25. El gran espejismo

La vida y el futbol

Soledad Acosta Oviedo

Reseña

Tomás Calvillo Unna, Enseñanzas del futbol, H. Ayuntamiento de San Luis, San Luis Potosí, 2026.

Al terminar de leer Enseñanzas del futbol comprendí que Tomás Calvillo no escribió un libro sobre futbol, sino una memoria humana que utiliza el futbol como lenguaje. En sus páginas no hay únicamente partidos, jugadores o goles; encontramos infancia, amistad, identidad, ciudad, tiempo y comunidad. A través de ellas, Calvillo nos habla de su niñez, de las calles donde jugó, de los jugadores que admiró, de los partidos que lo marcaron y de los lugares donde aprendió ese deporte y, al hacerlo, nos descubre una memoria colectiva. Cada recuerdo del autor despierta un recuerdo propio en quien lo lee. Las enseñanzas del futbol a las que se refiere el libro no son, por lo tanto, las de las técnicas de ese deporte —el control del balón, la ejecución de un pase y sus sistemas tácticos—, sino las de una manera de habitar el mundo. Mediante la práctica del futbol construimos amistades, aprendemos a perder, celebramos en comunidad, nos apropiamos de los espacios y damos sentido a nuestros recuerdos. Una fotografía al inicio del libro lo resume: la Caja del Agua, uno de los símbolos más representativos de San Luis Potosí, aparece acompañada de un balón. El futbol, dice esa imagen, como una especie de epígrafe, no siempre ocurre dentro de una cancha. También se juega en las calles que habitamos, en las colonias donde crecimos, en las amistades que construimos y en la memoria con la que recordamos nuestra propia historia. El prólogo de Francisco Javier González refuerza esa mirada, cuya pureza literaria, que está en consonancia con la del Calvillo, muestra la enorme capacidad que tiene la literatura deportiva cuando deja de limitarse a narrar partidos y comienza a describir personas y narrar experiencias. Hay, en este sentido, un pasaje del libro que, como socióloga que se ha dedicado durante los últimos años a investigar el deporte, y como mujer que desde niña juega al futbol, me conmovió en particular. En él, Calvillo reconoce un cambio histórico que durante mucho tiempo fue impensable:

En estas dos últimas décadas el mundo ha cambiado y el esférico del futbol pertenece ya también a las mujeres. No puedo separar la poesía del futbol y de la mujer, y sin duda es el futbol femenil el que mejor conserva hoy la frescura de esa atmósfera que existió en el futbol varonil y que en los últimos años se ha ido perdiendo por diversas causas.

Mientras lo leía, inevitablemente regresé a mi infancia. Al hablar del tema, el autor recuerda que uno aprende futbol jugando con personas mayores porque esa diferencia de edades obliga a crecer futbolísticamente. En mi caso, esa experiencia tuvo una dificultad adicional, puesto que no solamente tenía que jugar con niños más grandes, sino que además tenía que convencerlos de que una niña también podía jugar. Antes de disputar un balón había que disputar el derecho de estar en la cancha. Por eso, ese reconocimiento al futbol femenil me pareció tan valioso. Detrás de cada partido jugado por una mujer también existe una historia de permanencia, de resistencia y de conquista de espacios que durante mucho tiempo parecían reservados exclusivamente para los hombres.

Otro aspecto extraordinario del libro es la manera en que Calvillo nos muestra cómo el futbol educa nuestra relación con el espacio. Cuando escribe que la calle es el primer territorio que encontramos al salir de la casa y que el futbol nos ayuda a apropiarnos de ese lugar, nos recuerda que aprender a jugar también significa aprender a habitar una ciudad. Dos piedras pueden convertirse en una portería, una banqueta en una línea de banda y una calle cualquiera en el estadio más importante del mundo. El futbol tiene esa capacidad de transformar los espacios cotidianos en lugares que permanecerán para siempre en nuestra memoria. Tiene también, por lo mismo, la capacidad de intensificar nuestra emoción. Una frase del libro lo resume: “El gol no se susurra. Aunque a veces se presiente, el gol siempre se grita”. Difícilmente podría encontrarse una mejor descripción de esa intensidad que el futbol suscita. Todos aquellos que hemos jugado o hemos seguido un partido sabemos que el gol representa un instante de absoluta liberación. Es el momento en el que desaparecen las preocupaciones, el cálculo y la estrategia para dar paso a una emoción compartida. En una época donde muchas experiencias son cada vez más individuales, el futbol sigue teniendo la capacidad de reunir a desconocidos alrededor de una misma celebración. Por ello, una de las reflexiones que más disfruté del libro fue la que Calvillo dedica a la porra. Inmediatamente me transportó a un recuerdo muy personal. El 5 de mayo de 2019 tuve la oportunidad de asistir al partido entre Atlético de San Luis y Dorados de Sinaloa, entonces dirigidos por Diego Armando Maradona. No había boletos disponibles y mi hermana consiguió dos lugares, pero me advirtió que estarían dentro de la porra. Mi respuesta fue inmediata: mucho mejor. Yo quería vivir ese partido desde donde se sintiera con mayor intensidad. Durante noventa minutos descubrí una organización que rara vez se aprecia desde fuera. Cada persona conocía perfectamente su función: quien marcaba los cánticos, quien tocaba el tambor, quien sostenía las banderas, quien impulsaba al resto a no dejar de cantar. Cuando durante el tiempo extra llegó el gol que aseguró el ascenso del Atlético de San Luis a la primera división, entendí exactamente de qué hablaba el autor. Hay experiencias que solamente pueden comprenderse cuando uno las vive desde dentro. Pese a ello, Calvillo nos previene: la pasión no debe impedirnos mirar el juego con honestidad. Muchas veces, desde la porra se aprecia menos lo que realmente ocurre en la cancha; una reflexión vigente en un momento donde el futbol suele vivirse desde posiciones cada vez más polarizadas. Reconocer el mérito del adversario no debe disminuir nuestra pasión. Al contrario, debe dignificar el juego recordándonos que el futbol solamente existe porque siempre hay alguien enfrente dispuesto a competir.

El espacio y la pasión que crea el futbol están también vinculados con el tiempo. En el futbol, dice Calvillo, el tiempo se vuelve eterno:

Olvidas el mundo y su gravedad. Sólo estamos ahí, moviéndonos en torno al esférico. Las jugadas se convierten en los días y las noches, en sus múltiples labores. Las jugadas explican el mundo, su quehacer, el destino, las casualidades. Jugar sin más un partido a plenitud. Esa experiencia de correr y detenernos, de tocar y recibir, de atacar y defender; de saber que sin el equipo contrario, sin el adversario, sin los otros, no podríamos estar aquí en medio del campo a pleno cielo con las tribunas llenas o vacías.

Así, el reloj deja de medir en minutos y comienza a medir en jugadas, recorridos, pases y oportunidades. ¿Cuántas veces no hemos terminado físicamente agotados y, sin embargo, al escuchar que quedan tres minutos más, hemos encontrado fuerzas que no sabíamos que aún teníamos? En esos instantes el tiempo deja de ser una medida objetiva para convertirse en una experiencia profundamente humana.

Los partidos que perdimos, empatamos o ganamos en el último minuto, tenían algo especial. En cinco segundos parecían resumirse los dos tiempos de cuarenta y cinco minutos. La frase que era un lugar común, de que el último minuto también tiene sesenta segundos, se convertía en un credo.

Hay en ello, como lo señala Calvillo, una hermosa gratuidad que permanece no obstante las corrupciones que el mercado ha introducido en él:

El futbol no se compra, se juega. Hay unos cuantos jugadores profesionales que ganan mucho dinero, pero eso no hace al futbol. Varios productos se venden a costa del futbol: refrescos, marcas deportivas, etcétera. Existen grandes compañías publicitarias, el futbol se ha vuelto para algunos un gran negocio. Antes era diferente, es cierto. Los jugadores estaban más cerca de la calle y más lejos de la televisión y la propaganda. Sin embargo, lo que realmente es el futbol continúa y logrará pasar esta época de compraventa. Mientras podamos seguir cascareando, mientras no se olviden sus mínimas reglas, el futbol estará presente. Mientras el esférico siga siendo el esférico y nosotros sigamos siendo nosotros.

Esa afirmación dialoga inevitablemente con el deporte contemporáneo, atravesado por contratos millonarios, redes sociales, campañas publicitarias y tecnologías cada vez más sofisticadas. Incluso podríamos pensar en discusiones actuales, como la del VAR, que busca reducir el margen de error mediante herramientas tecnológicas. Sin embargo, el libro nos recuerda que detrás de cualquier tecnología, de cualquier estadio o de cualquier espectáculo sigue habiendo personas que toman decisiones, se equivocan, aprenden y se emocionan. Nos recuerda, por lo mismo, que la esencia del futbol continúa estando mucho más cerca de una cascarita en la calle que de cualquier dispositivo capaz de revisar una jugada.

Quizá por eso el libro termina dejando una sensación profundamente optimista. A pesar de todos los cambios que ha experimentado el futbol contemporáneo, el autor confía en que mientras exista alguien dispuesto a poner un balón sobre el piso y comenzar un partido, el futbol seguirá conservando aquello que realmente importa. Ni las marcas comerciales ni los derechos de transmisión mantendrán vivo este deporte. Será la experiencia compartida de jugar, de aprender a convivir con la victoria y la derrota, de reconocer al adversario.

Quisiera cerrar esta nota diciendo que Enseñanzas del futbol no busca convencer al lector de que el futbol es importante. Quienes hemos pasado por una cancha lo sabemos. Lo que hace es algo mucho más valioso: nos ayuda a comprender por qué seguimos regresando al balón una y otra vez. Después de leer este libro confirmé una idea que me ha acompañado desde hace muchos años y que incluso ha guiado buena parte de mi trabajo académico: el futbol nunca es solamente futbol. Siempre termina siendo una manera de hablar de nosotros mismos. Y esa, creo yo, es la enseñanza más profunda que Tomás Calvillo nos regala en estas páginas.

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