REGISTRO DEL TIEMPO
17/12/2025

Navidades

Martín Cerda

No sabría explicar por qué motivo o razón esta fecha suele entristecerme, pero sé que lo mismo le ocurre a mucha gente, como al desdichado Larra en la gimiente España romántica. Podría describir, en cambio, cada una de las navidades desde mi 1935 hasta hoy, como un largo rosario de algo que siempre he ensayado excluir de mi vida: la tristeza.

Recuerdo precisamente la Navidad de 1935. Ese año, como otros de mi infancia, nos reuníamos en la casa de mi tío Oscar Riesle, donde la Navidad tenía un marcado acento alemán. Mientras cenábamos, de pronto, un fuerte olor a quemado invadió el comedor; esto movilizó a los mayores hacia el escritorio de mi tío, donde estaba el árbol de pascua. Una vela se había doblado, encendiendo el pino y, con éste, la masa dispersa de regalos que lo circundaban. Entre los damnificados, para mi desdicha, estaba yo. El flamante triciclo rojo que me había “traído” Santa Claus era sólo la chatarra de un deseo o ilusión infantil.

Jamás he olvidado ese episodio.

Lo recordaría años más tarde cuando estudiante en París, pasé mi primera Navidad lejos de mi familia, en compañía del entonces joven pensador mexicano Villoro y otros amigos. Esa tarde, por alguna jugarreta del destino, habíamos ido con Villoro a la “Librería Alemana” a comprar algunos libros. Llegada la medianoche, entregué a Luis un ejemplar de Holzwege de Heidegger, y éste, a su vez me regaló un libro de ensayos de Robert E. Curtius. Este sabor alemán de mi primera Navidad francesa me acompaña hasta hoy.

Arte en portada
Skaters near the Shore of Kalela, AKSELI GALLEN-KALLELA, 1896

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