Habitamos un mundo heredado. La ciudad en la crecimos ha existido desde mucho antes que nosotros, y pensamos que permanecerá aún cuando nuestra vida expire. Habitamos un mundo que ha visto a grandes personajes tener delirios megalómanos y abnegados que pudieron “hacer mucho más por la historia”. Habitamos un mundo heredado, pero pocas veces caemos en la cuenta de la responsabilidad de heredar este mundo a millones de personas más. Nos guste o no, es un hecho.
Saber qué debemos hacer para heredar un mejor mundo es una labor sumamente amplia y sobre lo que podría especularse de forma indefinida. En cambio, tomar conciencia de lo que se ha hecho mal y no debería de repetirse es una empresa más sencilla, y quizás mucho más fructífera. La humanidad ha tenido muchos momentos estelares de los cuáles deberíamos de sentirnos orgullosos, pero también está llena de episodios que bien valen para atormentar nuestra conciencia si reparamos en ellos. Esa es la herencia a la que estamos llamados a renunciar. Como bien dicta la máxima estoica, el problema no está en tropezar con una piedra, sino hacerlo más de una vez en la misma.
Stendhal con mucho acierto afirmó que una novela puede ser un “espejo que se pasea a lo largo de un camino”; podemos encontrarnos reflejados en la literatura para tener un atisbo de lo que hemos sido, somos, y —por qué no— deberíamos de ser como humanidad. Pienso específicamente en dos “novelas” desde cuyo reflejo podemos pensar acerca de nuestros deberes ante los demás.
Mucho se sabe de los horrores acaecidos entre 1939 y 1945, pero se ha escrito poco y se ha difundido todavía menos —al menos “de este lado del charco”—, sobre lo que pasó después de la mañana del 06 de agosto de 1945 en la ciudad de Hiroshima: pleno testimonio de que el enemigo de la humanidad es la humanidad misma. La escritora japonesa Yoko Ota tuvo el infortunio de encontrarse en la ciudad de Hiroshima esa mañana. Sobreviviente ejemplar de la tragedia, Yoko narró su crónica de los hechos en su novela Ciudad de cadáveres. No se trata de un relato edulcorado o panfletario; son las desgarradoras vivencias de una mujer que pasó por uno de los peores episodios dentro de la historia de la humanidad, y quien no escribe para adjudicar culpas o señalar responsables, sino para hacer algo mucho más humano: narrar el sufrimiento, la consternación y el desasosiego de una víctima absolutamente inocente. A propósito de Yoko, hay una pregunta que me parece imperante hacernos, tanto antes como después de escuchar su versión de los hechos: ¿qué sentido tiene que una vida inocente pase por un infierno semejante?
El segundo de los libros es La casa del dolor ajeno. Crónica de un pequeño genocidio en La Laguna de Julián Herbert. Experimental en su forma, este libro nos narra tanto el proceso de investigación como los resultados de ésta, orientados a esclarecer un suceso en particular: la masacre de chinos en la región de La Laguna durante la Revolución mexicana. Nuevamente, se narra la historia de personas inocentes que tuvieron la mala fortuna de estar frente a la atroz voluntad de personas con mucho poder y muy malas intenciones. Si se piensa que la herencia del Proyecto Manhattan nos es lejana, basta con voltear a la propia parcela la realidad para darse cuenta de que nuestra historia no es ni muy distinta ni mucho más alentadora. La triste lección del caso de Herbert es que, de no ser por la intrépida voluntad de un escritor que cien años después encontró algo valioso en la vida de las víctimas, lo más probable es que tal atrocidad hubiese sido totalmente olvidada.
No podemos proyectarnos al futuro sin tener presente la memoria de lo que hemos sido. Es, incluso, un mandato ético tener presentes a estas víctimas en nuestra memoria, puesto que una de las muchas lecciones que podemos obtener al evaluar sus testimonios es que nada nos garantiza que no tendremos destino similar. Todos somos posibles víctimas de las atrocidades de la humanidad; podríamos ser parte del siguiente Hiroshima, o de algo incluso peor. Otra conclusión, alentadora y asoladora por igual, es que también podríamos ser los perpetradores de esos infiernos. Esa es parte de nuestra herencia. Mucho puede decirse y hacerse al respecto para heredar un mundo mejor. Uno de los pininos debería de ser vernos reflejados en el espejo de las víctimas y hacernos la siguiente pregunta: ¿De qué lado de la historia estamos dispuestos a formar parte?


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