La puerta tiene un profundo sentido simbólico que trasciende su uso meramente físico, por lo que no debería verse y vivirse únicamente como un elemento que separa y divide espacios, sino como el medio a través del cual se fundan realidades que abren la posibilidad a distintas vivencias. Es ese sentido simbólico el que la ha hecho un recurso muy empleado por las artes para dar cuenta de gestas históricas o simbolizar sentimientos y experiencias de vida que marcan nuestra existencia. Mediante la metáfora de la puerta se habla de la intimidad, de la ruptura y del abandono, del encierro y de la soledad; también de abrir el alma y el corazón o de abrirse a la vida.
Hay en la puerta un sentido aún más profundo que el de las experiencias cotidianas: se trata de la representación de la puerta que se abre y nos invita a la experiencia religiosa que nos permite dejar el mundo profano para acceder al mundo sacro. El umbral sagrado permite el paso de lo exterior, donde se dan aglomeraciones humanas y diversas actividades, para adentrarnos en el espacio interior centrado en la experiencia con lo absoluto. El umbral permite trascender el mundo cotidiano y adentrarse en el del rito sagrado. La puerta, como el lugar de paso de un lugar a otro, simboliza también el paso de una manera de ser a otra mejor, y puede quedar claramente representada como la puerta de un templo o, de forma apenas insinuada, como el torii sintoísta, que de una manera sutil marca el acceso a un espacio sagrado.
El umbral y la puerta sacra simbolizan la abertura que permite la comunicación con la divinidad; mediante ellos nos adentramos en un lugar de refugio donde nos sentimos profundamente arraigados, a resguardo de todo aquello que rompe con nuestra unidad existencial, porque ahí tiene origen nuestra razón de ser. Por esto en las casas más tradicionales que mantienen un vínculo con la vida religiosa, se marca la puerta de entrada con símbolos religiosos y se hacen rituales para franquear el umbral doméstico, como lo son la reverencia, la prosternación, tocarla piadosamente con la mano, como en el caso de la Mezuzá judía, o la mano de Fátima, o colocar una Cruz en la puerta de la casa.
En el caso del templo, la puerta es un hito, una frontera que distingue y opone dos mundos; es el tránsito de lo profano a lo sagrado, el punto donde ambos se comunican; de ahí la necesidad de realizar un acto de purificación previamente al acceso, para disponerse a entrar purificado al recinto sagrado, donde se da la “comunicación” con la divinidad. Esta comunicación con el mundo sagrado se da de forma gradual; por ello, dentro del templo hay sucesivas puertas o umbrales, como en el caso del Iconostasio, que nos acercan cada vez más a lo alto, desde donde la divinidad vendrá y adonde el ser humano subirá simbólicamente al cielo.
La puerta tiene también un valor histórico-religioso como lo es la Puerta Dorada (o Puerta de la Misericordia), ubicada en la muralla Este de la Ciudad Vieja de Jerusalén, puerta por la que Cristo entró a Jerusalén el Domingo de Ramos y por la que volverá a entrar cuando llegue su Segunda Venida. La puerta sagrada no sólo funda un nuevo espacio, sino que también tiene una función ritual que instaura un tiempo y un ciclo sagrado. Es el caso del reciente Jubileo Ordinario de 2025, celebración que tiene lugar cada 25 años. Este año jubilar, instaurado por Bonifacio VIII en 1300, simboliza un tiempo especial de gracia, perdón de los pecados y renovación espiritual, y se representa mediante el acto simbólico de cruzar la puerta de la Basílica de san Pedro y de los templos sagrados que se hayan designado.
En el Evangelio, el símbolo de la puerta se emplea recurrentemente; nos pide pasar por la puerta estrecha para encontrar la salvación, (Mateo 7:13-14), vivir puertas adentro, en la intimidad física y espiritual y alejarnos de lo público para hablar con Dios (Mateo 6:6); esto sólo sucederá si abrimos la puerta de nuestra interioridad, a la que permanentemente llama el Mesías para entrar y morar con nosotros (Apocalipsis 3:20). A lo largo del Evangelio Jesús utiliza varias metáforas, de profunda fuerza simbólica que toma de la vida cotidiana, para decirle a sus apóstoles quién es --el camino, el pan, el agua de vida eterna--, pero ninguna de ellas tiene tanta fuerza como la que emplea para definirse como la puerta (Juan 10:9). Al hacerlo, nos invita a mirarlo como el umbral y la apertura a lo divino por donde debemos pasar para adentrarnos a un tiempo y espacio distinto, a una vida y a una realidad nueva que nos permitirá alcanzar y degustar todo lo que procede de la divinidad.