En 1995 el caso O.J. Simpson capturó la atención nacional de Estados Unidos como ningún otro juicio en la historia de la nación, ni siquiera el de la secta de Manson al comienzo de los años setenta. Tras el espectáculo mediático de la famosa persecución de la camioneta blanca, el juicio mismo y sus pormenores, si hay que datar cuándo dio comienzo la polarización de la sociedad estadounidense, un buen candidato es el día en que la Corte Superior de Los Ángeles exoneró al inculpado, después de que la defensa manejara la carta de que Simpson era una víctima más de la criminalización de la gente de color. Una atención similar ha recibido el reciente juicio de Lindsay Clancy. Síntoma de heridas imposibles de cerrar en la conciencia pública de una sociedad dividida como nunca a todo nivel: político, cultural, societal, no sería exagerado decir que su impacto sólo tiene paralelo con el que tuvo el Caso Dreyfus en la sociedad francesa fin de siècle, por diferente que éste último haya sido.
En la tarde del 24 de enero de 2023, en el poblado de Duxbury, Massachusetts, Lindsay Clancy, en ese entonces de 32 años, enfermera especializada en partos, estranguló con bandas elásticas para hacer ejercicio a sus tres pequeños: Cora, de 5 años, Dawson, de 3, y Callan, de 8 meses, llevando a cada uno por turno al sótano de su vivienda. Ello mientras su marido salió por alimentos para la merienda y también a la farmacia. En algún momento de la ventana de 18 minutos en los que realizó los estrangulamientos, alcanzó a contestar apresuradamente una llamada del marido sobre los medicamentos a adquirir. Después de todo lo realizado, subió a su recámara del segundo piso y se arrojó por la ventana, lo que le causó una lesión en la médula espinal. Tres años después, asistió a su juicio en silla de ruedas y no hay certeza de si volverá a caminar.
De acuerdo con su declaración, fue presa de alucinaciones y voces esquizofrénicas. La fiscalía no ha dejado de señalar que en modo alguno lo realizado fue un arrebato espontáneo, ya que hay evidencia de que consultó en Apple Maps el tiempo que le llevaría a su marido el recorrido por la comida y los fármacos, lo que habla de planeación e intención. El estrangulamiento por turnos, bajando a cada niño al sótano y sin ser distraída por la llamada del marido, a su vez, habla de una acción metódica y de una concentración difícilmente compatibles con un estado de alucinación psicótica. Con todo, la forma en que se arrojó por la ventana no embona tan bien con la idea de algo planeado.
Previo a los acontecimientos, Clancy recurrió a la comunidad médico-psiquiátrica debido a su insomnio crónico, niveles elevados de estrés y síntomas de depresión posparto (la psicosis posparto, una condición extrema y, por ende, más rara, se le diagnosticó después de lo acontecido). De acuerdo con los testimonios dados durante el juicio de quienes la atendieron, Clancy no reportó padecer alucinaciones ni pensamientos esquizoides o intrusivos; sí, en cambio, la falta de deseo de vivir, propia de mujeres que padecen depresión posparto, cuyo sistema nervioso apaga las cascadas de neurotransmisores que motivan a enfrentar el día a día. Después de su último alumbramiento, le recetaron hasta 13 medicamentos diferentes, pero nunca los tomó simultáneamente. En los días previos a los hechos consumía tres de ellos.
Pese a lo anterior, los testimonios tanto de la niñera de la familia (babysitter) como de la suegra convergen en que los niños nunca mostraron señales de haber sido mal atendidos ni de haber sufrido maltrato alguno. En su opinión, Clancy se portaba como una madre responsable. A su vez, el marido declaró que no cree que ella sea una persona maligna y que la perdona.
La defensa no ha dejado de señalar la mala atención y la pobreza de los diagnósticos de los médicos y psiquiatras que venían atendiendo a Clancy, además de su falta de coordinación o comunicación inexcusable. Pero el alegato principal no es algo nuevo: su clienta fue presa de un arrebato de insanity, cuya traducción más próxima al español sería locura (dado lo rudimentario, seguiré utilizando el término en inglés). Su punto entonces es que Clancy no era dueña de sí misma al hacer lo que hizo y que padecía de un severo trastorno mental al momento. El alegato de insanity fue introducido en las cortes neoyorquinas en los años sesenta del siglo pasado y de ahí se extendió a las prácticas legales en el resto de la nación.
Sin embargo, es importante subrayar que mientras en la mayoría de los estados de la Unión Americana, la carga de la prueba de insanity recae en la defensa del acusado, en Massachussets resulta lo contrario: es en la parte acusadora donde recae la carga de la prueba de que el acusado NO padece insanity, lo que significa que estaba enteramente consciente o bajo control de lo que estaba haciendo y que pudo detenerse en cualquier momento. En otras palabras, se le pide a la parte acusadora que pruebe o demuestre un resultado negativo “más allá de toda duda razonable”. Bajo tal premisa, no es de sorprender que once de los doce miembros del jurado del caso (nueve de ellos, mujeres) aun y suponiendo que no simpatizaran con Clancy encuentren ese reto como una cuesta arriba muy difícil de remontar. Sólo uno de ellos creyó superarlo, contraviniendo al resto, aunque lo más factible es que haya decidido ignorar esa regla y guiarse tan sólo por su intuición o instinto para votar en contra de la absolución de Clancy. La exigencia de su remoción por parte de la defensa puede tener algún fundamento legal, aunque dicha solicitud carecía de todo precedente. Así transcurrieron seis días de deliberación sin llegar a una resolución (hung jury), dejando claro que no había posibilidad de acuerdo entre los once dispuestos a absolver y el disidente. Finalmente, el juez optó por declarar el juicio nulo (mistrial) porque la legislación exige que el jurado emita un veredicto unánime, ya sea de absolución o de culpabilidad.
Lo profundo de las divisiones se ha manifestado a lo largo de todo el juicio: a las feministas en pro de la absolución se les señala que degradan el movimiento a un mero tribalismo narcisista. Ellas a su vez sitúan el juicio en el marco del conflicto del prejuicio masculino, que sólo desea ver arder a la bruja en la hoguera por su incapacidad de comprender la profundidad de un estado depresivo posparto. Pero en medio del fuego cruzado se han tocado asuntos de fondo: si la realidad del bien y del mal puede ser sustituida por meras categorías psicopatológicas o condiciones médicas, si los estados subjetivos y emocionales lo deciden todo; en paralelo se reaviva el interminable debate entre determinismo y libre albedrío. Temas enormes que no se pueden abordar aquí.
Lo que sí se intentará abordar en este espacio son los efectos sistémicos. Es verdad que si hay un sentimiento que nos humaniza como ningún otro, es el de la empatía y que el que se siente hacia las víctimas no excluye mirar de frente al drama del perpetrador. Pero la empatía abandonada a sí misma se vuelve una pasión, y no hay pasión que no tenga algo de irresponsable; que no llegue a un punto en el que no le interese nada más que cómo rueden las consecuencias. Tan sólo un ejemplo: Absolver a Clancy con base en pura empatía y solidaridad femenina creará un incentivo en una comunidad psiquiátrica, acusada de negligencia, de apresurar diagnósticos de depresión psicótica cuya consecuencia será la pérdida de custodia de los hijos de la mujer diagnosticada. A su vez, las mujeres reaccionarán a ello ocultando síntomas básicos de depresión porque ahora temen en qué pueda derivar aquello. Se crea un proceso de incentivos negativos que se refuerzan mutuamente. En términos más generales, la pregunta es si el sistema de justicia envía o no las señales correctas para proteger futuras víctimas inocentes.
Thomas Sowell en The Vision of the Anointed (1995) ha sido uno de los críticos más severos de la introducción del recurso de insanity en la justicia norteamericana desde el punto de vista sistémico, no sólo por la razón —que debiera ser obvia, pero al parecer no lo es— de que nada impide que las defensorías abusen de ese recurso como estrategia para circunnavegar las penas penitenciarias de sus clientes. Después de todo, el inculpado beneficiado de ese recurso puede regresar a la vida civil en el momento en que se le declare mentalmente sano y así ha ocurrido en demasiados casos con terribles desenlaces. Para Sowell, el desastre en simultáneo ha sido embarcar a los sistemas judiciales en el laberinto imposible de indagar en las causas últimas de la conducta (personales y societales), creando una complejidad inmanejable para el sistema y con efectos múltiples. Si se permite abusar de una dicotomía, es como trasladar la impartición de la justicia del dominio de la razón práctica (a la que le concierne la actuación humana) al dominio especulativo de la razón pura. Cuando se coloca la impartición de justicia en el dominio equivocado, los efectos son los siguientes:
- En un sistema judicial embarcado en la imposible exploración de las causas últimas, las víctimas y los hechos van perdiendo peso específico a lo largo del proceso.
- Cada caso abordado se vuelve uno aparte. Se dificulta encontrarles un sustento común. En efecto, la cabeza y las circunstancias de cada inculpado son únicas. Que no sorprenda entonces que la generalidad de la ley transmute en una casuística
- No puede haber una noción de lo admisible y lo inadmisible que varíe de un colectivo humano a otro en una sociedad moderna. Se vulnera ese acuerdo básico no menos que el principio de igualdad frente a la ley
- Impide estabilizar las expectativas en una comunidad. Nadie entiende cuál es el principio que aplica o deja de aplicarse. El sistema se contamina de incertidumbre.
- Todo sistema humano emite señales, si no es que consiste en una clase específica de ellas. Es fundamental comprender qué mensajes envía a la sociedad; qué tipos de incentivos se crean a la sombra de los veredictos.
- El sistema judicial padece cada vez más una complejidad disfuncional.
- El sistema se aleja del sentido común y, muchas veces, depende de disputas entre expertos en disciplinas sobre la conducta humana, donde sigue habiendo demasiadas zonas grises y ambigüedades.
Vale la pena abundar un poco más en los dos últimos puntos. Con frecuencia se dice que los dramas humanos son muy complejos y que la justicia debiera estar a la altura. Pero la justicia no es literatura. Una justicia funcional es como un cartógrafo capaz de sintetizar un paisaje. De nada sirve que lo intente reproducir a detalle. Por el contrario, debe simplificar y abstraer porque su objetivo es abrirle paso a la acción humana, permitirle navegar para cumplir con un propósito. Muchas veces los sistemas que entregan los mejores resultados son los que mantienen incontaminadas sus reglas simples y abstractas. Como demostrara en 1986 Craig Reynolds con su modelo de simulación computacional llamado Boids, detrás de los extraordinarios, bellos y complejos patrones que configura una masiva parvada de gorriones en vuelo, subyace el algoritmo simple que ejecuta cada pájaro en términos de separación, alineación y cohesión. Del mismo modo, detrás de las complejidades de la convivencia humana subyacen reglas simples. La sustitución por reglas complejas sólo introduce caos en todo el sistema, incrementando sus niveles de desorden o entropía (ruido blanco).
En cuanto al alejamiento con respecto al sentido común, se podrá aducir que éste no es infalible. No era del sentido común de la época que la Tierra girara en torno al Sol y no puede haber nada más alejado del sentido común, más contraintuitivo, que la teoría de la relatividad o la física cuántica, pero, una vez más, la justicia no es un proyecto cognitivo. En la difícil realidad de la interacción humana, al sentido común no se le puede arrojar por la ventana, así como así. Toda sociedad, premoderna o moderna, no puede escapar a un consenso, ya sea sobre lo que es un tabú, lo sagrado o la línea que no se puede cruzar. Un sistema de justicia estable no trasciende el instinto social básico de los integrantes de un orden social. El conocimiento humano es limitado y la experiencia de las generaciones no siempre puede articularse de manera que convenza o seduzca al intelecto.
En suma, especular sobre lo que había en la cabeza de Lindsey Clancy mientras metódicamente estrangulaba a sus pequeños con bandas de hacer ejercicio no es muy distinto a especular sobre lo que había en su alma durante esos 18 minutos en los que incluso pudo contestar una llamada de su marido. Ello resulta en una misión metafísica que conduce a la justicia hacia un laberinto imposible de sortear sin degradarse. Su compromiso de explorar la mente desemboca en preguntas imposibles de responder. Peor todavía es simular responderlas. El proceso entra en arenas movedizas llevándose consigo a una sociedad a la que confunde cada vez más. Por ello, la justicia no debe perder de vista los hechos: el victimario no puede ser la preocupación central del proceso, sino las víctimas… y quienes contemplen acciones similares a futuro sepan que no hay una cláusula de escape.
Para muchos, una sentencia cuyos tres parámetros principales sean: a) el daño infligido; b) a quién se le hizo; y c) de qué manera —restándole peso a todo lo demás en la ecuación— sería un retroceso del sistema judicial. Bajo un punto de vista sistémico, en cambio, consiste en restaurar lo que las haría funcionales de nuevo: las víctimas y los hechos por delante. Thomas Sowell tiene la sofisticación de quien entiende la importancia de lo simple. A su vez, está consciente de que una simplificación del sistema no sólo no está exenta de objeciones, sino que daría lugar a su propia clase de errores. Pero como dice su sentencia más famosa: “No existen soluciones, sólo trade-offs” (disyuntivas). Detrás del dictum hay una aceptación de la trágica condición humana. Para Sowell, los peores errores que se han cometido en la historia moderna han sido los intentos, ya sea de negarla o de trascenderla.

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