El pasado 22 de febrero fue abatido Nemesio Osegera Cervantes, alias ‘El Mencho’, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, en una operación militar que pasará a la historia y que será estudiada por décadas en academias militares como ejemplo para la conducción de operaciones combinadas en entornos urbanos.
‘El Mencho’ era, tras la muerte de Osama bin Laden, el hombre más buscado del mundo. Esta afirmación no es solamente cronológica (es literalmente quien ocupó su lugar en la lista de más buscados del FBI), sino que es precisamente la hipérbole que hoy intenta presentar el gobierno estadounidense al declarar a los cárteles como organizaciones terroristas, poner a bin Laden, al Zarqaui, al Chapo y al Mencho en el mismo saco.
Lo cierto es que Cártel Jalisco es en un orden de magnitud, un emporio mucho más grande que Hamás, Hezbolláh o el propio Talibán (que durante décadas ha monopolizado en trasiego de amapola en el continente asiático). El Cártel Jalisco es la verdadera encarnación del pasaje del libro de Job que Hobbes incluye en la portada del Leviatán: non est potestas super Terram quae comparetur ei (no hay poder sobre la Tierra que se le compare).
El Cártel Jalisco no es un ente monolítico, es una constelación de franquicias. El ‘corporativo’ (si así se le puede llamar) del CJNG, no es tan grande como el océano de pequeñas bandas y pandillas que pagan mensualmente por utilizar la marca CJNG, que instantáneamente genera terror en civiles y adversarios por igual. Eso puede hacer parecer a la organización más grande de lo que materialmente es. No son igual de leales ni eficientes quienes trabajan directamente para la organización que aquellos que meramente rentan el nombre de la organización. Algo muy similar ocurrió con el nacimiento del Estado Islámico (ISIS), cuando en desbandada docenas de insurgencias locales como Boko Haram afirmaron pertenecer al paraguas de dicha organización, aunque realmente nunca recibieron órdenes directamente desde Mosul.
El cónclave que está por celebrarse para la sustitución del ‘Mencho’, anticipo, será relativamente pacífico. El Cártel Jalisco es una institución que por diseño no puede ser decapitada porque desde su fundación es una institución colegiada y descentralizada. Tan solo dentro de México hay diferentes facciones que clamarán ser la natural sucesora de la sucursal liderada por el ‘Mencho’, pero otro tanto intentarán la sucursal asiática (encargada de la exportación de precursores químicos para la producción de opioides sintéticos), la sudamericana (presuntamente responsable del asesinato del candidato a la presidencia de Ecuador, Fernando Villavicencio), la europea (que opera en ciudades portuarias como Bilbao, Barcelona y Ámsterdam) y la africana (responsable de la adicción al kush en el continente, una mezcla de tabaco con fentanilo).
La violencia que viene, conjeturo, vendrá de los adversarios que en el continente americano (las pandillas estadounidenses, el M-13, la mara salvatrucha y los otros cárteles mexicanos) intentarán en los próximos meses adquirir de forma oportunista alguna conquista territorial de los actuales bastiones del Cártel Jalisco.
El Cártel Jalisco nunca supo jugar en equipo, no sabía ‘compartir el balón’. Municipio al que llegaba, exterminaba a todos los otros cárteles (so pretexto de ‘rescatar’ a la población de las garras de las pandillas que los extorsionaban), para convertirse en el ente que monopolizara el uso ilegítimo de la fuerza. El Cártel Jalisco nunca estuvo dispuesto a coexistir con ningún otro grupo criminal nacional ni internacional. Ese monopolio, que durante años le resultó tremendamente fructífero, hoy será la causa de su implosión. Sin necesidad de que los gobiernos del continente tengan que participar activamente, serán sus propios adversarios quienes los cazarán y exterminarán.
Esto sin embargo nos plantea una pregunta de imaginación política. ¿Qué sigue después del ‘Mencho’? La implosión del Cártel Jalisco no es promesa de pacificación sino de sustitución. A los vacíos que deje el cártel, arrivarán nuevos emprendedores criminales que capitalizarán dichos huecos. Y la historia de la contrainsurgencia nos enseña que decapitación y desmantelamiento no son sinónimos. Si a la muerte del ‘Mencho’ no sigue una ola sin precedentes de clausuras del SAT de empresas que lavan dinero del CJNG, si los fiscales mexicanos no tienen ya en este momento miles de órdenes de cateo tramitadas en juzgados para consolidar la isquemia del cártel, entonces su muerte será meramente un cambio de administración.
¿Qué significa imaginar un mundo post ‘Mencho’? Cuestionar si el régimen de prohibición de drogas, hijo de la cosmovisión puritana sajona del mundo, sigue siendo viable en el siglo XXI. América Latina ya pagó con millones de víctimas en México, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, El Salvador y Brasil todos los costos de la guerra contra el narcotráfico. Detrás de cada tacha, churro y línea hay sangre latina. La guerra contra las drogas constituye la guerra contra el placer, contra el criterio más fundamental de la psique humana para distinguir el bien del mal (la procuración del placer y la aversión al dolor). En la opinión de este autor, la meta de la guerra contra las drogas es por definición inalcanzable, a menos que estemos dispuestos a admitir que es posible (a nivel de política pública) la anulación universal del deseo humano y de la búsqueda de regulación emocional en químicos (desde el café y el azúcar hasta el alcohol y los hongos alucinógenos).
Imaginar un mundo post Mencho implica reconocer que en el horizonte de los próximos 100 años, siempre habrá un nuevo capo del siglo, un nuevo juicio del siglo, un nuevo aseguramiento del siglo, y que su persecución no construye un mundo más seguro ni con menos adicciones. No hay que permitirle impunidad a los criminales, grandes o pequeños, pero antes de seguir apagando incendios, tenemos que preguntarnos como sociedades latinoamericanas si estamos dispuestos a seguir siendo bombardeados, secuestrados y extorsionados en nombre de los Pablos Escobares, Chapos y Menchos del mundo, o si esta es por fin la década en que le ponemos un torniquete a esa hemorragia colectiva e intergeneracional que coloquialmente llamamos como guerra contra el narcotráfico.
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