REGISTRO DEL TIEMPO
26/11/2025

Monstruos encantadores

Armando González Torres

¿Cómo se defienden los clásicos de algunas de sus interpretaciones?  Era un adolescente cuando asistí  a una mesa redonda sobre el Quijote en mi preparatoria.  Ahí un profesor  se refirió a la novela como un “manual de liberación” y el “mejor libro de ciencia política jamás escrito”. Cuando otros participantes mencionaron el humor como un rasgo cervantino, los rebatió severamente y reveló los gatos encerrados de la obra. Para este profesor, el Quijote no tenía, ni remotamente, el fin insustancial de la recreación, sino el de la Revolución, pues Cervantes, aunque no lo supiera, aspiraba a hacer conciencia, a subvertir el sistema de su época y a promover la rebeldía popular burlando a la censura, mediante un conjunto de claves secretas disfrazadas de literatura.  La tarea del lector consciente no era divertirse, sino descifrar las claves y llevar a la práctica política el ideario del Quijote. Tras esta rotunda interpretación, hubo aplausos frenéticos, vivas al movimiento estudiantil y consignas conmemorando al Che Guevara. Yo salí inflamado de fervor, aunque avergonzado de mi falta de perspicacia literaria porque algunos episodios del Quijote (la verdad no muchos) me habían parecido graciosos y, sobre todo, porque no se me había ocurrido que el corolario de leer la novela era tomar las armas.

En su libro Gato encerrado. Montaigne y la alegoría Antoine Compagnon aborda, entre otros temas de erudición festiva, la recepción de Montaigne y la dialéctica entre lectura filológica y alegórica. Desde su apreciación inicial como un escritor disperso y conservador hasta su consagración contemporánea como precursor de la etnología o profético posmodernista, Compagnon rastrea una mezcla tanto de intuiciones luminosas como de manipulaciones groseras que han formado la figura de Montaigne. Se trata del dilema habitual: frente a la filología, que busca la exactitud del dato y el contexto para fundar la interpretación, se erige la alegoría que, buscando símbolos ocultos en lo que se dice, va mucho más allá de la interpretación literal, histórica, conceptual y hasta lógica. Para Compagnon la filología genera “trabajos a menudo aburridos pero con una vida duradera; y la alegoría, por su parte, pequeños monstruos, a menudo encantadores, pero que ceden pronto el lugar a los siguientes.”  De acuerdo, pero no siempre los monstruos encantadores tienen una existencia efímera y, en buena parte de la academia, fenómenos como el esnobismo teórico y, sobre todo, el oportunismo político se han apoderado de la apreciación literaria, sumiendo en la oscuridad el origen y naturaleza de muchas obras literarias y atribuyéndoles intenciones y significaciones insospechadas por sus propios autores.

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