Seré honesta: el borrador original de esta columna lo escribí tras el sorpresivo empate de España ante Cabo Verde. Semanas atrás, cuando llené mi quiniela del Mundial, había marcado la victoria española en ese partido casi sin pensarlo. No necesité evaluar detenidamente las estadísticas; la idea simplemente flotaba en el aire. Sin necesidad de consumir programas deportivos, el consenso me llegó a través de pláticas casuales y de la constante repetición de predicciones generadas por inteligencia artificial que presentaban a España como la favorita indudable.
Frente a ellos estaba Cabo Verde, un equipo que casi nadie conocía. La tecnología y el ambiente auguraban un triunfo aplastante. Y, sin embargo, llegó el partido y el desconocido le empató al gigante.
No soy experta en fútbol y no pretendo serlo. Como millones de personas, me acerco al Mundial cada cuatro años, lleno una quiniela, converso con amigos y me dejo contagiar por el entusiasmo colectivo. Quizá por eso, lo que me atrapó en ese momento no fue mi quiniela arruinada, sino la enorme brecha entre la absoluta confianza con la que anticipábamos un desenlace fácil y lo que finalmente ocurrió en la cancha. Hoy, el panorama ha dado un giro: España acaba de vencer a Francia y ha asegurado su pase a la final. El pronóstico del algoritmo parece haber triunfado al final del día. Pero al mirar en retrospectiva el turbulento camino para llegar hasta aquí, comprendo que aquel sorpresivo empate inicial demostró algo fundamental: mi elección en la quiniela decía menos sobre el fútbol que sobre una tendencia profundamente humana, a saber, nuestra constante búsqueda de certezas en un mundo atravesado por la incertidumbre.
La fascinación actual por la inteligencia artificial revela esta vieja aspiración humana de convertir la incertidumbre en cálculo. El fútbol parece ofrecer el terreno ideal para ello, pues cada partido genera enormes volúmenes de datos. Los modelos analizan rendimientos, comparan trayectorias y calculan probabilidades a una velocidad que es imposible para cualquier ser humano. Pero, como demostró aquel tenaz equipo de Cabo Verde, cuanto más se intenta reducir el juego a variables cuantificables, más evidente resulta que una parte de lo que ocurre pertenece a otro registro.
Lo que vemos en la cancha nunca es sólo la ejecución de capacidades técnicas, sino la expresión viva de estados de ánimo, relaciones de confianza, presiones compartidas y decisiones tomadas en circunstancias irrepetibles. En cada partido entran en juego expectativas, miedos y esperanzas que ninguna base de datos puede registrar por completo. Los modelos detectan patrones y estiman probabilidades, pero los Mundiales son eventos emocionalmente intensos y cargados de contingencias. Basta una inspiración inesperada de un equipo subestimado para alterar por completo una historia que la IA ya daba por escrita.
El problema no es que la inteligencia artificial funcione mal. De hecho, muchas veces acierta, como lo demuestra el lugar actual de España en la clasificación. El conflicto surge cuando, empujados por nuestra incomodidad ante lo desconocido, confundimos una predicción con una garantía. Los modelos ofrecen probabilidades, no certezas, pero con frecuencia actuamos como si un alto porcentaje matemático fuera sinónimo de un desenlace asegurado. Buscamos señales en los algoritmos y en los expertos porque preferimos aferrarnos a la idea de que alguien dispone de la información suficiente para disipar nuestras dudas, aunque la experiencia nos recuerde una y otra vez que el mundo rara vez se deja domesticar por completo.
En escenarios como un Mundial, la incertidumbre no es un defecto que deba eliminarse, sino que forma parte constitutiva de la experiencia. Si los datos hubieran podido anticiparlo todo con exactitud —incluidos los agónicos empates y las sorpresas—, gran parte de la emoción habría desaparecido. A nadie le apasiona sentarse frente a un televisor por la mera confirmación de una certeza matemática. Lo que nos atrae son las posibilidades abiertas, la expectativa de que algo inesperado ocurra y la consciencia de que el guion aún no está escrito.
Tal vez la pregunta verdaderamente relevante no sea por qué a veces fallan las máquinas o los analistas, sino por qué seguimos esperando que alguien —o algo— nos libre de la incertidumbre. Mi quiniela, llena de aciertos tardíos y errores tempranos, parece haber llegado antes que yo a una conclusión más sencilla: la incertidumbre no es un problema que deba resolverse, sino una condición con la que aprendemos a convivir
Arte en portada
Partido de fútbol, L.S.Lowry
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