Somos todos pasajeros y peregrinos,
Encendamos pues un fuego en la encrucijada hacia lo eterno,
Cerremos el círculo y hagamos un centro en el tiempo;
Hagamos de este lugar cualquiera un templo,
Porque ha llegado el tiempo de adorar en espíritu y en verdad,
De dar gracias en todo tiempo y lugar.
Pongamos un término al tiempo,
Un centro a las tinieblas exteriores
Y hagámonos presentes en el presente,
Este presente que en vano perseguimos en nuestro día
Porque estaba lejos en el momento en que era.
He aquí el presente,
Helo aquí ante nuestros ojos y nuestro corazón.
El fuego es el presente que arde y brilla,
Es el presente que reza;
El fuego es el sacrificio de lo que en él se quema,
El calor que brilla y el gozo de los ojos,
Es la muerte de las cosas muertas y su retorno a la luz.
¡Fuego de gozo! ¡Sufrimiento y gozo el uno en el otro!”.
El amor es el gozo de sufrir,
El fuego es la vida y la muerte, la una en la otra,
La apariencia que se consume y la sustancia que aparece.
Cantemos gloria en la lengua del fuego,
Evidente y clara a todos los hombres,
Y ustedes, gente que pasa por la ruta de los Cuatro Vientos,
Entren en la ronda y denos las manos.
Sopla sobre nosotros, Señor, para que nuestra oración suba en llamas,
Y nuestro corazón de leño y de espino
Y su breve y vacilante destello de vida
Sirva para nutrir un poco tu gloria.