La inteligencia artificial es un hallazgo genial. Recuerdo a una escritora reconocida someterle un cuento suyo en proceso con el fin de ver cómo operaba. Quedamos ella y yo deslumbrados. La inteligencia artificial respondió como un lector profesional de una editorial de prestigio al que se le sometiera un proyecto. Entre otras cosas, caí en la cuenta de que una editorial al uso podría ahorrarse a sus dictaminadores. Difícilmente otro lo haría mejor.
Pero hay algo que un editor que tuviera, sobre todo lo demás, un mundo propio, un amante —supongamos que trabajara para un sello editorial especializado en poesía, novela, drama, crítica literaria— de la literatura de autor, no aceptaría de la inteligencia artificial: su ausencia de angustia. Me parece, en este sentido, que si bien la inteligencia artificial puede hacer —y en esto mi editor hipotético estaría de acuerdo— un dictamen favorable de Madame Bovary de Flaubert o de cualquier obra de Borges, no lo haría, sin objeciones ni interrogantes, con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha o con Le Rouge et le Noir de Stendhal. Ajena al entusiasmo, a la admiración fervorosa y al amor, preguntaría, por ejemplo, ¿por qué Julien Sorel dispara contra Madame de Rênal y destruye todo aquello que había construido pacientemente?
Eso no sucedería con un buen editor, que, siendo libre, es un ser que duda, teme y busca una luz y una pertenencia; es decir, un ser que se angustia y es inseguro desde la raíz.
Los dictámenes de la inteligencia artificial no obedecerían, por lo tanto, al hecho de haberse conmovido hasta derramar una lágrima; ni siquiera podría dar cuenta de ese impulso, a menos que su fabricante la hubiera programado para ello. Sus precisos dictámenes sobre las obras de Flaubert y de Borges sólo atenderían a su perfección estructural, pero no a lo que ha constituido su verdadera grandeza: la tensión que dispara en el alma del lector un deslumbramiento, la revelación de algo que estaba oculto y que lo lleva a una relectura del mundo y de sí mismo.
La inteligencia artificial puede, sin duda, significar un importante ahorro económico para una casa editorial, al incluir una mayor rapidez en la ejecución del trabajo y una carencia de errores significativos en cuanto a la recepción del producto, en este caso, un libro, pero nunca podrá descubrir, como un valor mayor, una obra análoga a la de Cervantes como podrían ser las novelas de Pío Baroja, de Louis Ferdinand Céline o, aun, de Dostoievski. ¿No se ha reparado, acaso, en el escaso atractivo que las novelas de este último tienen para los jóvenes de aquí y ahora? Sin embargo, la inteligencia artificial no se angustia y, a diferencia de un joven al uso de aquí y ahora, tampoco conoce el llamado del miedo ante el que nuestro adolescente sucumbe hasta remitirlo a los paraísos artificiales o a la muerte.
El mundo que ahora parasitamos es el de lo bien hecho, y la capacidad de perturbar de sus productos es, por ello mismo, relativa. Piensa, lector, en los productos de, por ejemplo, Netflix. Siempre medidos, bien hechos, al gusto del auditorio para el que fueron preparados. Piensa, lector, en la escasez de productores cinematográficos, si es que acaso aún existe alguno, que se atreviera, como uno de los productores del cine de Buñuel, a extenderle, como contrato, una hoja en blanco para que la firmara. Y es interesante recordar cómo los grandes maestros del cine de autor tenían, por regla general, un mismo compañero de viaje, el productor de sus filmes. Y éste, en fin, era alguien que se deleitaba ante las obras nunca predecibles de su autor, que respondían a su concepción de lo bello, de lo verdadero, de lo bueno. Porque este productor, como sus autores, sabía, consciente o inconscientemente, que la ética y la estética son hermanas gemelas. Un hombre que se angustia y tiene conciencia de ello es un hombre que no puede disociar ética y estética y que construye un proyecto personal de existencia a medida que va construyendo sus sueños de un mundo diferente. Este hombre, al que podemos identificar como un hombre de calidad, se identifica con los valores superiores que sirvieron a las universidades y a las que deben su fundación como congregaciones de hombres y mujeres de calidad. Pero ¿queda algo hoy de lo que fue la universidad? Y un asunto todavía más grave: ¿queda hoy algo de la vida en común, vinculatoria, que las grandes religiones sembraron en los pueblos que se nutrieron de ellas? ¿Queda todavía algo de esos grandes sistemas religiosos que surgieron de la angustia connatural al ser humano y de la que carecen los animales? Seguramente, el vacío que han dejado ha llevado a esa identificación actual de la creatura humana con las bestias.
La inteligencia artificial, en suma, está hecha a la medida de un hombre que persigue un mundo nice and easy, parejo e indiferenciado. Un mundo donde el concepto de angustia no halle lugar. No tiene, entonces, por qué extrañar el rechazo a la corrida de toros y el endiosamiento del deporte; el desprecio hasta la persecución del diferente. Un mundo donde se huye del dolor como se huye de la peste. En política, un mundo así se iría instalando en formas de totalitarismo: un amo abstracto y un corral.