25. El gran espejismo

La IA como una forma de cooptar el futuro

Tatiana Lozano

Dossier
Al ponernos frente a las intenciones de los promotores de la IA de controlar el futuro y determinar nuestras vidas, Tatiana Lozano opone las resistencias que deben nacer del debate público y de las acciones impredecibles de nuestra libertad. Sólo a través de ellas, dice la filósofa, será posible adueñarnos no sólo de nuestro presente, sino también de los múltiples futuros que pueden nacer de él.  

Quizá la mayor ambición del pensamiento es esperar que se pueda saltar fuera del tiempo y del espacio, como si no estuviéramos sumidas en un río caudaloso que avanza cuesta abajo. Quizá es absurdo, pero es también donde reside el mayor valor de la teoría y la reflexión: en la posibilidad de observar, desde nuestro tronco flotante, en el devenir de la historia, las imágenes que distinguen entre lo que es, lo que debería ser o lo que podría ser a nuestro pesar (la catástrofe también es un destino común del pensamiento).

Esa posibilidad de imaginar otro futuro es tal vez la causa principal de nuestra insatisfacción ante la realidad. Sentimos nostalgia de la utopía que nunca ha sido y que quizá nunca sea. Pero es esta relación afectiva la que nos da la posibilidad de repudiar cualquier intento de limitar nuestras capacidades para concebir alternativas. Cualquier imposición de corte histórico, todo intento de cooptar el futuro, debería ser visto como una imperdonable afrenta contra nuestra propia humanidad.

Merecerían sospecha quienes se hacen llamar futurólogos o quienes afirman saber qué nos deparará el futuro. Peor aún, habría que condenar cuando el presente se nos vende como una sentencia dictada por ese futuro. Es ahí, cuando se nos dice que hoy debemos hacer x, porque mañana el mundo será x2, donde encuentro lo peor del discurso público sobre inteligencia artificial, n aquella forma insidiosa con la que quienes venden o promueven la IA cooptan nuestros imaginarios futuros desde el presente. “La IA es el futuro y tus alternativas son: usar-entrenar sistemas inteligentes o perecer en el basurero del pasado”. ¿Quién decidió que no habría un horizonte futuro libre de inteligencia artificial ni de exceso digital? ¿No es la imposición de la IA un indicador de que no la necesitamos tanto en nuestras vidas cotidianas como se promueve?

El debate público sobre la inteligencia artificial es uno de los pocos espacios donde nos aventuramos a pensar colectivamente —y a gran escala— en escenarios futuros radicalmente distintos del presente. Eso, de suyo, podría ser positivo en la medida en que al menos hay algo que nos hace creer en el futuro más allá de la condena apocalíptica propia de nuestros tiempos. El problema es que los discursos más populares sobre esos escenarios futuros presentan a la IA como la gran salvadora del pobre humano escasamente racional o como la victimaria de una humanidad demasiado débil para hacer frente a sus capacidades sobrehumanas. De cualquier manera, el lugar de la IA como monarca de un futuro ineludible permanece en el fondo. Dentro de esas visiones, para bien o para mal, el futuro se ve… ¿como una especie de chatbot todopoderoso?

La imagen concreta se vuelve difusa, quizá porque el sujeto que se plantea como protagonista de ese futuro no es, de entrada, un sujeto, sino un dispositivo tecnológico que permite enmascarar los verdaderos móviles —y a los verdaderos artífices-protagonistas— de ese futuro en proceso de imposición. Porque cuando nos dicen que el futuro estará marcado por la IA, las letras pequeñas indican que quienes impondrán el ritmo y las formas son los dueños de la infraestructura tecnológica: ese minúsculo grupo de humanos de Silicon Valley, en su mayoría blancos.

Su futuro, que se nos presenta como una amenaza, no es, de ninguna manera, inevitable. Con muy poca imaginación, su discurso calca la estructura de la vieja consigna neoliberal there is no alternative (no hay alternativa). Pocas cosas nos han hecho tanto daño como esa consigna que pinta al sistema capitalista neoliberal como la única forma de orden social posible. Al ser una imposición de futuro, se convierte en un instrumento de control político del presente: dado que el futuro es x, hoy te toca hacer y.  Gracias a estos discursos, el conjunto de los hombres más ricos del mundo impone las reglas del juego sin contar con legitimidad democrática alguna.

Además de ser una gran estrategia de negocio para la industria tecnológica —en la medida en que sus discursos permiten sostener la desproporcionada especulación financiera que se cierne sobre las compañías que venden IA—1, esta forma de cooptar el futuro es su postura política. Se trata de una imposición (naturalmente antidemocrática) mediante la cual nos dicen quiénes participan en la discusión sobre cómo se verá el mundo y quiénes quedamos excluidas.

¿Cómo entonces una persona que flota abrazada a un tronco en el devenir de la historia, puede tomar las riendas de su futuro? Una pregunta similar a ésta debió haber germinado en el origen del pensamiento democrático. Eso es lo que intentamos hacer cuando nos incorporamos a la discusión pública o a la acción política: moldear el futuro o, cuando menos, rasgar el presente. Buscamos decir, yo también tengo una idea de futuro, o bien, ésta es mi lectura encarnada del presente. He ahí el valor político de la protesta callejera o de la pinta urbana que toma la palabra en el discurso público para dejar su testimonio.

La filosofía de la tecnología se basa en la premisa de que, al estudiar el ser de las cosas, hemos de reparar en sus relaciones y, en la medida en que la tecnología se convierte en mediadora de las relaciones entre objetos y sujetos, el análisis filosófico de la tecnología resulta imprescindible. Por otro lado, la filosofía política atiende a la cuestión fundamental de qué acciones debemos imponernos mutuamente, es decir, animales políticos oriundos de al menos una comunidad.2 Cuando las juntamos, en ese ménage que es la filosofía política de la tecnología, concluimos que es en la tecnología —como intermediaria de las relaciones entre nosotros— donde se juega una buena parte de nuestras relaciones de mutua imposición del deber. Con menos rodeo: los artefactos que desarrollamos imponen formas de relación, decisiones sobre qué problemas solucionar y de qué manera hacerlo.

Todo es político, o eso afirma el manual de consignas de nuestros tiempos. Y si bien muchas de nuestras actitudes, discursos e incluso expresiones estéticas pueden tener una dimensión política, no todo es político. Parménides no añadió el adjetivo “político” a su descripción del ser. En estos tiempos de politización de todo, surge la necesidad de ver cómo no todo lo que tiene una dimensión política se agota en ser un asunto político. Al mismo tiempo, identificar las relaciones y las consecuencias políticas en las que se inscriben nuestros artefactos es crucial para entenderlos en su conjunto.

Así, cuando hablamos de la inteligencia artificial como un asunto político hemos de proceder con precaución porque eso no significa que su ser se agota en lo político, pero sí que sus consecuencias lo son y, por lo tanto, en un sistema democrático —ya no en el nivel de las instituciones políticas concretas, sino del discurso y la acción colectivas—, nos corresponde pensar en la tecnología en conjunto, tomar decisiones y, sobre todo, moldearla a nuestro antojo común, lejos de las imposiciones de la industria tecnológica.

Más allá de las esferas de decisión —que marcan el punto de partida y de llegada—, algunas de las caras políticas de la IA se ven en las formas en que estas tecnologías irrumpen en nuestros entornos sociales y ambientales a nivel planetario. En un primer nivel, la distribución de los daños y beneficios de la IA en sus distintas escalas reproduce y profundiza las desigualdades sociales de base. Se ha documentado la forma en que los daños afectan de manera predominante a los países del sur global y, en particular, a las personas en mayores condiciones de vulnerabilidad, mientras que los beneficios se limitan a ciertos países del norte global (especialmente Estados Unidos), pero en sectores demográficos muy reducidos, donde ya cuentan con mayores privilegios.3 Basta con prestar atención a lo que promete la industria para observar que este rumbo forma parte del diseño: la principal promesa es el abaratamiento del trabajo, la segunda, el reemplazo laboral.

De esta primera señal de alarma se desprende una serie de daños concretos que a su vez agudizan las desigualdades. Una de las principales amenazas tiene que ver con el modelo de la economía de los datos (data economy, o mejor dicho, surveillance capitalism) que no es exclusiva de la IA, pero ha permitido su desarrollo y es quizá su mayor ámbito de negocio y espacio de control político.4 Todo empieza con el robo de datos personales para alimentar algoritmos que posteriormente se usan para segmentar —y, a menudo, discriminar— a la población para la distribución de beneficios o sanciones o directamente para manipular nuestro comportamiento mediante la hiperpersonalización de nuestros entornos digitales. 55

A la luz de esta breve selección de focos rojos, se vuelve evidente la capacidad de la industria tecnológica para diseñar el futuro. Por un lado, tienen el poder de decidir qué problemas se van a solucionar y de qué maneras —lo que también suele implicar qué nuevos problemas se crearán y quiénes se verán afectados por ellos—.6 Esas son las conversaciones colectivas que, idealmente, nos corresponderían por el solo hecho de ser ciudadanos de alguna u otra nación —o por ser humanos, si ampliamos nuestra noción de democracia más allá de las restricciones institucionales—.

Ceder ante las fuerzas de la aceleración tecnológica es soltar aquello que nos vuelve humanas: la posibilidad de influir en el futuro de formas impredecibles —aquella aspiración llamada libertad—. El imperativo de Silicon Valley, lejos de llamar a la discusión libre y pausada, dicta que hay que “moverse rápido y romper cosas” (como dijo Mark Zuckerberg hace una década y que se cristalizó como consigna de la industria). Su mayor preocupación es que la gente se tome el tiempo para pensar detenidamente antes de actuar y conciba las consecuencias de lo que ocurre. El pensamiento crítico es el principal enemigo del big tech.

El argumento en contra de discutir colectivamente sobre el desarrollo y el uso de nuevas tecnologías es que no hay tiempo para pensar: la tecnología y la innovación no esperan. El tiempo, entonces, se convierte en un factor crucial en el discurso de la IA: se propone una adopción acelerada para impedir la reflexión pausada, compleja y democrática que necesariamente frenaría el tren bala de la IA. Quizá el aspecto más propiamente político de la tecnología es su capacidad de actuar como una fuerza histórica que impone los ritmos del presente y las posibilidades del futuro.

El antídoto no es detener el tiempo —aunque no estaría nada mal— sino, cuando menos, marcar el presente para impedir que el futuro se construya de forma unilateral por un puñado de personas que no tienen ningún tipo de legitimidad democrática ni interés por el colectivo. Famosamente, Peter Thiel —cabecilla discursiva del big tech, fundador de Palantir y Paypal— ha mostrado que no le preocupa la supervivencia de la humanidad y también ha dicho, en más de una ocasión, que la tecnología ofrece una solución para deshacerse de la engorrosa e ineficiente democracia.7

He ahí la urgencia de retomar la voz en el discurso público, de abrir el presente y moldear el futuro: porque quienes tienen el poder de establecer las narrativas dominantes del futuro (y, por lo tanto, de imponer las formas del presente), ya han hecho muy claro su plan y no nos incluyen como agentes libres, sino como siervos o NPCs (non-player characters, personajes de relleno).

Una de las razones por las que nos ven así, es que poseen también nuestros datos personales (extraídos de nuestra actividad en línea), de manera que tienen el recurso más valioso de esta época: la información que permite obtener, mediante inferencias algorítmicas, conclusiones sobre quiénes somos —según los datos— en lo individual y lo colectivo. Esta potente herramienta alimenta el discurso determinista tecnológico en la medida en que promete predecir nuestro comportamiento. Ahí radica la necesidad contemporánea de actuar de formas impredecibles, sin dejar un rastro digital que luego pueda usarse para manipular nuestro comportamiento futuro.

El imperativo que dicta el uso de IA en el trabajo, los procesos de decisión, el entretenimiento o la investigación, lejos de acercarnos al futuro, como canta la consigna, nos lleva a no atrevernos a participar de ese futuro y a renunciar a su construcción propia y común. En este sentido, se vuelve necesario democratizar el discurso sobre el uso y la adopción de la IA en todas sus escalas, y detenernos a decidir en conjunto si debemos o no usar estas herramientas y por qué razones. Sólo así, en la escala en que nos sea posible, lograremos hacernos cargo de nuestro futuro, sin temor a las amenazas del imperativo tecnológico.

La alternativa está, por lo tanto, entre permitir que el futuro se construya de forma unilateral, que constriña —aún más— la posibilidad de crear distintas realidades desde este planeta herido o de habitar los mundos que nos sean necesarios. Y si bien parece que nuestro poder es muy limitado, el volumen de su obstinación me lleva a sospechar que nos necesitan más de lo que reconocemos. Si no necesitaran que adoptáramos sus herramientas con tanta urgencia, habría silencio. En cambio, hay un ruido incesante: voces que corean las virtudes de los modelos generativos y exageran las capacidades de los sistemas inteligentes para promover su adopción. Es en el ruido donde todavía hay lugar para la acción colectiva.  

1 Basele, R. B., P. C. B. Phillips, and S. Shi. 2025. “Speculative Bubbles in the Recent AI Boom: Nasdaq and the Magnificent Seven.” Journal of Time Series Analysis 46, no. 5: 814–828. https://doi.org/10.1111/jtsa.12835.

2 Swift, Adam, Political Philosophy, (2 ed.) Cambridge: Polity.

3 Muldoon, James, Callum Cant, Mark Graham, & Funda Ustek Spilda. 2023. “The Poverty of Ethical AI: Impact Sourcing and AI Supply Chains”. AI & Society. https://doi.org/10.1007/s00146-023-01824-9
Dyer-Witheford, Nick, Atle Mikkola Kjøsen, & James Steinhoff. 2019. Inhuman power: artificial intelligence and the future of capitalism. Londres: Pluto Press.

4 Zuboff, Shoshana. 2019. The age of surveillance capitalism: the fight for a human future at the new frontier of power. Nueva York: Public Affairs.

5 Véliz, Carissa. 2021. Privacidad es poder. Ciudad de México: Penguin Random House.

6 Partes de este argumento fueron desarrolladas de forma más sistemática en el capítulo de libro titulado “La adopción acrítica de la IA como una imposición antidemocrática”, próxima publicación bajo la coordinación de Karen González y Sandra Anchondo.

7 Mascorro, Anthony, Sean Morrow. 2022. “Peter Thiel: The Billionaire Buying the End of Democracy”, More Perfect Union, disponible en: https://perfectunion.us/peter-thiel-the-billionaire-buying-the-end-of-democracy/ (última consulta en enero de 2026). Douthat, Ross. 2025. “Interesting Times: A Mind-Bending Conversation with Peter Thiel”, The New York Times, disponible en: https://www.nytimes.com/2025/07/11/podcasts/interesting-times-a-mind-bending-conversation-with-peter-thiel.html  

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