REGISTRO DEL TIEMPO
10/6/2026

El rostro

Javier Sicilia

Nada es más inquietante que el rostro. En sus rasgos finitos, indefensos y abarcables mediante una mirada, hay, sin embargo, algo que nunca termina de revelarse, al grado de inhibirnos cuando fijamos en él la mirada. Eso indefinible, que está en su finitud y más allá de ella —“el Otro”, dice Levinas, “la otredad”, Ortega y Gasset—, a la vez que nos resiste, nos requiere y nos obliga. De allí la terrible frase de Sartre: “El infierno son los otros”, pero también la hermosa de Finkielkraut: “el rostro nos convoca al amor, a salir de nosotros mismos para ir a su encuentro, en su ayuda.” Es lo divino en lo humano, la presencia de Dios en la finitud y la vulnerabilidad de una carne.

Para evitar esta convocatoria y acabar con la resistencia de su infernalidad que, vuelvo a Sartre, quiere desapropiarnos de nosotros, en las cárceles o en las fábricas, en el ejército o en las policías se uniforma a los seres humanos y se les masifica; por ello a quienes se fusila se les venda los ojos o a quienes el poder intenta humillar se les desnuda, para después meterlos en uniformes degradantes, como hacían los nazis. Debajo de cualquier justificación de tales actos, lo que en realidad se busca es borrar el rostro, su particularidad, deshumanizarlo para, en nombre de una abstracción ideológica, evitar su tremendo llamado y someter a las personas, incluso destruirlas.

Uno de los testimonios más sobrecogedores al respecto es la respuesta que Franz Stangle, comandante del campo de concentración nazi de Sobibor, le dio a Gitta Sereny cuando le preguntó ¿por qué, siendo buen padre, buen esposo, pudo hacer lo que hizo?: “Mire usted, rara vez los percibí como individuos. Eran siempre una enorme masa. A veces […] los veía en el ‘corredor’. Pero, cómo explicarlo —estaban desnudos, un río enorme que corría conducidos a golpes de foete como…”.

Por el simple hecho de uniformar, masificar o desnudar, las fronteras del rostro se rompen y nada puede delimitarse. La persona, dice Finkielkraut, queda hundida en la masa y “el rostro ya no se destaca del resto del cuerpo. La forma humana se vuelve compacta”. Se trata, con ello, de borrar el rostro e impedir el cara a cara que nos desarma, nos avergüenza y nos obliga, reduciéndolo a una cosa mediante la fuerza.

Algo de eso hay en las llamadas redes sociales. Desaparecido el rostro y su presencia concreta detrás de las pantallas de los celulares o de las computadoras, el otro es nada, es nadie, una realidad abstracta sobre la cual, si me molesta, si no estoy de acuerdo con su diferencia, puedo, sin inhibición ni responsabilidad alguna, ejercer cualquier humillación, cualquier insulto, cualquier desprecio.

Las redes sociales crearon una nueva forma de deshumanización. Mediante ese nuevo sistema, se logra humillar y la violencia, como en las cárceles, en el ejército, en los campos de concentración, se vuelve cotidiana. Nada, con excepción de la consumación de la violencia sobre el cuerpo concreto de quien se ataca, distingue a ese nuevo sistema de los anteriores.  Sin embargo, la palabra es performativa y destruye de otras maneras. No en vano Platón escribió: “El mal uso de la lengua no sólo es una falta contra el lenguaje, hace daño a las almas”, y el Libro de los Proverbios: “La vida y la muerte están en poder de la lengua, del uso que de ella hagas, tal será el fruto”.

Es el miedo al amor, el miedo a desapropiarnos de nosotros mismos, lo que hace que inventemos todo tipo de formas para, velando el rostro, imponernos sobre los demás.

Habría que volver a mirarnos sin miedo, a aceptar que sólo somos en la medida en que, dice Octavio Paz, sucumbimos a la desnuda presencia del otro: “Muestra tu rostro al fin para que vea/ mi cara verdadera, la del otro”.

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