Cuando, tras los primeros ataques aéreos de junio, Israel urgió a los habitantes de Teherán a abandonar la ciudad por su propia seguridad, hablé con una activista y disidente iraní residente en Berlín. Su familia vive en la capital iraní. En aquellos días, estaban prácticamente en contacto permanente. La mujer intentaba por todos los medios convencer a sus padres para que abandonaran la ciudad. Sin embargo, su padre, que es médico, se negó rotundamente a abandonar el hospital. De los más de ciento cincuenta médicos que trabajaban en el centro, solo quedaban una docena, una cifra que, argumentaba, era demasiado baja.
“No juzgo ni a los que han huido ni a los que se han quedado”, comentó mi interlocutora. “Simplemente no quiero que mi padre muera por una bomba”. Por otro lado, al escribir este texto en Granada (Andalucía), cabe mencionar que, en los últimos años, España se ha convertido en un país de destino para los inmigrantes israelíes que no están de acuerdo con la política de su actual Gobierno. Recientemente se les ha unido un joven que hasta entonces vivía en Israel. En su momento, impactado por el ataque del 7 de octubre de 2023, se alistó como voluntario en el ejército. Unos años antes, había cumplido el servicio militar obligatorio y ahora quería luchar en Gaza. Estaba convencido de que así protegería la vida de sus seres queridos y evitaría una catástrofe aún peor: después de todo, otro ataque de Hamás podría extenderse por todo el país. Sin embargo, lo que vio cambió radicalmente su opinión.
“Así no protegía nada”, contaba. “Con nuestra brutalidad, más bien estaba sentando las bases para que el 7 de octubre se repitiera pronto con la fuerza de un segundo holocausto”. Además, mi interlocutor se dio cuenta de que no podía controlar el miedo en condiciones de combate. Le aterrorizaba el característico zumbido de los drones. Finalmente, se consideró que su estado mental suponía un riesgo para el resto del equipo. Tras ser dado de baja, viajó a España.
Contra la exclusión decisoria
Eutopía se basa en la convicción de que la guerra, cualquier guerra, es ante todo la historia de gente como esta. Personas que se sienten perdidas, adoloridas y temerosas. Personas que, de hecho, se ven sumidas en una realidad sociopolítica estructurada de tal manera que quedan excluidas de la cogestión de la misma. Es decir, en una situación de crisis (conflicto armado, pandemia etc.), nuestros Estados apenas ofrecen a los ciudadanos la posibilidad de participar en la toma de decisiones. Al mismo tiempo, en nombre de la “seguridad” de todos, les imponen una enorme responsabilidad para mantenerla. Se les empuja, e incluso se les obliga, a arriesgar sus propias vidas en un marco moral elevado sobre las realidades que no han tenido voz ni voto.
La cobertura mediática del conflicto entre Israel e Irán ilustró bien esta exclusión decisoria. Por un lado, en el plano visual mediático, la guerra se presentaba como un espectáculo fascinante. Misiles derribados (o no) iluminando el cielo, nubes de humo, incendios, siluetas futuristas de aviones... Solo había que sentarse cómodamente, comer galletas y mirar.
Por otro lado, en los medios de comunicación polacos, pero también alemanes, españoles e incluso árabes que seguía, se percibía un sombrío determinismo. Por ejemplo, en los medios polacos se expresaba con frases como: “Irán debe responder con fuerza, o perderá la cara” o “Probablemente la situación empeorará, porque el ejército israelí tendrá que reaccionar”. ¿Qué hay detrás de estos comentarios? El motivo de las acciones políticas y militares parece ser la ley del talión. No se trata del bienestar de los ciudadanos, del balance del coste-beneficio o de la búsqueda de una eficaz resolución del conflicto que ha llevado al estallido de la guerra. Y, al mismo tiempo, no queda espacio para la participación ciudadana en la toma de decisiones.
Eutopía: claro que sí
Estoy profundamente convencido de que cada euro y cada dólar que se gastan en armamento, en lugar de en inversiones destinadas a buscar vías pacíficas, empáticas y solidarias para resolver los conflictos, es un paso hacia la multiplicación de este tipo de situaciones de exclusión y sufrimiento. Aumenta el riesgo de dolor humano y nos aleja de la construcción de un mundo mejor. Al comentar los bombardeos de Teherán por parte de Tel Aviv, una amiga israelí-española me dijo: “Como sabes, el régimen de Teherán me repugna. Pero no nos engañemos. Ningún país necesita armas nucleares. Si se niega a unos y se permite a otros, es simplemente hipocresía. Es difícil esperar que así se construya una paz duradera en el mundo”.
Sin embargo, en el razonamiento de mi interlocutora veo algo muy profundo. Es un intento de comunicación orientado a crear vínculos a pesar de los frentes de guerra. Es precisamente a partir de este tipo de comunicación cualitativa donde comienza eutopía. Eutopía hace referencia al término griego eu-topos, que significa “buen lugar”. Eutopía recupera un elemento olvidado de la tríada clave del pensamiento político moderno: distopía, utopía y eutopía. Estas se entienden, respectivamente, como un lugar fallido, un lugar imposible y un lugar bueno y posible. ¿Por qué es importante cuidar la tríada eutopía-utopía-distopía? La ausencia del elemento eutópico en la tríada ha provocado que, en la actualidad, la palabra “utopía” se utilice con dos significados diferentes: el proyecto de un mundo mejor y, al mismo tiempo, imposible. Sin embargo, la amplia difusión de la palabra utopía en este sentido es problemática. Porque expone los proyectos progresistas a críticas a priori del tipo “son sueños utópicos, por lo que no pueden hacerse realidad”.
La reivindicación de la eutopía se propone, por tanto, eliminar el estigma de la “imposibilidad” de formular una visión de la buena política. Reflexionar sobre un buen futuro no debería ser motivo de vergüenza. Al contrario, que los sueños de una Europa y un mundo agradables vuelvan al centro del debate público y de la política institucional.
Empoderamiento, sueños, esperanza
Recuperar la política para los sueños humanos no es una quimera. Cuando una persona sabe lo que quiere, se moviliza y actúa en consecuencia. Expresar con precisión y en el espacio público las necesidades, también sirve para recordar a los políticos que deben respetarlas. Los sueños son, por tanto, una condición clave para la capacidad de acción ciudadana. Ayudan a superar la exclusión decisoria.
Al recuperar la energía motivadora de los sueños, tenemos la oportunidad de conseguir algo más. En lugar de la frustración que surge de la desconexión entre la política y las necesidades de los ciudadanos, será más fácil establecer vínculos. Entre nosotros, dentro de nuestras redes sociales, pero también con la política profesional. Eutopía nos invita a dejar de lado la cultura de la diferencia y la división; hablaremos de sueños y nos centraremos en buscar aliados en el camino hacia su realización.
Junto a los sueños, la esperanza es también una condición necesaria para la acción ciudadana. Porque los sueños ayudan a definir con precisión los objetivos de la acción. Y la esperanza devuelve la fe en que estos pueden alcanzarse. Sin esperanza no es posible hacer buena política.
En lugar de reforzar los gestos identitarios, enfatizar las similitudes en las relaciones con las personas y mantener una comunicación atenta y orientada a la construcción de vínculos ayuda a alimentar la esperanza de un futuro mejor. Así crean experiencias comunitarias concretas. Así se apoya a superar la carga individual de la responsabilidad y la soledad ante los retos globales y locales, tanto en materia de seguridad como más allá de ella.
Comunicación, emociones.
En este sentido, el espacio de la comunicación eutópica se centra en la atención hacia uno mismo y hacia el entorno. También inspira el empoderamiento y la realización de acciones concretas en el espacio público. Las premisas en las que se basa la comunicación eutópica son las siguientes:
En primer lugar, aunque los ámbitos de la reflexión y de las emociones se describen con dos palabras diferentes, se trata de una división artificial. Todo ser humano, ya sea como individuo o como miembro de una comunidad, adopta una actitud reflexiva y a la vez emocional para actuar.
En política no es diferente. Por tanto, cualquier intento de apelar a la “racionalidad” de los ciudadanos, entendiendo esta como lo contrario de los comportamientos “irracionales” o “emotivos”, es un profundo malentendido. Incluso contribuye a estigmatizar a los votantes de uno u otro partido político. Provoca antagonismos, frustración, desconfianza, rechazo y deseo de venganza. Destruye los lazos sociales y refuerza los bloqueos comunicativos. Es tan profundamente perjudicial para los ciudadanos como para los políticos.
Eutopía, por su parte, anima a respetar las emociones. Una buena política debería crear espacios para expresar la frustración o el miedo, en lugar de reprimirlos o hacer que se sientan avergonzados. Y, cuando nos cansemos de gritar, estos espacios deberían animarnos a respirar aire fresco y hablar tranquilamente. Así, en lugar de lanzarnos en letanías de reproches, hablaremos de nuestros sueños y necesidades.
En segundo término, eutopía considera la socialización humana como un continuo. Este continuo abarca desde el nivel de la familia, las relaciones románticas, etc., hasta la escala del Estado y las estructuras supranacionales. Una buena política no debe antagonizar las esferas privada y pública ni tratarlas como áreas que compiten entre sí.
Esto implica la convicción de que “sacrificar” la felicidad familiar “por la patria” no beneficia a nadie, ni a la familia ni a la patria. Al contrario, una persona feliz, que ama y es amada, también es un ciudadano feliz y comprometido, lo que se traduce en un mundo mejor.
En tercer lugar, como ya se ha mencionado, eutopía anima a buscar en la comunicación lo que nos une. En la familia, entre amigos y también en la sociedad ocurre algo muy similar: la condición para el buen funcionamiento de los colectivos humanos, grandes o pequeños, son los lazos que unen a sus miembros. Vale la pena cultivarlos. Con los vecinos, pero también a escala nacional o continental.
Emoción, reflexión, acción
La búsqueda de la comunicación eutópica ha nacido en un contexto determinado. Los últimos años vienen marcados por profundas crisis regionales y globales. Estas han cambiado radicalmente nuestra percepción del mundo. La pandemia de la COVID, la guerra a gran escala en Ucrania, el sangriento conflicto de Gaza, el cambio de paradigma en la comunicación política de figuras como Javier Milei o Donald Trump, y la creciente militarización de Europa y Rusia son solo algunos ejemplos.
En Europa, y quizá también fuera de ella, el orden en el que creíamos y que hasta ahora había estructurado nuestras vidas parece haberse desmoronado de repente. Creo que se trata de algo más que un sentido de depresión colectiva o un retroceso temporal en algunos ámbitos importantes, como el proceso de unificación europea, la igualdad de derechos de las mujeres o la libertad de expresión.
En consecuencia, por un lado, la profunda sensación de impotencia reduce aún más los ya de por sí estrechos márgenes de acción de la ciudadanía. La debilidad de los vínculos interpersonales y de las formas de existencia comunitaria lleva a refugiarse en las identidades. En lugar de solidarizarnos, nos diferenciamos y exaltamos nuestro “yo” solitario y vulnerable. Muchas veces la esperanza solidaria de un cambio positivo sufre una sustitución por una mezcla de resignación, miedo, humillación y privatización.
Por otro lado, muchos nos sentimos como si nos estuviéramos ahogando. La energía de las emociones reprimidas y estigmatizadas en la esfera política, así como de los cuerpos sometidos a regulaciones cada vez más detalladas, busca una salida. Socava los cimientos de los Estados en los que vivimos.
Además, el lenguaje ensuciado y distorsionado de los debates públicos dificulta la comunicación. Una vez más, mantenemos la esperanza de que, entre fake news y ruido informativo, se encuentran los “hechos desnudos” y los “expertos fiables”. Estos podrían calmar nuestros miedos y proporcionarnos un conocimiento estable del mundo. Solo hay que encontrarlos...
¿Permite eutopía abordar estos problemas y en qué condiciones?
El cuerpo, el Estado benefactor
Entre los fenómenos descritos, algunos están relacionados con las expectativas frustradas que despertó la específica forma de Estado democrático conocida como Estado benefactor. Extendido por Occidente incluso antes de la caída del telón de acero, se convirtió en el modelo a seguir en Europa Central y en otras partes del mundo. Sin embargo, el Estado como garante de la posibilidad de una amplia realización personal de los ciudadanos, como ayuda en caso de necesidad y como protector contra el mal no es una exigencia ni evidente ni tan noble como podría parecer. Es que el Estado benefactor pide algo a cambio. Es decir, exige lealtad y, a menudo, diversos sacrificios, siempre y cuando se vea en peligro. El problema es que el alcance de las “obligaciones” de los ciudadanos hacia el Estado, e incluso la denominación de este supuesto peligro, está sujeto a una rigurosa exclusión decisoria hacia los ciudadanos.
La época de la COVID es un ejemplo significativo. Dado que cualquiera podía contagiarse fácilmente del virus e, incluso siendo asintomático, suponer un peligro para los demás, de repente todos nos convertimos en enfermos. Según la lógica del Estado benefactor, como “enfermos” necesitábamos cuidados. Sin embargo, de este modo, la “salud” se convirtió en una derivada del orden del poder, quedando el bienestar de nuestros cuerpos en un segundo plano. Las consecuencias fueron de todo tipo. La selección y el aislamiento por parte del Estado de los llamados grupos de riesgo no se acompañó de una intensificación de su participación decisoria. ¿Hablamos con las personas de estos grupos sobre sus necesidades y sus sentimientos? ¿Para cuántas de ellas la protección contra el potencial contagio e incluso la muerte compensaba el precio del aislamiento que se les impuso de forma generalizada? ¿Es esta todavía solidaridad con aquellos que tal vez no la querían?
La tutela pastoral
En una perspectiva más amplia, la respuesta del Estado benefactor al COVID-19 implicó incentivos (y, en ocasiones, coacción) para marginar las necesidades físicas básicas del ser humano. En concreto, se impusieron normas detalladas para regular el contacto físico, el cariño y otras formas de cercanía. De este modo, el Estado benefactor deshumanizó en gran medida la promesa contenida en su nombre. La figura del pastor encarna esta política. Los funcionarios del Estado “sabían mejor”, por lo que decidían sin consultar a los ciudadanos, que “no sabían”. La libertad de elección, la dignidad personal, la integridad física y, en última instancia, la autodeterminación —fundamentos del Estado democrático— entraron aquí en conflicto con su carácter benefactor.
Desde la perspectiva eutópica, la creencia de que el Estado tiene la tarea y el potencial de proteger a sus miembros de la enfermedad (y la muerte) es una ilusión peligrosa. Cuando la muerte deja de percibirse en primer lugar como una experiencia corporal y se considera el fracaso del sistema, la lucha está perdida de antemano. En primer lugar, agotaremos rápidamente nuestras fuerzas y recursos. Después, despertaremos expectativas que no podrán satisfacerse: cada muerte exigirá un culpable. Ningún Estado puede asumir esta responsabilidad y, a largo plazo, no podrá sostener la búsqueda de culpables.
Entonces, ¿cómo podemos conciliar el respeto por la salud y la vida gestionados por el Estado con la autodeterminación, teniendo en cuenta que disponemos de recursos limitados y que somos mortales? Eutopía anima a no precipitarse en conclusiones tajantes del tipo “o esto o lo otro”. Incluso en tiempos de grave crisis. Parece mejor recurrir a la flexibilidad del principio “esto y lo otro”. Porque la esencia de la buena política es la moderación. El deseo de regularlo demasiado y, por consiguiente, de hacer luego cumplir las normas mediante un control intensificado de los ciudadanos pone a prueba la democracia. La amplitud de la lealtad hacia el Estado y sus derechos de acceso a los cuerpos de la ciudadanía no debe ir más allá del profundo proceso decisorio de la misma ciudadanía.
Amor, violencia.
Otros fenómenos contemporáneos en la relación entre el Estado y los ciudadanos suscitan dudas similares. El dolor, las heridas o la muerte en la guerra, al igual que la pandemia, no solo son cuestiones ideológicas, sino experiencias concretas del cuerpo. En este contexto, al igual que con las reflexiones y las emociones, eutopía anima a tratar el cuerpo y la mente de forma conjunta. En la tradición cartesiana, que identifica el ser exclusivamente con la mente, el cogito se desvincula del cuerpo, se encuentra en todas partes a la vez y en ningún lugar concreto. El cuerpo parece un contenedor del espíritu. Por eso, los cuerpos que no encajan bien en el concepto de contenedor del espíritu se veían obligados a someterse. Cuerpos “enfermizos” o “débiles”, pero también cuerpos menstruantes y cuerpos que paren.
La comunicación deficiente con el cuerpo se refleja en esta tradición en las actitudes hacia sus experiencias clave: la sexualidad y la violencia. El ser humano desnudo, con su cuerpo aquí y ahora, sigue oscilando hasta hoy en día entre el asco de la representación fisiológica (“médica”), la ficción de la puesta en escena pornográfica y la transgresión perseguida por la ley. Al legitimar este estado de cosas, el Estado benefactor envía el mensaje a la ciudadanía de que el cuerpo, la intimidad y el amor deben quedar fuera de lo visible y lo audible. Y, por lo tanto, fuera del ámbito de la política.
La relación con la violencia se rige por leyes completamente diferentes. “Servicio militar”, “defensa de la patria”, “matar al enemigo”: adelante, bajo el resplandor de las cámaras y los fuegos artificiales. No hay que ocultarlos ni avergonzarse de ellos; tampoco hay que envolverlos en complejos y reproches. Basta con decir que la gran mayoría de los padres se enorgullecen públicamente de que su hijo aprende a matar (va al ejército), pero se morirían de vergüenza si fuera a aprender a amar (a un taller de tantra).
La energía del cuerpo, la energía política
Un Estado que reprime el amor e institucionaliza la muerte socava sus propios cimientos. Reprime energías cuya erupción se volverá contra él. No es de extrañar que, en tiempos de crisis sanitaria o bélica, un Estado así construido tenga que disciplinar duramente a los ciudadanos cuando recurre a los recursos de sus cuerpos en el marco de su poder. La eutopía anima a cambiar la relación del Estado con el cuerpo. Una buena política debería crear espacios propicios para la prodigalidad amorosa del cuerpo, para la erupción de su energía autónoma y para la celebración extática. En lugar de llevar los cuerpos de los ciudadanos al matadero, una buena política debería buscar formas de integrar la dinámica de los cuerpos en un tejido social solidario.
Liberar la energía del cuerpo y fortalecer la conexión con él lleva incluso más beneficios. Entre ellos, favorece la reintegración del ser humano con la naturaleza. Al fin y al cabo, la naturaleza también escapa a las regulaciones y a la reglamentación. El cuerpo, cuando no está deprimido, alimenta el respeto del ser humano por la naturaleza más allá de toda racionalidad. Ayuda a integrar la política y la naturaleza, sentando las bases para un Pacto Verde verdaderamente digno de ese nombre.
El paradigma indicial
Contrariamente al dicho popular, los hechos no hablan por sí mismos. Son las personas las que hablan por ellos. Por ejemplo, a través de la ciencia. La ciencia transforma lo sensible, es decir, lo encarnado, en un vehículo de significado. La percepción se convierte en una prueba, un síntoma en el sentido en que lo entendía Hipócrates (del griego, semeion). Sin embargo, la visión dominante de la ciencia en la actualidad y el culto a los expertos que la acompaña se remiten más bien a Platón y al paradigma de Galileo. Se trata de la separación entre la teoría y la experiencia, y del principio de verificabilidad del conocimiento a través de la repetibilidad. Galileo, sin embargo, consideraba el universo como un libro escrito en lenguaje matemático, cuyas letras son triángulos y círculos. Entendido así, el libro del mundo permanece estéril. Es incorpóreo y no emocional, es decir no humano. Carece de ambigüedad creativa.
Las culturas y las épocas históricas difieren en si consideran la ambivalencia un problema. Tratar la ambigüedad como un tipo de error es más bien una consecuencia de una educación, tradiciones o prácticas políticas específicas. Desde la perspectiva eutópica, más bien de muchas culturas no occidentales, la moda de valorar por encima la univocidad es una especie de acuerdo colectivo. Como todo acuerdo, puede rescindirse.
Conocimiento socializado y alegre
Eutopía anima a valorar la ambivalencia y el paradigma indicial de la tradición hipocrática. En lugar de encajar la realidad en reglas estrictas o de “entender” y “prever” el futuro (repetibilidad de experiencias), es mejor formular hipótesis: individuales, cambiantes y sujetas a revisión constante. Las ventajas serían enormes. En política y gestión de crisis, ya no habría que engañarse pensando que la falta de señales claras sobre hacia dónde dirigirse es una debilidad del Estado, una dificultad pasajera, una carencia momentánea de conocimientos por parte de los expertos o un descuido burocrático.
En las ciencias empíricas, se reduciría la presión para llegar a conclusiones basadas en el principio de “o esto o lo otro”. Sería más fácil desprenderse de la expectativa de que, cuando dos “verdades” se contradicen, una es falsa (Galileo). Surgiría la oportunidad de alcanzar una mayor “sabiduría alegre”, como la denominaba Nietzsche, basada en la ambigüedad solidaria y la armonía entre las personas y con la naturaleza.
El texto como fetiche
Se reconoce comúnmente que la reproducción de textos científicos, e incluso literarios, en cualquier cantidad y con cualquier técnica, no afecta a su valor. En la pintura, la música y otras disciplinas artísticas, la situación es diferente. Carlo Ginzburg señala que se trata de una convención sociocultural. Una de sus consecuencias es que estamos dispuestos a otorgar un diferente grado de confianza a la pintura más realista y al texto (y a la relación fotográfica o cinematográfica como derivado específico del texto). El hecho de ignorar en estos últimos los elementos sensoriales y contextuales, es decir, los elementos individuales por excelencia, conduce a creer en el texto como vehículo de transmisión objetiva.
Así, tenemos la literatura no ficción (y no la pintura no ficción), pero también los documentos de archivo, las noticias de las agencias de noticias y los boletines oficiales. Desde los códigos legales hasta los manuales escolares y las guías dietéticas, en innumerables ámbitos de la vida nos basamos en la creencia de que los textos transmiten una verdad estable sobre el mundo.
Sin embargo, al fetichizar los textos, no solo marginamos otras formas de expresión. La moda de la transmisión exacta de los “hechos” por medio de palabras escritas, con sus titulares en rojo y sus barras de ventas, se rige por el sex appeal: el mensaje debe ser comprensible, coherente, concluyente y, a ser posible, pegadizo. No obstante, fingir que la realidad es sexy y que se puede contar así no es inocente.
Hechos, falsedades
Bajo una perspectiva eutópica, los “hechos” despiertan falsas expectativas. Cuando un texto “dice las cosas como son”, siempre hay alguien que puede decir que “son” completamente diferentes. Pues la razón rara vez está de un solo lado. Los conflictos están así programados.
La moda de los hechos refuerza la arrogante “tener razón” sobre los demás, que supuestamente no la tienen. Sobre todo, refuerza la dominación de los autores de los relatos sobre aquellos a quienes se refieren. “Decir las cosas como son” silencia a estos últimos. Se da en las noticias tradicionales, pero igualmente en los archivos policiales y las investigaciones científicas. De hecho, el gran impacto de las noticias falsas (fake news) proviene precisamente de la confianza depositada en la narración de cómo son las cosas. Y de la convicción de que reproducir textos e imágenes no causa ninguna lesión. Por lo tanto, en lugar de adentrarnos en el callejón sin salida del factchecking, eutopía anima una vez más a volver al paradigma indicial.
Este paradigma ayudaría a tratar el texto como una obra de pintura o música, con sus propias características, que dependen del lugar, el tiempo, la técnica y el autor, es decir, de su cuerpo, sus estados de ánimo, sus aspiraciones y sus convicciones. En lugar de intentar explicar cómo son las cosas y cómo se debe actuar frente a ellas, una buena política trataría los “hechos” como pruebas indiciarias.
El debilitamiento eutópico del apego al texto ayudaría también a prevenir los procesos de exclusión decisoria de los ciudadanos en situaciones de crisis. Supondría un giro hacia percepciones y acciones concretas, heterogéneas y ancladas en el aquí y ahora. Hacia una socialización orientada a valorar el papel creativo del cuerpo en la percepción, hacia una difusión suave (en sentido de la llamada lógica difusa) y hacia la modestia cognitiva.
En otra entrada de “Registro del tiempo”, en Conspiratio, se publicará la segunda parte de este ensayo. En ella se hablará de la memoria, el movimiento #MeToo y la nacionalidad como estado de conciencia. Mientras, ¿tienes alguna idea sobre otros elementos de la eutopía y la buena política? Escríbenos un correo electrónico o deja un comentario en Facebook (https://www.facebook.com/stanislaw.strasburger).
* La versión polaca de este ensayo ha sido publicada con la revista “Liberté!”.
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