Traducción de Carlos Carmona
En el 2013 —al morir Margaret Thatcher— surgió un debate en redes acerca del porqué los músicos mostraron tan poco respeto o siquiera lamentaron su muerte. Desde luego no hay forma de medirlo, pero el debate me recordó dos puntos acerca de los músicos: tendemos a ser apolíticos (o al menos políticamente ingenuos) y estamos a pocas generaciones de ser el equivalente a la servidumbre, naturalmente orientados hacia la izquierda.
Salí de Reino Unido durante el periodo de la señora Thatcher en Downing Street, siendo un estudiante más que interesado en pasarla bien y como en Nueva York no poseía televisión ni leía los periódicos, ella era una figura más bien borrosa en mi memoria. Por cierto, recuerdo una mañana de 1982 en la que caminaba por uno de los pasillos de Julliard y encontrarme con mi amigo Ezequiel Viñao.
- ¿Sabías que desde hoy estamos oficialmente en guerra? Me preguntó el compositor argentino con una mueca.
- ¿Lo estamos? Dios. Bueno, vayamos por un café. ¿En qué andas trabajando estos días?
Muchos de los músicos en los años oscuros del siglo veinte tomaron una postura heroica en contra de los dictadores y sus atrocidades, pero algunos que siguieron viviendo en países totalitarios durante esos tiempos parecían indispuestos a intervenir en política. Quizá podamos criticar lo que percibimos como su pusilanimidad o franco colaboracionismo, pero debemos recordar que los músicos no suelen trabajar con (sus) palabras; su inspiración intelectual tiende a un foco distinto. Donde se espera que escritores prominentes tengan una voz social y políticamente responsable, los músicos encuentran significado sólo en la voz que produce melodías con acordes vocales.
Es seguro decir que la mayoría de los músicos tienen puntos de vista predominantemente progresistas y de izquierda. Vale la pena recordar que el fenómeno de la “superestrella” con altas remuneraciones es reciente. Antes del siglo XX, un músico exitoso era aquel que tenía trabajo. Muy pocos, como Liszt, Paderewski o algunos cantantes tuvieron carreras tremendamente lucrativas. Pero esos casos fueron raros, además Liszt regaló todo su dinero para terminar viajando —por elección— en vagones de tercera clase.
En la mayoría de los casos un músico era como el cocinero, alguien que llegó a proveer un servicio específico. Incluso cuando a los más celebrados se les ofrecía un lugar en las mesas más aristocráticas, en muchos casos eran vistos como una especie de monito cilindrero. Adelantándonos al siglo XXI, hace algún tiempo un colega me contó que al ser contratado para tocar en una casa de campo se le pidió que ingresara por la “entrada para la servidumbre”. No se diga más: “y no coloques el estuche del instrumento en el escritorio “reina Ana”, por favor.”
Robert Mann, fundador del Cuarteto de Cuerdas “Julliard” y su primer violín durante cincuenta años me dijo que nunca pasaba frente a un músico que trabajara en la calle sin detenerse a contribuir con algo de dinero. Los consideraba siempre como colegas —quizá menos afortunados— pero siempre como sus camaradas. Gordon Green creía que a los músicos se les debería pagar menos que a los recolectores de basura pues hacían algo que disfrutaban y eso en sí mismo entraña su propia recompensa.
Si ese “izquierdismo” es una tonta ingenuidad o idealismo heroico es un asunto de mera opinión. Lo que es cierto: no importa cuantos discos o entradas de concierto se vendan, las ondas sonoras por sí mismas son gratis. Los músicos en sus mejores momentos han entendido esto y son reacios a manosear o explotar algo tan puro, frágil y universal —como la belleza natural de los lirios en el campo. “…que ni Salomón con toda su gloria se vistió así” como alguien, muchas veces acusado de tendencias de izquierda dijo alguna vez.
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