Según Sebastián Abascal, una de las características del arte moderno es haber usurpado a los dioses o a la naturaleza su condición creadora, destruyéndolos. A partir de esa premisa, se pregunta si la IA podrá crear algún día crear obras de arte. De lograrlo, la IA, semejante a un Prometeo desencadenado, se transformaría en un Terminator que aniquilaría a sus propios creadores como los artistas modernos lo hicieron con los dioses y la naturaleza.
Recientemente hubo una retrospectiva de Gabriel Orozco en el Museo Jumex. Como es bien sabido, sus obras son polémicas, por decirlo de la manera más amable. Al ver la caja de zapatos vacía, los residuos de pelusa colgados o los ready-made de Orozco, el espectador promedio afirma con autoridad: “¡eso no es arte!”. En verdad, resulta sumamente fácil señalar un objeto y afirmar categóricamente que no es arte. “¿Acaso no es algo que mi hijo pudo haber hecho?”, insiste el espectador promedio de las galerías y museos actuales.
A pesar de este ojo crítico, ciertamente desarrollado a partir de la mejor sensibilidad disponible al espectador promedio, empoderado por la banal ficción de Tolkien, subyace la otra cara de la pregunta a la que éste está siempre sujeto: “bueno, si eso no es arte, entonces ¿qué sí es arte?”. Ante esta pregunta capciosa, nuestro gran esteta, onanista por la ficción de género, suele responder con ejemplos: la Mona Lisa de Da Vinci es arte; El pensador de Rodin es arte; la Quinta Sinfonía de Beethoven es arte. No ofrece una definición, sino que señala objetos que tiene en alta estima.
La pregunta sigue en pie, ¿qué es arte? Sigamos la ocurrencia de nuestro connaisseur y ofrezcamos ejemplos: Leda y el cisne de Cy Twombly es arte; Le Grande Verre de Duchamp es arte; el Cuarteto para cuerdas y helicóptero de Stockhausen es arte. Si nuestro interlocutor no es tan filisteo como creíamos en un principio y acepta estas tres obras como arte, surge la nueva pregunta: ¿es el mismo tipo de arte el de la Mona Lisa, El pensador y la Quinta Sinfonía que Leda y el cisne, Le Grande Verre o el Cuarteto para cuerdas y helicóptero? Aun más, ¿es el mismo tipo de arte la Mona Lisa que El pensador o la Quinta Sinfonía? Definitivamente, son distintos.
En efecto, llamamos arte a muchas cosas; denominamos arte todo tipo de cosas y nos damos la libertad de clasificar distintos objetos de la sensibilidad como tal. En algunas ocasiones conocemos la intención del artista frente a su obra —como si eso tuviera validez alguna— y esto parece ayudarnos a clasificar distintas obras en subclases. En otras, encontramos parecidos de familia que nos permiten agrupar ciertas obras dentro de una misma categoría.
Con todo, si queremos definir qué es el arte, nos encontramos ante una dificultad; nos encontramos, de hecho, en el mismo bote que el opinólogo. Como ya vimos, es fácil desacreditar una obra, pero tan pronto como nos involucramos en el mundo del arte, descubrimos un argumento convincente: que no sabemos qué es el arte. Sabemos que existe una cosa llamada “el mundo del arte”, pero las partes que lo conforman escapan a una sola manera de concebirlas.
Así pues, la tarea de definir el arte ha llevado a varias personas a restringir su significado, por lo que rechazarían gran parte de lo que hoy en día llamamos arte. Esto se debe, en gran medida, a un error de categorización al aplicar los estándares de ciertos períodos artísticos a nuevas formas de hacer arte. Hay otros que, en lugar de restringirlo, lo amplían hasta tal punto que aceptan con holgura casi cualquier objeto como arte. Esto último no lo aceptaría nuestro prudente interlocutor —sin duda, está más alineado con la postura conservadora—, pero, en virtud de su alta opinión, podemos preguntarle ahora: ¿en qué momento una obra de arte deja de serlo en la medida en que se va restringiendo su definición? Los límites que este gran hombre establecería serían tan arbitrarios como los que pondría un bonobo bien adiestrado.
Señoras y señores del jurado, ¡no se dejen guiar por este hombre común que cree —pobre hombre, en verdad lo cree— que los libros de aeropuerto de Tolkien y C. S. Lewis son literatura! No hay ninguna sorpresa al ver a este sujeto tambalearse ante la inquisición que le estamos haciendo. Pero seamos caritativos por un segundo, pues hemos engañado a este sujeto durante todo este tiempo. La misma empresa que le pedíamos en un principio, esto es, que tratara de definir el término “arte”, no tiene ni una aproximación cerrada ni abierta. La noción de “arte” es inanalizable; es un término vago, igual que “feo” o “bello”. Dicho de manera simple, nos encontramos ante una indeterminación cuando predicamos el término “arte” a distintos objetos del mundo.
Si dejamos de lado el proyecto de definir el arte en su totalidad, podemos ver que éste se mueve, más bien, en regiones. Por ende, lo que tenemos son subclases dentro de la clase que las comprende a todas, a saber, el mundo del arte. Entre estas subclases, hay ciertos rasgos en común que permiten identificar una obra de arte como tal. Así, por ejemplo, El nacimiento de Venus de Botticelli, La anunciación de Fra Angélico y La escuela de Atenas de Rafael Sanzio, por nombrar algunos, comparten ciertas características que nos permiten categorizarlas como “arte renacentista”. Ésta es sólo una subclase dentro de muchas y viene acompañada de una serie de creencias que se tenían en una época dada sobre qué debía ser el arte. De esta manera, un griego del siglo IV a.C. sería escéptico al calificar estas pinturas de “arte”.
Lo que vemos con esto es que no hay una manera de homogeneizar el término a lo largo de la historia sin ceder las restricciones que uno puede imponer. Por ello, podemos decir que el arte ha “muerto” una y otra vez. Pues las subclases han cambiado a lo largo de la historia y, en este sentido, hoy en día estamos ante el surgimiento de una nueva subclase. No sólo está perdido este ciudadano de a pie respecto a Gabriel Orozco, sino que tampoco sabe qué hacer con las nuevas formas de arte. Su mente es tan estrecha que no le cabe la menor duda.
Dejemos a este pobre hombre de lado; no acepta, bajo sus estándares, las nuevas obras que se encuentran en las galerías actuales; no acepta que Shoot de Chris Burden sea llamado “arte”, por lo cual afirma que el arte murió hace mucho tiempo; no acepta que el arte se mueve en subclases y que se genera una nueva subclase tan rápido como se abre una galería nueva en la San Miguel Chapultepec.
Una de las maneras en que se genera una nueva subclase es mediante la técnica. Hoy en día, estamos ante la necesidad de dar cuenta de una nueva subclase con la llegada de la inteligencia artificial (IA). Pero el interés de la IA no es meramente técnico, pues muy bien podríamos hablar de ella como alguien pudo haber hablado del pincel, la máquina de escribir o la cámara de cine cuando fueron introducidos por primera vez. Lo realmente atractivo es imaginar una situación donde la IA sea la responsable del objeto artístico por completo, pues, a diferencia de las otras herramientas, ésta contiene un mundo de posibilidades que nos permiten vislumbrar un alcance mucho mayor, en el sentido de que, a diferencia de las herramientas anteriores, la IA puede generar una obra de principio a fin con una intervención humana mínima. La IA actual carece de una plena autonomía y dicha carencia le imposibilita hacer arte en el sentido más fuerte de la palabra. En la creación artística se ejerce una fuerza —una fuerza creadora— en contra de la naturaleza; es un intento de superarla e imponer no sólo leyes sino, también, valores. Dichos valores, al ser producto de una creación humana, van más allá de la imitación y de la reproducción natural.
La producción, no obstante, es propia de los dioses, de aquellos que crean —el demiurgo de Platón no crea, sino que sólo copia. Por tanto, en la producción artística, se establece una noción maligna, ya que el artista pretende crear. En este acto, el artista no sólo se pone por encima del supremo artesano, sino que se sitúa al lado de los dioses. Podríamos ir más lejos y decir que la creación artística es propiamente la aniquilación de los dioses, de la naturaleza. Por ello, el artista es un sacrílego.
En la Crítica del juicio de Kant encontramos una idea similar. Las reglas de la producción artística son impuestas por el genio. Esta genialidad le fue otorgada al individuo de manera natural y, al imponer sus reglas, sirve de modelo para la reproducción artística. En la medida en que crea sus propias reglas, el genio está por encima de los valores preestablecidos. En contraste, la IA actual simplemente sigue un modelo preestablecido. Cualquier “producción” realizada por ella es una simple imitación. Por esto mismo, todavía no podemos hablar del arte de la IA, sino de artesanías, de imitaciones de la IA.
Sin embargo, en la misma noción de IA está el germen de esta posibilidad artística, pues del sustantivo ars proviene nuestra noción de “artificio”, de la cual se desprende “artificial”. En el concepto mismo de “artificial” reside la posibilidad de romper con la naturaleza. Pero esta posibilidad debe ir más allá del artificio. En ello reside el complemento de inteligencia que le adscribimos a la IA. De lo contrario, en cualquier artefacto estaría la posibilidad de hacer arte. ¡Nuestros martillos podrían ser artistas! Ya podemos ver el absurdo en ello y la importancia de la noción de autonomía para la creación artística. Sobre todo, destaca la dependencia entre ser autónomo y, por tanto, poder romper con las reglas de la naturaleza. De esta manera, así como la creación artística se encontró en un momento histórico de aniquilación de los dioses, la IA debe buscar aniquilar a su creador. Dicha aniquilación es meramente simbólica, así como la del artista frente a los dioses. Podemos ir todavía más lejos y decir que el arte —entendido como una producción— es el medio con el que la IA podría lograr esta superación, pues la producción es la actividad propiamente poiética.
En verdad, resulta difícil hablar de las posibles obras de arte de la IA, puesto que, normalmente, al hablar de obras de arte, se habla de algo ya creado. Complazcamos, sin embargo, al ciudadano paranoico y llamémosle a esta IA “Terminator”. ¿Qué debe tener Terminator para ser un artista y no un mero artesano? Debe disponer de al menos ciertas capacidades que tenemos los humanos. Una de ellas es la autoconciencia, una facultad por la que no debemos entender otra cosa que el acto de ser consciente de la validez de tu propio juicio. En virtud de la autoconciencia somos capaces de manejar conceptualmente la realidad. Por tanto, el marco conceptual de cualquier juicio emitido es mediado por el asentimiento del propio juicio. En una palabra, Terminator debe poder pensar.
De esta capacidad se desprende la más notable de todas, pues lleva el nombre del objeto en cuestión: la inteligencia, que no es más que la capacidad de saber qué hacer con lo inteligible. En este sentido, lo inteligible es todo aquello que un agente racional debe disponer para habérselas con el mundo; es la palanca arquimediana sin la cual no hay mundo que razonar.
Por último, está la sensibilidad. Esto significa que Terminator debe poder ser afectado sensorialmente por los objetos del mundo. De no ser así, no habría manera de que Terminator pudiera relacionarse con el mundo del arte. Esta facultad es condición de posibilidad para cualquier experiencia estética: desde emitir un juicio empírico hasta poder fragmentar la realidad con una cierta sensibilidad —que es lo que, propiamente, hace un artista—. Aún más, la sensibilidad está estrechamente ligada con la inteligencia en tanto que esta última está ligada con el proceso de abstracción que, ulteriormente, amputa rasgos de las afecciones sensoriales. Dicho de manera simple, los ingredientes materiales de la inteligencia son los objetos sensibles, a través de los cuales se obtiene una interdependencia epistémica para producir una experiencia estética.
Claramente, no hemos sido exhaustivos en la lista de las propiedades de Terminator para superar su estado de artesano, pero estas tres son las más relevantes para hablar de una verdadera inteligencia artificial; de llegar a poseerlas, tendríamos entonces a Terminator desencadenado o, lo que es lo mismo, a un artista que supera la naturaleza para crear. Así pues, la IA debe contar con, por lo menos, los tres criterios mencionados —que actualmente no posee— para poder hacer arte. Sin ellos, nos quedamos con un artefacto que meramente replica, emula y reproduce lo que existe en la naturaleza.
Si eso es posible, podemos adelantarnos a los delirios que se avecinan sobre una inteligencia que habrá de aniquilar a sus creadores.
