25. El gran espejismo

La persona como máscara

Patricio Ramos Catalá

Columna

Nadie juzga a una piedra. Podemos maldecirla cuando nos tropezamos con ella, pero no le pedimos cuentas ni esperamos que se arrepienta. La moral es un predicado que sólo adjudicamos a las personas, y por eso la pregunta por lo que es una persona nunca ha sido inocente: es una pregunta ética disfrazada de pregunta ontológica. Conviene volver al origen de la palabra. “Persona” viene de personare, el objeto que el actor sostenía frente al rostro para que el sonido atravesara la sala; era lo que uno llevaba puesto en sociedad, la forma en que uno aparecía. Pero muy pronto la filosofía dejó de mirar la máscara para preguntar por lo que estaba detrás; se endureció hasta volverse sustancia, un sujeto metafísico que se expresa mediante la actividad racional, y desde ahí se emprendió la búsqueda de una esencia oculta bajo el gesto. Quizás ahí comenzó el malentendido, porque la máscara no oculta un rostro verdadero: es el umbral entre quien habla y quienes escuchan, ni pura apariencia ni sustancia.

Aristóteles hizo de la máscara una meta. Ser persona no es un hecho sino una conquista: uno se va volviendo persona conforme desarrolla el lenguaje, el diálogo y el conocimiento del mundo, y se integra a comunidades más amplias. El humano es el animal que tiene logos, y las categorías, en su visión, están ya puestas en el mundo esperando ser descubiertas. La felicidad se alcanza por el intelecto y el justo medio, siempre dentro de la polis. El problema es que produce una escalera jerárquica, de abajo hacia arriba: los bárbaros y los esclavos, los niños que aún no llegan a la madurez, las mujeres entendidas como varones frustrados, los campesinos y artesanos que no usan la palabra, y, arriba de todos, los hombres libres, los que hablan. Esto puede ocurrir cuando la persona se convierte en destino. El error no está en pensar la persona como un proceso, sino en creer que las categorías están dadas, cuando el significado se da en el uso.

Kant quiso clausurar esa escalera de un golpe: la persona es fin en sí misma, tiene dignidad y no precio, y ninguna mejora intelectual la vuelve más o menos persona. No obstante, necesita un sujeto que no puede mostrar. El “yo pienso” es una forma lógica vacía que acompaña todo acto de conciencia sin fundamentar ninguno; ese yo lógico termina por confundirse con la naturaleza ontológica de la persona, incognoscible como toda cosa en sí (noúmeno). La persona kantiana queda partida: fenómeno de un lado, algo que actúa en el mundo, y nóumeno del otro, algo más allá de toda realidad cognoscible. Como no puede conocerla, la postula por la vía práctica y la define como aquello que actúa libre de causalidad y se somete a las leyes que su propia razón se da. Libertad y persona se sostienen mutuamente; si cayera una, se derrumbaría el edificio entero. Lo que queda es un espectro necesario: Kant necesita que la persona exista para hablar de libertad y funda su existencia en esa misma necesidad. Es un argumento que se sostiene en su propia conclusión, necesita postularla prácticamente para dejar intacta la razón.

La antropología ofrece otra manera de mirar la máscara. Descola, muestra que nuestras concepciones de la naturaleza están construidas socialmente y que las culturas modernas proyectan como ontología un dualismo que no es más que un hábito. Toda categoría de lo no humano se traza con referencia a lo humano: son diagramas mentales para ordenar el cosmos. Al cruzar los esquemas que agrupan por semejanza con los que agrupan por propiedades, describe tres modos de identificar las personas. En el totemismo, las discontinuidades entre especies naturales sirven para trazar un orden segmentario que delimita unidades sociales, y los no humanos funcionan como signos: no se convive con ellos, se lee en ellos. En el animismo son las categorías elementales las que estructuran la vida social, y los animales, las plantas y hasta los objetos inanimados aparecen como términos de relación, interlocutores dotados de interioridad. Y en el naturalismo, el nuestro, nada ocurre sin una causa originada en Dios o en las leyes de la naturaleza; humanos y no humanos ya no comparten terreno alguno y la persona queda reducida a lo exclusivamente humano.  Ese tercer modo, el nuestro, no es la culminación de nada: es una hegemonía, y ni siquiera homogénea. Para los romanos, la persona venía del derecho y designaba una conjunción de fuerzas políticas, y todavía hoy nuestras leyes hablan de personas colectivas con personalidad propia; incluso se habla de una “persona moral”.

Queda todavía la pieza más resistente, la que sostiene todo el edificio: el yo. Para Wittgenstein, el pronombre de primera persona no es un misterio metafísico, sino una peculiaridad gramatical: un lugar deíctico desde el cual se habla. Cuando digo que tengo mal de amores, no hay un poseedor denotado; describo sensaciones, no un sujeto. El yo es el límite del mundo, no un objeto dentro de él, igual que el ojo no aparece en la descripción de lo que ve. Y si “yo” tuviera referente, decir “yo soy Patricio” sería falso. Strawson propone algo más modesto: adscribimos a la persona intenciones, sensaciones, pensamientos, memorias, actitudes y atributos físicos duraderos, pero ninguno de ellos es condición necesaria. Lo decisivo es que sólo podemos autoadscribirnos estados de conciencia si podemos adscribírselos a otros, y eso exige reconocerlos como sujetos con experiencias, lo que sólo es posible observando una conducta y percibiendo un cuerpo. La clave está en el verbo: adscribir. No descubrimos personas; las reconocemos. La máscara no revela un rostro, lo otorga.

Al final no hay definición, y no puede haberla. Lo que hay es una representación perspicua, un modo de ordenar los usos para que dejen de estorbarse entre sí. La persona es aquello a lo que se le atribuyen estados mentales y físicos; es el único sujeto al que atribuimos moral; y no es sinónimo ni del yo ni del ser humano. Es un concepto de semejanzas de familia que se aplica según la forma de vida y el juego de lenguaje ético en que se despliega, y por eso puede albergar al ciudadano griego, al alma kantiana, al volcán que se enoja y a la empresa que responde ante la ley, sin que ninguno de esos usos sea el verdadero. Y esto importa porque no hay moralidad sin persona, antes de discutir los principios éticos de una cultura, habría que preguntar a quién le reconoce un rostro, porque ahí ya está decidido casi todo lo demás. Quien queda fuera de la palabra queda fuera del juicio, y quien queda fuera del juicio queda fuera de la comunidad. La máscara no espera a nadie detrás. Es ella misma quien hace aparecer al que habla.

Referencias

Aristóteles, Ética nicomáquea, trad. J. Pallí Bonet, Gredos, Madrid, 2016. (Obra original publicada ca. 349 a C).

Descola, Philippe, “Construyendo naturalezas: ecología simbólica y práctica social” en P. Descola y G. Pálsson coords., Naturaleza y sociedad: perspectivas antropológicas, México, 2001, pp. 101-123.

Kant, Immanuel, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, trad. M. García Morente, Espasa-Calpe, Madrid, 2007.

Strawson, Peter Frederick, “Persons” en H. Feigl, M. Scriven y G. Maxwell eds., Minnesota Studies in the Philosophy of Science, University of Minnesota Press, Minnesota, 1958, vol 2, pp. 330-353.

Wittgenstein, Ludwig, Investigaciones filosóficas, trad. A. García Suárez y C. U. Moulines,  Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM, México, 2017.

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