cultura como la idea de que las clases populares solo recibían pasivamente las ideas elaboradas por las élites. Su propuesta es más compleja: entre la cultura dominante y la cultura subalterna existió una circulación conflictiva, una relación de intercambio, apropiación, deformación y resistencia.

El caso de Menocchio representa, en efecto, un “caso límite”. No era el típico campesino porque sabía leer y escribir, había ejercido cargos comunitarios, tenía acceso a libros y poseía una notable capacidad argumentativa. Pero precisamente por su excepcionalidad permite observar posibilidades latentes dentro de la cultura popular rural. A través de sus declaraciones ante el Santo Oficio, Ginzburg intenta reconstruir una zona normalmente invisible: el modo en que un hombre de origen humilde, formado en una tradición oral campesina, asimiló libros impresos y los releyó desde categorías propias. Menocchio pertenece al mundo campesino, pero el molino en el que trabaja es un espacio de circulación de noticias, rumores y conversaciones. Esta ubicación social ayuda a explicar su relativa independencia y su disposición a discutir cuestiones religiosas con campesinos, curas e inquisidores. Menocchio es un crítico radical de la Iglesia. Denuncia la riqueza del papa, de los cardenales, de los obispos y de los sacerdotes; considera que los pobres son oprimidos por una Iglesia convertida en poder económico; rechaza los sacramentos como “mercancías” inventadas por los hombres; relativiza la confesión, la ordenación, la extremaunción, las misas por los muertos y el culto a reliquias e imágenes. Su religión se reduce en buena medida a una ética de las obras: hacer el bien, no dañar al prójimo, amar al prójimo. De ahí que Ginzburg vea en él una tendencia a convertir la religión en moralidad práctica.

Otro rasgo llamativo de Menocchio es su tolerancia religiosa. Sostiene que Dios ama a cristianos, judíos, turcos y herejes; que cada uno cree verdadera su propia ley; y que, si él hubiera nacido turco, habría querido seguir siendo turco. Esta posición se vincula a lecturas como los Viajes de Mandeville y el Decamerón, especialmente a la leyenda de los tres anillos. Pero Ginzburg insiste en que Menocchio no repite mecánicamente lo leído sino que toma fragmentos, los desplaza, los radicaliza y los inserta en una visión propia. La lista de lecturas de Menocchio es fundamental: la Biblia en lengua vulgar, el Florilegio de la Biblia, el Legendario de santos, el Sogno dil Caravia, el Supplementum de Foresti, el Decamerón, entre otros, y, dice Ginzburg, quizás el Corán. El verdadero problema no es qué libros leyó, sino cómo los leyó. Ginzburg muestra que Menocchio usa una “clave de lectura” oral y popular: aísla detalles secundarios, altera el sentido original, combina pasajes, transforma textos ortodoxos en argumentos heterodoxos.

En la lista de libros atribuidos a Menocchio aparece “un libro bellísimo” que un testigo supone que era el Corán. Ginzburg añade que en 1547 se publicó en Venecia una traducción al italiano. Luego lo denomina “el supuesto Corán” y aclara que no se sabe cómo lo obtuvo Menocchio. Observa, además, que si realmente lo leyó, el Corán “choca” en la lista de lecturas porque los demás libros son relativamente comunes. Por eso el asunto del Corán debe tratarse aparte. Tal vez Menocchio no leyó el Corán, sino que, como afirma Ginzburg, se pudo haber fascinado por la exposición de Mandeville sobre la religión de Mahoma y posteriormente habría intentado satisfacer su curiosidad leyendo el Corán en directo. Creo que estamos ante una recepción peculiarísima del Corán. Si Menocchio lo leyó, supongo que le habrá sido difícil entenderlo a cabalidad. Me gusta, sin embargo, la idea de que lo haya leído a través de su propia visión del mundo, de la oralidad campesina y de las costumbres locales. Menocchio habría elaborado una interpretación heterodoxa del Corán. Habría transformado y resignificado el Corán, tal como sucede actualmente con tantos textos religiosos. Por desgracia, El queso y los gusanos no se adentra —imposible hacerlo con tanta incertidumbre al respecto— en la interpretación “menocchiana” del Corán. ¿Será que a Menocchio le atrajo el rechazo coránico de la Trinidad y de otros dogmas cristianos, como el de la divinidad de Cristo? Todo indica que sí. Pero también le atrajo el imaginario del paraíso musulmán, descrito como un lugar exuberante y placentero que podía asimilarse con facilidad al sueño campesino de abundancia material.

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