REGISTRO DEL TIEMPO
12/11/2025

Hacia una práctica eutópica

Stanisław (Stan) Strasburger

Guardo un recuerdo de la infancia que me impactó mucho: cuando iba a la escuela primaria en Varsovia, durante los últimos años de la época de la República Popular de Polonia, se emitía en la televisión infantil la serie en blanco y negro Cuatro tanquistas y un perro. Solo había dos canales de televisión estatales y la producción cinematográfica era bastante escasa. Primero se emitía la primera temporada, luego la segunda y, cuando terminaba la serie, simplemente se repetía desde el principio. Así fuimos creciendo.

Los cuatro tanquistas eran una especie de superhéroes polaco-soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial. Como tripulación de un tanque con el sonoro nombre de Rudy 102, perseguían a los nazis desde Moscú hasta Berlín. La historia estaba del lado de los superhéroes y de las heroínas que los acompañaban. Los nazis se rindieron; nosotros teníamos la ventaja.

La serie también cumplía una función educativa. Fue la base de lo que hoy se conoce como recreaciones históricas. Parques, patios de colegio y calles enteras, ya llenas de numerosas placas conmemorativas a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, se transformaron en espectáculos siguiendo las huellas de Rudy 102.

Sin embargo, había un inconveniente. Toda historia heroica necesita también antihéroes. En las largas pausas en el patio del colegio había llegado mi momento. Con mi sobrepeso de entonces, la camisa blanca con rayas azules que mi madre me había cosido sin pensarlo demasiado y mi apellido de origen extranjero, los niños sabían qué hacer conmigo. Porque ese mismo apellido les sonaba a veces alemán y a veces judío. Así que, día tras día, yo era el chivo expiatorio. Es decir, desempeñaba el papel de nazi. O el de judío.

¿Qué nos dice esta historia? En aquellos tiempos, cuarenta años después de la Segunda Guerra Mundial, ésta seguía muy viva para mí. Se manifestaba en los moratones de mi piel y en las humillaciones que siguen marcándome todavía. Me pregunto cómo aún hoy sigue viva en nuestro interior. El dolor, las humillaciones, la apropiación... ¿Hasta qué punto marcan nuestro pensamiento, nuestros sentimientos y nuestra forma de tomar decisiones como ciudadanos y en la política institucional en Europa?

Cuando a principios de octubre hablé con un destacado activista cultural berlinés sobre las perspectivas eutópicas para la paz en Ucrania, me dijo que, según él, Putin solo podría ser derrotado por la guerra. Es un fascista, un neoimperialista y, además, lamentablemente, sigue una desafortunada tradición rusa que se remonta a siglos atrás. Al fin y al cabo, Hitler también tuvo que ser derrotado, argumentó mi interlocutor.

Resulta que la política de memoria y la enseñanza de la historia organizadas por el Estado, ya sea en la República Popular de Polonia, en la actual III República Polaca o en la República Federal de Alemania, tienden a ritualizar los dramas. Hablar eutópicamente sobre el pasado es diferente /ENLACE AL ENSAYO DE OCTUBRE/. Deja atrás la Historia con mayúsculas y anima a escuchar los propios recuerdos. Entonces, ¿por qué debería ser bueno, también en el sentido de una buena política?

El cuidado y el intercambio de recuerdos personales relaja la relación colectiva con el pasado. En lugar de chivos expiatorios y heroísmo, fomenta la reconciliación. En primer lugar, en forma de preguntas que uno se hace a sí mismo: ¿quiero perdonar al otro?, ¿soy capaz para hacerlo?, ¿mi dolor y mi disposición a la reconciliación se dirigen a los autores concretos, a sus hijos o nietos, a toda su generación, a todos los miembros del Estado del que procedían los autores y que, tal vez, los encubría?, ¿a toda la nación?

Al escribir la versión anterior de este ensayo para una revista cristiana alemana, me di cuenta de que incluso el papa León XIV había hablado recientemente sobre la reconciliación en una vigilia de oración. Obviamente, el Vaticano no siempre ha sido un referente de paz, pero me conmovieron profundamente las palabras del papa: «La paz está desarmada y desarmante. No es ultimátum, sino diálogo. No llegará como fruto de victorias sobre el enemigo, sino como el resultado de sembrar justicia e intrépido perdón. (…) No podemos matar por ninguna idea, fe o política. Lo primero que hay que desarmar es el corazón, porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz (…) Desarma la mano y, antes aún, el corazón».

Las herencias ambiguas

Mis experiencias en el patio del colegio, la imagen que tiene mi colega berlinés de Putin como Hitler y la reciente petición del canciller federal de reorganizar el ejército alemán para convertirlo en el mayor ejército convencional de Europa hablan claro —todos llevamos la guerra pasada en nuestros corazones. En lugar de sobreponer esta herencia con una nueva guerra contra Rusia, deberíamos examinarla más de cerca: ¿son la guerra y la violencia solo una tradición rusa centenaria, como decía mi colega berlinés, o no es también nuestra propia tradición —la alemana, la polaca, la española, en definitiva, la paneuropea— igualmente fascista e imperialista? Luego, los acontecimientos en el patio de mi colegio de Varsovia no solo demuestran que hemos conservado las guerras en nuestros corazones. También nos dicen que la guerra es solo uno de los muchos ámbitos en los que aceptamos la violencia. No creo que hayamos cedido nuestra naturaleza lupina al Estado, en el sentido del contrato social de Hobbes. Simplemente la hemos renombrado y hemos creado numerosas «salas expiatorias», y las aprobamos sistemáticamente en nuestros contratos sociales.

«Desarmar el corazón», como diría el papa e, igualmente, se podría decir en un lenguaje eutópico, significa reconocer la necesidad de transformar nuestra relación con la violencia. Sin embargo, esta necesidad no debe sublimarse y sustituirse por la búsqueda de culpables en el extranjero. Lleguen los rusos y violen a nuestras mujeres, ¿en serio? O quizá sean los inmigrantes... Como si realmente hubiéramos vivido en un mundo perfecto hasta que, supuestamente, los extranjeros nos trajeron el mal.

Menos mal que tengo otros recuerdos de mi infancia, además del sombrío patio del colegio: mientras se emitía Cuatro tanquistas y un perro en la tele, mis padres me regalaron un gran mapamundi físico por Navidad. Lo colgamos en la pared de mi habitación infantil.

Mi padre viajaba mucho y yo buscaba con alegría en el mapa los lugares donde se encontraba. Me propuse seguir sus pasos más adelante. Además, me prometí llevar a mi querida abuela conmigo en el viaje.

El mapa tenía otra característica importante. Sus colores indicaban montañas, ríos, bosques y desiertos, pero no había fronteras marcadas. Al despertar por la mañana, lo primero que veía era un mundo colorido y abierto a todos. Un mundo pacífico sin obstáculos en cuanto a movilidad o recursos.

Aunque estos dos recuerdos son muy diferentes, tienen algo en común: me enseñaron la ambigüedad. ¿Cómo podía estar en el patio del colegio, alternativamente, en lo más alto de la lista de los perpetradores (ser un nazi aleman) y, luego, en lo más bajo, entre las víctimas (ser un judío)? ¿Cómo podría haber llevado a mi abuela a viajar por un mundo colorido y abierto cuando este estaba marcado por la Guerra Fría, las alambradas y las estrictas normas de visado?

Hoy en día, considero que la ambigüedad es un componente importante del discurso eutópico. Al aumentar la creencia de que el mundo se compone de hechos inequívocos que se pueden explicar, predecir y, en este sentido, también controlar, crece la decepción al darse cuenta de que no es así. La amargura resultante pinta la realidad en blanco y negro y divide el mundo en amigos y enemigos. Nos empuja a los brazos de los regímenes de seguridad y nos obliga a estar constantemente alerta y preparados para un posible ataque.

Los últimos años han estado marcados por profundas crisis regionales y globales. Entre ellas se encuentran la pandemia del coronavirus, la guerra en Ucrania y la consiguiente militarización de Europa y Rusia, pero también un cambio de paradigma en la comunicación política por parte de personas como Javier Milei o Donald Trump, los cuales, contra todo parecer, son seguidos por políticos europeos como el canciller alemán o el primer ministro polaco.

Pero, por muy compleja que sea la situación, detengámonos un momento a pensar en nuestros sueños y necesidades. Con el fin de mantener un discurso y una actuación eutópicos, abandonemos el modo de gestión de crisis y preguntémonos: ¿qué estamos haciendo realmente aquí?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué caminos nos llevan a nuestro objetivo?

A concretar eutopía en el contexto de la paz en Euroasia

En Europa, hacía décadas que no estábamos tan cerca de una gran guerra como hoy. No obstante, nadie quiere la guerra. Creo que, en el fondo, la mayoría de los políticos europeos que hoy impulsan el aumento del gasto militar también sueñan con la paz. Ese sueño nos une; estamos, por así decirlo, en el mismo bando.

Por lo tanto, en lugar de caer en un fatalismo decadente y acumular cada vez más armas mientras esperamos con miedo la tragedia de una guerra, deberíamos pensar en cómo podemos crear la paz y redefinir la seguridad. Tengo dos propuestas eutópicas concretas al respecto:

Podríamos tomar como referencia el cinco por ciento del producto interior bruto, el llamado objetivo del cinco por ciento de la OTAN, que debe alcanzarse a más tardar en 2035. Para la Unión Europea en 2024, esta cantidad ascendería a la impresionante cifra de 838 000 millones de euros. A modo de comparación: Esta cantidad equivale aproximadamente al PIB de un país como Polonia o Suiza, y es nada menos que 250 veces superior a las contribuciones brutas anuales al presupuesto de las Naciones Unidas.

Imaginemos estos 838 000 millones de euros como un fondo eutópico para la paz. Con este fondo, organizaríamos una licitación mundial, similar a las que se llevan a cabo para la construcción de aeropuertos o museos internacionales. Un concurso de ideas. La suma se otorgaría como un premio económico a la persona física o jurídica que desarrollara una idea de paz y la pusiera en práctica en el plazo de un año. Podría ser un particular, una fundación, una asociación o el gobierno de un país. Al cabo de un año, el resultado debería ser una paz duradera entre Rusia y Ucrania.

Apuesto lo que sea a que funcionaría. Y, si no, el riesgo es mínimo. Porque, en el peor de los casos, si no se logra la paz en un año, el dinero podría volver a destinarse incluso al armamento. Pero al menos lo habremos intentado en serio. Es decir, con los mismos medios con los que ahora estamos dispuestos a promover la guerra, al menos habríamos intentado

conseguir la paz.

Al fin y al cabo, debe recordar que los ciudadanos tenemos derecho a ese dinero. Porque son nuestros impuestos. Podemos decidir si no servirían mejor a nuestro deseo de paz si se gastaran en algo distinto del armamento.

Por supuesto, el inmenso «premio» no estaría destinado a que alguien se lo embolsara por completo. Antes de la licitación, se podría establecer que una parte del fondo se invierta dentro de la UE, Ucrania y Rusia. Quizás incluso sería conveniente determinar con mayor precisión las inversiones concretas con antelación. Entonces, los representantes de los sectores que reciben nuevos fondos gracias a la distribución del fondo podrían apoyar activamente los esfuerzos de paz. Verían en ello un interés propio. Porque ninguna guerra es inevitable.

Seguridad eutópica

Mientras tanto, lamentablemente, siento un miedo agudo a una guerra que se avecina cada vez más en Europa. Me temo que podría suceder algo que hasta hace poco nadie, no solo en Europa, sino en todo el mundo, hubiera podido imaginar. No solo países como Irak, Libia y Afganistán se sumarán a la infame lista de los llamados Estados fallidos, sino que también Ucrania, Rusia, Alemania, Polonia y otros países serán arrastrados por sus propios políticos a una guerra global y se encontrarán muy pronto en esa lista. Y nosotros, los ciudadanos de esos países, pagaremos el precio.

Pero hay otra manera de hacerlo. Se podría aprovechar la guerra en Ucrania para replantearse las cuestiones de seguridad. Podríamos empezar por poner al descubierto la brutal y fallida política de seguridad global desde el 11-S. Y dar un paso más hacia el sentido eutópico. Los mismos países europeos podrían nutrirse creativamente de la sabiduría colectiva de sus ciudadanos.

Porque una sociedad diversa, como por ejemplo la alemana, con personas de todas las edades, culturas y antecedentes políticos, dispone de recursos inestimables para ello. Entre sus ciudadanos hay activistas, funcionarios, militares, empresarios, gente de cultura y otros profesionales. Algunos tienen experiencia en la antigua RFA y otros en la RDA. Y de todo el mundo. Incluidos de Rusia, Ucrania, Israel, Líbano, Siria, Irak, etc.

Considerar a estas personas como una quinta columna a la que hay que enfrentarse o de la que hay que aislarse es una oportunidad perdida. Más bien, se podría involucrar a estas personas en la toma de decisiones importantes para la seguridad. Por ejemplo, podrían informar sobre cómo se vive una intervención militar extranjera, incluso si está dirigida contra un dictador injusto. O cómo funciona la administración teniendo en cuenta diferentes contextos culturales. También podrían aportar ideas sobre cómo destinar mejor los fondos de apoyo y cooperación. Son personas con amplia experiencia en multiculturalidad, estado social, lucha contra la pobreza, epidemias, etc. También pueden aportar su experiencia sobre lo que significa ser víctima de conflictos de intereses globales e imperiales y hacia dónde pueden conducir a largo plazo.

Juntos se podría reevaluar la experiencia de los últimos 25 años en materia de seguridad global. El fracaso de todas las intervenciones militares y sus devastadoras consecuencias podrían dar lugar a un cambio radical. Así no tendríamos que asistir al resurgimiento de la llamada «Coalición de Voluntarios», que, como es sabido, ya existió en Irak en 2003 y trajo la catástrofe. Sin olvidar la enorme revalorización que, sin duda, inspiraría a todas las personas involucradas en este tipo de consejo de sabiduría colectiva y sus efectos.

Sin embargo, esto no se lograría posicionando a la misma Alemania como el ejército convencional más fuerte de Europa. Porque, si la política opta por la militarización, el lenguaje de la guerra demuestra, sobre todo, una cosa: que es una profecía autocumplida. Mientras intentemos mantenernos seguros, creeremos que la guerra es el único medio.

La seguridad implica un estado de alerta constante. Una consecuencia de ello es la vigilancia nerviosa. Se está en guardia día y noche. Todos desconfían de todos. Los lazos sociales se debilitan y acaban rompiéndose.

Por otro lado, la vigilancia va acompañada de una carrera armamentística. Siempre hay que disponer de medidas de seguridad más eficaces que las del adversario. Aquí se exige, sobre todo, disposición al sacrificio. Los ciudadanos deben aprender a matar y ser capaces de soportar la muerte incluso de sus seres queridos. Para lograrlo, la convivencia social debe pasar a un modo de guerra. El lenguaje de la seguridad nos convierte en asesinos. Nos silencia, nos priva de libertad, nos vuelve autoritarios y nos consume el miedo. Porque la seguridad no es lo mismo que la paz.

Cuando reina la paz, nadie tiene que estar alerta ni nervioso. Respiramos libremente. Podemos centrar nuestra atención en otras cosas. La paz no requiere medidas de seguridad ni sacrificios. La paz disipa los miedos y libera energías creativas. Por tanto, el objetivo de una buena política debería ser ampliar el ámbito de la paz y no el de la seguridad.

Al sentirme en casa en Varsovia (Polonia), Berlín (Alemania) y Granada (España), he adaptado los ejemplos a Europa. Sin embargo, pueden pensarse y practicarse de forma análoga y creativa en otras partes del mundo. La eutopía no se entiende como una caja de recetas que se puede poner bajo el árbol de Navidad, como mi mapamundi en su momento. Pues, al igual que este mapa, la eutopía pretende inspirar y fomentar el pensamiento y la acción creativos entre los ciudadanos y en la política institucional de todo el mundo.

Eutopía se entiende, ante todo, como un espacio de comunicación. Adquiere forma concreta en la conversación, es temporal y fluida, nunca está fijada para siempre ni escrita hasta el último punto y coma. Como espacio moderado de lenguaje y acción, Eutopía puede ayudar a afrontar los retos del mundo actual. Por ejemplo, intentando establecer la comunicación más allá de los frentes de guerra. Una comunicación que no se basa en opuestos, sino que busca puntos en común. La eutopía es una invitación a soñar, esperar, hablar y actuar juntos. Ese es mi deseo para mí y para todos nosotros en un futuro próximo.

* Las versiones polacas de estos ensayos han sido publicadas en la revista ‘Liberté!’, y las alemanas, en el diario ‘Berliner Zeitung’. Algunas ideas se presentaron también con la revista ‘FronteraD’ de Madrid.

Arte en portada
The new city, Antonio Sant'Elia

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