REGISTRO DEL TIEMPO
17/6/2026

Sobre Gulliver

Martín Cerda

En un texto que, hace unos años, antepuse como prólogo a una edición de Bouvard y Pécuchet, insinué un posible linaje novelesco del último libro de Flaubert: Rabelais, Cervantes y Swift. Muchas veces he repetido luego esta mención triple, como si ella respondiese a una secreta obsesión por esos autores. Es posible que así sea pero, como consta en ese texto, su asociación tributaria de Ezra Pound, Jorge Luis Borges y Lionel Trilling.

No se trata, sin embargo, de un asunto sólo literario.

Paul Hazard, en efecto, se preguntaba cómo un libro tan “negativo”, violento y corrosivo como Los viajes de Gulliver pudo convertirse en una de las obras clásicas de la literatura infantil. Esta pregunta del sabio historiador francés no ha dejado de inquietarme cada vez que, por un motivo u otro, he debido releer total o parcialmente la enorme novela de Jonathan Swift.

No podría fijar con exactitud cuándo leí por primera vez la versión castellana adaptada para los niños de Los viajes de Gulliver, pero retengo viva la impresión que me causó esa lectura. Recuerdo nítidamente, en cambio, la ocasión en que, ya mayor, leí el verdadero texto swiftiano. Fue un hallazgo fascinante, comparable solamente al El viaje al término de la noche de Céline. Dos grandes creadores de lenguaje y, a la vez, dos radicales recusadores de eso que solíamos llamar ampulosamente Humanidad.

En su biografía de Swift, John Middleton-Murray describió esa compleja estructura de obsesiones que el escritor irlandés repitió en cada uno de sus textos, y que esbozaba, según él, una visión tan desencantada y pesimista del mundo que podía ser llamada “visión excremental” de la Historia. Los sabios caballos de Swif, como los animales de Céline, resultan, en verdad ejemplares frente a la habitual bestialidad de algunos hombres.

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