REGISTRO DEL TIEMPO
3/6/2026

Ángel Darío Carrero o la luz del Tú

Javier Sicilia

Aun cuando la poesía escrita por religiosos en lengua española aguarda ser rescatada, sus poetas no han dejado de cantar. El franciscanismo, cuyo padre fundador lo era, tiene dos, el mexicano Jerónimo Verduzco (1924-1996) y el puertorriqueño Ángel Darío Carrero (1965-2015). Teólogo, Custodio del Caribe, y periodista del principal periódico de Puerto Rico, El Nuevo Día, Carrero publicó sólo dos espléndidos libros en la editorial Trotta, Llama de agua (2001) y Perseguido por la luz (2008), además de su traducción del alemán de Inquietud de la huella. Las monedas místicas de Angelus Silesius (2012).

Más cerca de Juan de la Cruz que de su padre Francisco, lo que caracteriza la obra de Carrero es el apofatismo. Habla de Dios sin nombrarlo. Semejante al carmelita, sabe que Dios —el incognosible, el innombrable, el que se experimenta en la intimidad del silencio, como se experimenta a un ser carnal— sólo es nombrable por los análogos que tenemos de nuestra experiencia sensible. Pero semejante a san Francisco, sabe que esa experiencia, que es manifestación de Dios en el mundo, es motivo de celebración.

Dondequiera que Carrero se mueva, la luz —esa metáfora de Dios— lo persigue, lo ilumina, lo desfigura. No hay sitio, relación, presencia donde esa luz —un Tú que aparece en cada tú— no lo acose como un enamorado. “Perseguido/ por la luz/ —escribe en “Sin Destino”— más leve que leve/ huyo/ hacia la luz”, para, en “Tu(y)o”, mirarlo y experimentarlo en ese abrazo erótico en el que la relación con la alteridad se vuelve un nosotros que deja resonar, como susurro de fondo, la hermosa frase de San Francisco “¿Quién soy yo, quién eres tú?”: “así/ poco a poco/ que vivo/ poco a poco/ que muero/ ahora/ mañana/ vete ya/ para siempre/ quédate/ tú y yo/ tú (y) o/ así”.

Carrero no desdeña nada para hablar de Dios. Poeta, antes que religioso, y profundo espiritual antes que vocero de la fe cristiana, su obra nace no sólo de una experiencia profundamente personal con el Dios encarnado, sino también de una intensa lectura de los poetas. Como buen poeta y buen espiritual, Carrero sabe que al ocultarse en la palabra poética —que es una experiencia íntima en la que se puede contemplar la alteridad—, Dios —como lo hace a través de su Creación— se revela mejor. En este sentido, la palabra poética es para Carrero un silencio, un hueco, una apertura, o como él mismo lo dice en “Espejo de la poesía”, una “huella muda —es decir, una incisión en la dureza de algo— que muestra el paso de esa Luz terrible y fascinante. Luz a todas luces innombrable. Leve y fugitiva que a Amor sabe”.

Así, la poesía de Carrero, mediante un pulimiento que reduce la palabra a la más pura y desnuda de sus expresiones, muestra la experiencia del amor, esa luz que da sentido a todo y cuya sustancia, para el espiritual, es Dios diciéndose en la opacidad de cada cosa, de cada situación, de cada experiencia, como un Tú que ilumina el mundo y su trascendencia.

Llena de cotidianidad, de mundanidad, la poesía de Carrero está rodeada de un misterio, de una experiencia divina todavía oculta; para quienes han despertado al misterio que la hace posible, ella es la experiencia y la revelación de Dios en la cotidianidad misma, su experiencia en la pura mundanidad.

Cualquiera que sea el sitio en el que nos hallemos, la poesía de Carrero nos revela una verdad fundamental: el yo sólo encuentra su sentido y su realidad cuando se abre a eso otro que nos solicita y sólo puede surgir cuando decimos tú. Sólo ahí, el amor, el Tú, que habita en toda relacionalidad, se vuelve silencio, unidad en la diferencia: nosotros. Sólo desde ese Tú, tan innombrable como invisible, pero profundamente experimentable, la relación, la unidad del nosotros se hace comunión: silencio, donde la palabra reposa por fin reunida en su significación absoluta: “cierto día/ todo será/ como ahora:/ a media luz// y el callar será/ nuestro único/ lenguaje”.

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