REGISTRO DEL TIEMPO
8/7/2026

Por un pelito

Diego I. Rosales
Para Capri y Lalo
Y también para Raúl y para Quiñones

La tecnología ya no es más una herramienta sino una extensión del mundo. La entrada en simbiosis de nuestra vida con la máquina nos ha convertido en nodos neuronales de redes de información que cumplen fines no determinados por agentes personales. Ingresamos información a la red a través de nuestras pantallas táctiles; nuestros pensamientos se convierten así en información binaria que hace crecer una megamente hecha de fibra óptica (recomiendo amplísimamente Hyperion y La caída de Hyperión de Dan Simmons, genialidad de la ciencia ficción que prefiguró esta simbiosis).

Parecía que el deporte, carnal en su esencia y corporal en su realización, físicamente determinado, permanecía como un reducto del régimen de la encarnación. No quiero mencionar, por obvio y hasta quizás insulso, el espíritu agonal de la Grecia clásica, una forma de crear cultura que reconocía en la corporalidad la forma propia de estar del espíritu en el mundo. Es una verdad de perogrullo que el deporte es la carnalidad y la competencia del músculo-mente que, disciplinado y esforzado, se encuentra no sólo con la resistencia de la materia, sino también con la del yo consigo mismo y ante su oponente —que, en algunos casos, no es otro que sí mismo—.

Pero el mundial de futbol que estamos viviendo este año ha mostrado las posibilidades que el calamar de la tecnología tiene para devorarlo todo. En uno de los episodios más deplorables de la corrupción humana y de la entrega de la responsabilidad de la libertad a los aparatos y a los sistemas, Croacia sufrió el pasado 2 de julio un desfalco mayúsculo, grotesco y cínico. En el minuto 103 de la ronda de dieciseisavos de final que disputaba contra Portugal, Joško Gvardiol marcó el gol que parecía igualar el marcador 2-2 frente a sus oponentes ibéricos, lo que habría enviado el partido a la prórroga. El árbitro concedió inicialmente el gol, pero después de algunos segundos, el VAR (Video Assistant Referee) intervino para revisar una posible posición adelantada, offside.

La regla del offside es probablemente el concepto más difícil de explicar en la historia de la humanidad. Intento hacerlo: un jugador atacante, situado en el campo de su contrario, está habilitado para tocar el balón si y solo si en el instante en que su compañero realiza el pase no está más cerca de la línea de meta que el penúltimo jugador del equipo contrario; si se encuentra por delante del penúltimo adversario (aunque sea por un pelito —y lo del pelito es ahora una realidad gracias al SAOT [Semi-Automated Offside Technology]—), entonces se considera que está en posición fuera de juego y queda deshabilitado.

El espíritu de la regla del offside consiste en evitar al cazagoles, i.e., que un habilidoso delantero se sitúe al lado de la portería contraria para esperar que le caiga un buen balón que pueda empujar fácilmente dentro de la meta. ¿Por qué es interesante evitar al cazagoles? Para fomentar la inteligencia, el juego de equipo, la estrategia; para que el conjunto deba avanzar paso a paso. Para hacer más divertido el fut.  

Vuelvo a lo anecdótico: el mundo entero vio distintas repeticiones de la escena en sus televisores y desde una gran multiplicidad de ángulos. En ninguna de ellas el ojo humano —comenzando por el del árbitro— era capaz de apreciar un contacto con el balón por parte de Igor Matanović quien, de haber tocado el balón, habría dejado inhabilitado a Mario Pašalić, que fue quien pasó el balón a Gvardil, y el gol habría sido inválido. Nadie notó nada; ningún contacto.

El VAR, sin embargo, recurrió a lo inaudito: el Trionda, balón oficial de la Copa del Mundo creado por Adidas, está equipado con un chip IMU (Inertial Measurement Unit), desarrollado por la FIFA, cuya tecnología —denominada Connected Balll Technology— registra el movimiento del balón a 500 hz, es decir, 500 veces por segundo, detecta cualquier contacto con él y determina con precisión extrema el momento en que un jugador, o cualquier otro cuerpo, toca el balón. El chip envía instantáneamente esta información al sistema arbitral. La televisión mundial proyectó una gráfica (Heartbit Graphic) que hacía visibles estos datos. En ella se apreciaba una onda que, supuestamente, había sido provocada por el contacto de la cabellera de Matanović con la superficie del Trionda. Ante la evidencia científica, el árbitro central del partido, Espen Eskås, de Noruega, declaró a Pašalić en posición fuera de juego y anuló el gol. Era el minuto 103. Dos minutos después, Eskås silbaba el final del partido. Portugal estaba en octavos. Por un pelito.

No me detendré en los pormenores y los detalles que podrían exhibir —o bien hacernos suponer razonablemente—, o bien un cínico acto de corrupción o bien una ceguera culpable ante el evidente sesgo que esto implica. No mencionaré, por ejemplo, que Renato Veiga, portugués, cabeceó el balón antes de que Pašalić lo tocara —con lo que estaba habilitado—, pero ese contacto fue interpretado por el cuerpo arbitral como “involuntario”. Y cuando el contacto es involuntario, no se considera un contacto stricto sensu.

Me surgen muchas preguntas de corte antropológico. ¿Podían los árbitros penetrar en la conciencia de Veiga y conocer de primera mano su voluntad o su falta de ella ante el cabezazo? ¿Por qué consideraban el contacto del balón con el pelo un contacto verdadero si el pelo no tiene terminaciones nerviosas? ¿El pelo forma parte de mi “yo”, aunque no tenga control sobre él? ¿Cuándo me corto las uñas, corto una parte de mi alma? ¿Cambiar de peinado es alterar mi subjetividad? ¿Tocar algo sin darme cuenta, es realmente tocarlo, o el objeto fue el que me tocó a mí?

El mundo entero contempló en tiempo real el momento en que la autoridad aceptaba que lo que todos habíamos visto no era lo que realmente había sucedido. Asistimos a la inauguración de un nuevo régimen regulatorio: el ojo vidente, el oído oyente y la mano tocante no son ya dignos de crédito. La verdad ya no surge de la experiencia del mundo, sino de la mediación de una máquina.  

Los antiguos griegos entendían el agón como un espacio privilegiado en el que el ser humano manifestaba públicamente sus capacidades. Competir no significaba únicamente vencer a otro, sino llevar las propias posibilidades hasta su límite. La excelencia no consistía en una cifra ni en una estadística, sino en la manera en que el cuerpo realizaba una acción ante la mirada de los demás.

El fútbol conservaba todavía algo de ese espíritu. Todo en él depende de la presencia física: la aceleración, el equilibrio, la resistencia, el contacto, la intuición espacial, la coordinación con los compañeros y la lectura inmediata del movimiento del adversario. Todo ello, además, se realiza en circunstancias de presión extrema, con lo que lo que se mide y se pone a prueba no es sólo la dimensión física del cuerpo, sino la vida mental y espiritual que en él habita. Controlar nuestro cuerpo no es sólo una cuestión de fuerza o de hábitos, sino también de metas, deseos y virtud. El orden físico y el espiritual se amalgaman en el deportista.

Nuestro cuerpo no constituye únicamente un instrumento con el que jugamos; es la condición misma desde la que aparece el mundo. Gracias a él distinguimos el cerca y el lejos, el antes y el después, lo posible y lo imposible, el esfuerzo y el descanso. También es a través del cuerpo como descubrimos al prójimo: no como un objeto situado frente a nosotros, sino como otro centro de iniciativa, de fuerza y de vulnerabilidad semejante al nuestro; como fuente de misterio.

Pero la máquina ha arrebatado al deporte la experiencia del cuerpo vivido para ser mediatizada e interpretada por un chip. El baremo del deporte, su verdad, no es ya la del cuerpo sino la de la máquina, el número, y Galileo tan campante. El problema es que el chip no puede experimentar el esfuerzo que supone un sprint en el minuto noventa, no se acalambra en la prórroga porque no está en juego su honor. Porque toda fuerza es, antes que una magnitud física mensurable, una experiencia vivida, un sufrirse la Vida a sí misma, un acontecimiento originado por la Vida que da vida al ser vivo, por la Vida que nos habita y nos revela al mundo y a nosotros mismos.  El deportista conoce esta verdad mejor que nadie, y de ello vive y por eso es deportista.

Es cierto que el VAR ha corregido decisiones insulsamente malas, ha ayudado a dirimir escenas disputadas, estrafalarias, difíciles, y ha evitado también sucesos de corrupción grotescamente explícita. Con ello se ha buscado corregir la falibilidad de los árbitros. Pero si la ambigüedad de la vida corporal, del ojo natural, del tacto espontáneo, abre la puerta al error, a la tranza, a la mentira y a la trampa, es porque también, al mismo tiempo, habilita y permite la libertad, la virtud, la decencia y la cabalidad. Ser humano conlleva siempre el riesgo de lo grande y lo pequeño, del éxito o del fracaso. Del sí y del no. La humanidad supone esa ambigüedad, y un deporte que quiere matar la ambigüedad es un deporte que terminará matando también la gloria.



Arte en portada
Football - IIb, Daniel Coulmann

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