REGISTRO DEL TIEMPO
5/11/2025

Pan de muerto

Alfonso Ganem

El pan de muerto es un icono comestible de la panadería mexicana. Este amasijo cocido transmuta la naturaleza de sus ingredientes en otras sustancias. A la harina la calcifica hasta volverla huesos, quema la grasa y la tonifica en músculo, mientras que exhala los azúcares gasificados para formar sus alveolos y poder respirar. Toda una sabrosa y rica alquimia alimentaria que forma un ser humano patas arriba, con el migajón debajo y las canillas de fuera.

El bollo se ofrenda con religiosidad a la mesa de los difuntos para conjurarlos el día de su fiesta. No hay mejor invitación que la promesa de tener un lugar para comer y saciar el apetito; pero la ausencia de sus convidados, anima a los anfitriones para devorar las viandas que prepararon. Bajo circunstancias de extrema urgencia, tomar el alimento ajeno no está penado por la ley, se le conoce como robo famélico. Mas robar a los muertos, ¿qué tan grave es el delito de quitarle el pan a quienes no tienen un cuerpo que alimentar?

El pan de muerto, como su nombre lo indica, es de los muertos y no de los vivos; la preposición indica quién es el dueño y cuál su posesión. Si los del más allá pueden disfrutar de los dulces bienes del más acá, la alimentación y la propiedad son derechos sobrenaturales. Así, al final de los tiempos, los hambrientos de justicia no serán los únicos saciados ni los humildes estarán solos al momento de heredar la tierra. Una apocatástasis jurídica y económica que promueve la paridad existencial: todos satisfechos y todos hacendados.

Robar el pan a los muertos no es un acto completamente perverso, hay aspectos que son elogiables, como prevenir el canibalismo. La preposición de puede entenderse en otro sentido, uno más siniestro y quizás más preciso. Decir que el pan de muerto es de muerto, no es una verdad de perogrullo (o tautológica, para los filósofos). Al contrario, es hacer manifiesto su origen: el pan está hecho con la carne y los huesos de los fieles difuntos. Evitar que los muertos se coman los unos a los otros es algo bueno. Para algunos escolásticos, la maldad de robar puede mitigarse si con esto se previene un mal mayor; desafortunadamente este no es el caso. Cuando los vivos comemos pan de muerto no ingerimos en estricto sentido a uno de nuestros congéneres, pero sí incurrimos en el crimen de la antropofagia.      

La inhumanidad de este acto la escondemos tras la estética de una rica y atractiva golosina. Mezclamos la carne de los muertos con sabores y aromas deliciosos, como el azahar, la canela, la guayaba, la naranja, la nuez y hasta el ron. Y decoramos el exterior de sus huesos con festivos adornos de ajonjolí, amaranto y azúcar de colores. Los más escandaloso de todo, es que nos reunimos en familia para honrar a nuestros muertitos y ofrecemos un banquete con ellos al centro.    

Un simple matiz en el uso de las preposiciones cambia nuestros juicios sobre lo malo y lo peor. No es lo mismo romper el quinto mandamiento y estar en un mar de sangre, que faltar al séptimo y estar entre serpientes. Tanto robar como matar son delitos que merecen castigo, aunque su gravedad puede estar sujeta a discusión. ¿Cuál pecado clamará más al cielo: robar por hambre al que no tiene sustento o matar a otro porque no hay nada más que comer? Quizás una moral apocalíptica como la cristiana sea la única que pueda dar respuesta a este enredo ético; no es coincidencia que en la Eucaristía se entregue el cuerpo de Cristo, otra transubstanciación de pan en carne.  

Arte en portada
María Izquierdo

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