REGISTRO DEL TIEMPO
24/6/2026

Babel y la diversidad gozosa

Diego I. Rosales

Babel es uno de los mitos más resonantes y famosos de Occidente. Ha fungido como motivo de diversas obras pictóricas, literarias y cinematográficas. Fritz Lang lo usó en su Metrópolis de 1927 como una parte central de su argumento sobre la técnica y el mundo moderno. Iñárritu nombró así a una película entera, con la que quiso hablar de la soledad, de la incapacidad de comunicación y del límite de la palabra. Borges nombró así a su biblioteca infinita.

Babel suele ser el símbolo de la incomprensión, de la hybris humana que, técnicamente, busca ganar el cielo para mirar, dominar, el mundo sub specie divinitatis. O bien es el lugar en el que nadie habla la misma lengua, o bien es la causa de la multiplicidad de lenguas, una de las más dolorosas condenas que la humanidad ha recibido por parte del Dios justiciero del Primer Testamento.

De estas dos maneras de entender Babel, la primera es falsa y la segunda un malentendido. Si leemos con atención el texto bíblico, se verá con toda claridad que Babel no fue un sitio en el que todo el mundo hablara distintas lenguas. Más bien, precisamente, lo contrario: “En ese entonces, se hablaba un solo idioma en toda la tierra” (Gen 11:1). Babel es la monolengua, el imperio de una voz, la palabra monótona que sólo puede decir las mismas cosas de la misma manera.

En esas condiciones, bajo el reinado del todos igual de coludos y rabones —con el mismo corte de pelo, las mismas túnicas y los mismos loafers—, se estableció el proyecto prometeico de construir la famosa torre. He aquí la consigna: “construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo, nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra” (Gen 11:4). El objetivo era tocar las nubes y las estrellas, e incluso convertirse en una de ellas. No querían ser dispersados sino permanecer aglutinados. La familia muégano no quería que nadie pensara diferente, dijera diferente, se volara la clase o que paseara por la zona roja. Control, dominio, igualación. Babel no era que todos hablaran distinto, era que todos tuvieran que hablar inglés. Queda, pues, demostrado, que la primera representación de Babel, aquel lugar en donde nadie se entendía, es falsa. Es un error de cálculo; sí tiene que ver con Babel, pero eso pasó después. Ahí viene el segundo malentendido.

Se suele decir que el castigo divino por semejante atentado fue la dispersión de los pueblos y la confusión de lenguas. Y, bueno, algo de ello hay en el texto. Leamos las palabras del Señor, que no dejan de ser bastante cómicas: “Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es solo el comienzo de sus obras y todo lo que se propongan lo podrán lograr” (Gen 11:6) ¿A quién no le habría gustado vivir en esa ciudad, escalar esa torre, obtener obtener la nacionalidad? En esa ciudad parecía que el ser humano vivía en paz, que pensamiento y acción iban juntos: no había distancia entre el propósito y el logro. Pero luego continúa el Señor: “Será mejor que bajemos a confundir su idioma para que no se entiendan entre ellos mismos” (Gen 11:6). El sarcasmo es evidente. O bien el Señor se divierte molestando y es veleidoso, caprichosillo, o bien, tal vez, no sé si alguien lo había pensado, igual y digo algo muy radical, pero: ¿podría ser que lo que hizo el Señor fuera bueno?

La multiplicidad de lenguas suele interpretarse como un mal. Se arguye que no nos entendemos, lo que es cierto (y puede agregarse, incluso, que se volvieron necesarias las molestas especies de los traductores y los profesores de idiomas). Y que con ello ha habido conflictos, guerras, discusiones, confusiones, abusos, bullying, ridículos, y un largo etcétera. Todo esto es verdad. Pero a pesar de ello, el pasaje hace algo muy distinto. Ciertamente con parquedad, pero rotundamente, celebra la diversidad de lenguas. Saluda con humor y con reverencia la multiplicidad de culturas, el colorido de nuestro lenguaje y la pluralidad de pueblos y naciones. Una cosa es que una rosa sea una rosa sea una rosa, pero otra es que esa rosa sólo pueda nombrarse de una manera y celebrarse y cantarse con un solo vocablo.

El relato de Babel no declara como negativa la multiplicidad de lenguas sino el imperio de la unidad monolítica, de la que sólo pueden surgir proyectos violentos y, básicamente, estúpidos. Alaba la diversidad, la pluralidad, la exploración, la aventura, el margen para el enigma y, así, en ese hueco, la posibilidad para la espera del Misterio. Veamos nuevamente el texto, en donde la diversidad de lenguas está unida a la dispersión de los seres humanos sobre la tierra: “De esta manera el Señor los dispersó desde allí por toda la tierra: por lo tanto, dejaron de construir la ciudad. Por eso a la ciudad se le llamó Babel, porque fue allí donde el Señor confundió el lenguaje de todos los habitantes de la tierra y los dispersó por todo el mundo” (Gen 11:8). La dispersión, la diversidad e incluso la confusión de lenguajes fue preferida por el Señor a la aburrida unidad total de Babel. La familia Burrón fue vista con mejores ojos que la familia muégano.

El Señor comparece en Génesis 11 como destructor de la unidad e introductor de la diversidad. Y es que el Dios del texto sagrado no es en sí mismo una unidad totalizante. Se trata de un Padre que engendra un Hijo y de quienes procede el Espíritu. Cada uno de ellos es una persona. Dios es uno y es tres. Es tres y es uno. Es un Dios que alberga la alteridad en su propia entraña. La diversidad está en el origen, en el Dios eterno cuyo dinamismo no para de crecer nunca. La vida de la Trinidad es una “persecución”, una “danza” (perijóresis) continua, un abrazo, un crecimiento sin fin (epéktasis).

La diversidad de lenguas es una maldición para quien sólo ve en ellas una serie de palabras pronunciadas con la boca; idiomas históricos que cambian, que mutan y que nos confunden. Pero el lenguaje en la Biblia no es su mera aparición sensible, sino el modo originario del ser del amor mismo que es Dios, del que la lengua humana es solamente una imagen (eikos). Si Wittgenstein tenía razón y, a mayor lenguaje mayor mundo, entonces la multiplicidad de lenguas es una riqueza. Es la apertura a varios mundos; pues además la variedad no se reduce al español, al inglés, al japonés, al bengalí o al mandarín, sino que incluye también las señas, el braille, el arte, la mirada, el tacto...

La diversidad es un mal para quien gusta de asimilarlo todo a su propio estilo, a su modo de ser, a sus costumbres y a su provincia. Es un mal para quien, turista, hace del otro un objeto, un fetiche que pueda controlar, dominar y narrar en sus términos. Así la cultura de Instagram, que lo fotografía todo, que lo filtra y lo integra al feed. ¿Ves todo esto? La Patagonia, el pingüino en ella, el Taj Majal, el niño negrito a quien le di un plato de fideos en mi verano, el estadio del Barça, la cumbre de Kilimanjaro, el elefante que he cazado, mi comida del diario... todo eso, tan diferente, tan otro, yo lo he asimilado. He hecho de “lo otro”, “lo mismo” y ahora puedo verlo desde la azotea de Babel, sub specie divinitatis.

El lenguaje bíblico es, primordial y contrariamente a este mundo administrado, un silencio de acogida. La palabra que crea en el Génesis es la que hace hueco, la que permite que la creación tome forma, la de un Dios que se retira para que lo que no es Dios pueda tomar lugar. La palabra originaria —a la que sólo se accede cuando aprendo que mi vida es sólo una entre muchas, un destello de la estrella, una chispa del fuego, una voz en el coro, una gota del océano— es la de la hospitalidad que permite que el otro sea.

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