La inteligencia artificial llegó para quedarse. Nada ni nadie podrá detenerla. Frente a esa realidad, Karen González Fernández nos enfrenta a sus peligros a partir de las tragedias de Ícaro, Narciso y Eco, cuya desmesura los arrojó a ella, y a partir de Sócrates para evitarlas.
Cuando la palabra es simulada, ésta no construye una relación, sino una apariencia.
León XIV, Magnifica Humanitas, 100
Desarmar no significa renunciar a la tecnología,
sino impedirle el dominio sobre lo humano.
León XIV, Magnifica Humanitas, n. 111
En 2026, apenas tres años después de que la llamada “inteligencia artificial generativa” pareciera tomar el mundo, la mayoría de los humanos que habitamos el planeta convivimos de una manera u otra con sus aplicaciones. Ya sea como usuarios, desarrolladores o trabajadores en alguna de las largas cadenas de producción relacionadas con ella, parece que el mundo gira en torno a esta “gran” tecnología que está definiendo el mundo contemporáneo y apunta a cambiar radicalmente el futuro. Muchos de nosotros pasamos del entusiasmo a la preocupación y viceversa; y si somos un poco reflexivos, nos hacemos preguntas como las siguientes: ¿para qué deberíamos usarla y para qué no?, ¿debemos insertarla en nuestras actividades profesionales?, ¿en la vida cotidiana? ¿Cuál es la diferencia entre “delegar”, “automatizar”, “reemplazar”? No estoy segura de dar una respuesta definitiva, pero vienen al caso algunas reflexiones sobre dos ámbitos en los que la IA se presenta constantemente en la vida de muchas personas: las redes sociales digitales y las interacciones con chatbots.
El término “Inteligencia Artificial” (IA) es muy ambiguo y se usa de manera diversa; por eso, comenzaré por aclarar que, para los efectos de este texto, considero principalmente los desarrollos computacionales con los que contamos actualmente, que utilizan grandes volúmenes de datos (macrodatos) y se procesan mediante herramientas como el aprendizaje automático o las redes neuronales. Este tipo de IA también permite generar contenido (texto, imágenes, videos, voces) y está presente en el funcionamiento estructural de las redes sociales.
Por su parte, los chatbots son herramientas computacionales que generan texto de manera predictiva y responden a las preguntas que se les formulan, tras haber pasado por un proceso de entrenamiento con macrodatos muy sofisticado. Una de las características más relevantes de estas herramientas es que funcionan de forma “conversacional”. Tienen múltiples aplicaciones y están al alcance de cualquier persona con un teléfono celular o una computadora. Se les puede preguntar cualquier cosa y generarán siempre una respuesta.
Dada la gran cantidad de aplicaciones y usos posibles de estas herramientas, se nos obliga cada vez más a tomar decisiones, conscientes o inconscientes, sobre cómo integrar la IA en nuestro quehacer cotidiano y cómo relacionarnos con ella de manera personal. La IA se ha vuelto una tecnología muy disruptiva en muchos sentidos; cada vez está más presente y se inserta en nuestras sociedades a gran velocidad. Por ello, es muy importante reflexionar ampliamente y en profundidad sobre sus múltiples aristas. Este texto es una invitación para ello. Propongo volver a dos mitos clásicos de la tradición griega para encontrar, desde ahí, algunos puntos clave a tener en cuenta en nuestra relación con los chatbots y en nuestra vida en las redes sociales.
Ícaro y el acercamiento al Sol, ¿cómo saber cuándo nos estamos quemando?
Ícaro era hijo de Dédalo, un importante arquitecto e inventor griego, quien se supone diseñó el laberinto en el que se encerró al Minotauro. El rey Minos de Creta, preocupado de que Dédalo contara sus secretos, lo encerró junto a su hijo en una torre alta. Dédalo, ingenioso como era, se las arregló para fabricar dos pares de alas de plumas y cera para escapar de la torre. Le dio las suyas a Ícaro y le advirtió que no volara cerca del Sol, porque las alas se derretirían por el calor y dejarían de funcionar. Sin embargo, Ícaro, entusiasmado con poder volar, se olvidó de las advertencias y voló cada vez más alto, hasta que sus alas se derritieron y cayó al mar, en donde murió ahogado.1
Este mito siempre ha tenido como moraleja advertirnos sobre la hybris, un antiguo concepto griego asociado a la soberbia y la desmesura.
Cuando alguien, sobreestimando sus capacidades y su poder (sea físico, político, militar o económico), se comportaba de forma violenta, arrogante e insultante con los demás, con las leyes del Estado y, sobre todo, con la ley divina no escrita, que imponía límites a la acción humana, se consideraba que cometía hybris o hibrismo: el comportamiento del que trata de trascender su naturaleza mortal y asimilarse a los dioses, asimismo ofendiéndolos y ultrajándolos.2
Desde esta perspectiva, puede interpretarse el comportamiento de Ícaro al acercarse al Sol como una pretensión de trascender sus límites humanos, lo que termina convirtiéndose en una ofensa a los dioses y en una consiguiente tragedia para el humano: inevitablemente caerá, y la caída será fulminante.
En muchos de los desarrollos y usos de la IA contemporánea se pueden advertir este tipo de comportamientos y deseos: pretensiones de ir mucho más allá de los límites que parecíamos tener como humanidad y expectativas de que, gracias a la tecnología que estamos desarrollando, esta vez será realmente posible trascender esos límites.
Estas pretensiones se pueden observar desde los primeros pioneros computacionales que soñaban con hacer máquinas que pensaran como los seres humanos; y llega hasta nuestros días con los principales desarrolladores de las grandes compañías que afirman, cada cierto tiempo, que estamos cada vez más cerca de llegar a la Inteligencia Artificial General (la que realmente podrá “pensar” como los humanos) o cuando vemos el cruce de la IA con otros proyectos, como los transhumanistas, que proponen que realmente es hora de trascender todos los límites, y de convertirse en mucho más que un humano, alguien que podría no envejecer y no morir, por ejemplo. ¿Qué tan viables son realmente estos proyectos? Parece que con la tecnología contemporánea todavía no son alcanzables, pero no podemos asegurar nada sobre el futuro.
Por otro lado, algunos de los retos que sí enfrentamos ya todos los días con la IA generativa y de los cuales muchas veces no somos conscientes, tienen que ver con que estos desarrollos son muy eficientes para implementar algunos procesos y mucho más veloces que los humanos al realizar ciertas tareas. Por eso, siempre escuchamos hablar de sus virtudes: ahorran tiempo, ayudan a automatizar procesos y sustituyen lo que sea posible. Sin embargo, tendemos a minimizar también los límites y los problemas que presentan estas tecnologías; por ejemplo, estudiando sólo un poco sobre los grandes modelos de lenguaje, que están en el corazón de los chatbots, uno se entera que, por la manera en que estos sistemas funcionan, con procesos estadísticos, tienden a producir contenido que difiere de la realidad, y que nadie puede prever en qué momento dicha diferencia será importante. A esto se le llamó técnicamente “alucinación” y se ha documentado su aparición al mismo tiempo que la de estos modelos. Este fenómeno evidencia una limitación que debe tenerse en cuenta cada vez que se utilice esta tecnología.3 Entre otras razones, se suele argumentar que, debido a fenómenos como estos, es muy importante que siempre haya supervisión humana del uso de estas herramientas y del contenido que generan. Siempre se necesitarán expertos humanos para verificar los resultados que las máquinas nos ofrezcan. Pero, ¿qué tanto conoce el usuario común estas herramientas? ¿Sabrá que las “alucinaciones” están presentes de manera sustancial, prácticamente, en su funcionamiento?
¿Qué tanto sabe el usuario común que estas herramientas no “conocen”, “piensan”, “comprenden”, entienden la “verdad” como los humanos? Si lo supiéramos, de manera general, tendríamos que ser muy conscientes de que una conversación con un chatbot es muy distinta a una conversación con una persona. ¿Qué pasa, entonces, con las personas que sustituyen sus conversaciones con otras personas por las del chat? ¿Qué pasa si empezamos a descuidar la formación humana al privilegiar el uso de las herramientas? ¿Qué pasa si usamos las herramientas para sustituir procesos como la lectura o la escritura, antes de que se desarrollen estas habilidades? ¿Qué pasa si se usan estas herramientas para preguntar sobre temas de los que no se sabe nada? ¿Cómo se puede ser crítico para evaluar el resultado que arrojen en esos casos? ¿Qué pasará si llega un momento en que confiemos ciegamente en lo que nos dice la máquina? ¿Qué pasará cuando nadie se preocupe ya por estos problemas o se piense que sólo se resolverán más adelante, sin tener ningún conocimiento de si realmente pueden resolverse o no desde una perspectiva técnica? Tener en cuenta estas preguntas podría ayudarnos, tal vez, a evitar una estrepitosa caída como la de Ícaro.
Otro nivel de análisis que este mito puede ofrecernos es el siguiente: Chryssa Georganta nos dice que la hybris se asocia, también en la tragedia griega, con otros dos personajes; por un lado, el Coro, que se puede entender como la saciedad o incluso la generación de abundancias o riquezas, y en este caso, la hybris aparece cuando alguien que no está preparado para ello tiene que administrar o gobernar esta abundancia. Además, cuando esto sucede, suele aparecer la figura de Ate, quien representa la “confusión de la mente, la locura, el delirio”;4 Ate se suele presentar en la mitología como la madre de hybris. Podría decirse entonces que las alas de Ícaro fueron su riqueza, su Coro, pero él no estaba preparado para saber usarlas, con lo que apareció la hybris, que, combinada con Ate, lo llevó a ser imprudente y volar demasiado cerca del Sol.
Del mismo modo, puede suceder que un humano del siglo XXI llegue a tener un gran tesoro en sus manos, lo que le genera delirios de grandeza que le harán creer que puede superar todos los límites. Seguramente esta descripción podría ajustarse muy bien a algunos de los directores de las grandes compañías de IA; pero en este momento, llevemos esta imagen hacia una interpretación del uso cotidiano de los chatbots. Estos nos prometen que estaremos alimentados por prácticamente todas las obras disponibles en internet; casi podríamos decir que, finalmente, todo el conocimiento humano puede estar al alcance de nuestra mano si sabemos redactar un prompt adecuado. Allí está el Coro, la abundancia que nos hace mirar a otro lado, como Ícaro miró al Sol y se dirigió a él sin medir las consecuencias de sus actos; centrar su mirada en lo que quería alcanzar nubló su juicio sobre lo que necesitaba alcanzar: su libertad.
Ahora el chatbot tiende a hacer lo mismo con nosotros. Al dirigir nuestra mirada al chat, ¿olvidaremos para qué lo queremos o para qué lo necesitamos? Así se plantea un problema: ¿necesitamos ahora al padre, al amigo, al profesor o al médico? ¿Puedo preguntarle a mi chat? Esta herramienta puede sustituirlos a todos. ¿Para qué necesitamos resolver nosotros mismos los problemas, aprender a realizar ciertos procedimientos y memorizar fechas y acontecimientos? Todo estará al alcance de la mano cuando lo necesitemos, siempre y cuando tengamos al chatbot cerca. Por creer que el chat nos resolverá todo y ya no necesitaremos a nadie, ni siquiera a nuestros propios procesos cognitivos, apareció la hybris en esta historia. Posiblemente, la única diferencia en este caso sea que Ate, el delirio, no necesariamente aparecerá antes de usar los chatbots; cada vez se documentan más casos en los que aparece después de usarlos.5 En esta interpretación, la realidad que supera al mito puede resultar escalofriante. Ahora ya podemos encontrar en el mercado aplicaciones que nos ofrecen novios, novias e hijos virtuales, e incluso “conversaciones” con personas fallecidas. Pretender tener todo esto, ¿no es acaso volar demasiado cerca del Sol? ¿No son nuestros Coro, hybris y Ate contemporáneos?
Incluso cuando se tiene conciencia de todos estos problemas y se habla de un uso ético de estas herramientas, seguirán existiendo dificultades para determinar dónde se sitúan los límites. ¿Hasta dónde estamos usando adecuadamente nuestras facultades, desarrollando alguna habilidad, y hasta dónde estamos sustituyendo procesos de manera adecuada con la herramienta? ¿Hasta dónde estamos delegando de más y, por tanto, perjudicándonos a nosotros mismos al usar la herramienta? Es muy difícil que como usuarios de estas aplicaciones podamos tener claridad sobre la respuesta a estas preguntas, al usarlas para sustituir habilidades tan básicas como leer o escribir, por ejemplo.
Así, ya sea que las personas quieran alcanzar el sueño de la inmortalidad o quieran ahorrarse el esfuerzo de leer 100 páginas para contentarse con un resumen que se generó en 10 segundos, ahora estamos viviendo, todo el tiempo, el reto de Ícaro: los chatbots se han convertido en las alas de cera de nuestros días, y la pregunta es ¿hasta dónde debemos volar con ellas?, ¿qué podemos o debemos preguntarles a los chatbots?, ¿qué procesos podemos ahorrarnos y para qué? Si no tenemos una mirada reflexiva y crítica sobre nuestra relación con esta tecnología, corremos el riesgo de que nuestras alas se derritan y estrellarnos estrepitosamente. Vayamos ahora al segundo mito.
Narciso, Eco y vivir de las apariencias, ¿hay algo más allá del reflejo?
Este mito, según la versión de las Metamorfosis de Ovidio, nos cuenta que Narciso es hijo de una ninfa del agua; cuando nació, su madre fue con el vidente Tiresías para preguntarle si su hijo llegaría a ser anciano; y Tiresías le respondió que Narciso sólo llegaría a viejo mientras no se conociera a sí mismo. En consecuencia, la madre de Narciso lo protegió para que tuviera una larga vida, y así transcurrió el tiempo. Cuando Narciso tenía 16 años, se había convertido en un joven muy hermoso, pero muy soberbio; recibía la admiración de todos, pero no estaba dispuesto a dar su amor a nadie. Un día, Eco se encontró con Narciso y se enamoró de él. Para estos momentos, Eco era todavía una ninfa, pero había sido castigada por hablar mucho, y ahora sólo podía repetir la última frase de lo que los demás le decían; Narciso la rechazó y, como consecuencia, Eco quedó devastada: su cuerpo físico se transformó en una roca, y sólo quedó de ella la voz.
Posteriormente, uno más de los desgraciados amantes de Narciso pidió que le sucediera a éste lo mismo que a él le sucedía, es decir, que se enamorara y no fuera correspondido; y la diosa de la venganza decidió conceder ese deseo. En consecuencia, las circunstancias se acomodaron para que Narciso llegara a la orilla de un lago, donde tuvo contacto con su propio reflejo y, al instante, se enamoró de su imagen. Sin embargo, al tratar de alcanzar el objeto de su amor, éste se le escurrió entre los dedos. Narciso sufrió por un buen tiempo, a causa de este desdichado amor, hasta que se dio cuenta de que la imagen que veía en el reflejo del agua era la de él mismo, y al mismo tiempo que comprendió el enigma, un fuego interior, según la historia, el fuego del amor, lo consumió y lo mató; y su muerte dio lugar a una hermosa flor a la que, justamente, se le conoce con el nombre de narciso.
De este mito hay varios puntos a destacar. Primero, Narciso no debe conocerse a sí mismo si quiere vivir. ¿No es un planteamiento extremadamente paradójico? ¿Cómo podemos vivir sin conocernos a nosotros mismos? ¿Qué clase de vida es ésa que depende absolutamente de cómo nos ven los demás? ¿Conocerse a uno mismo conducirá irremediablemente a la muerte? Segundo, en la historia, se hace mucho énfasis en que Narciso es particularmente hermoso. ¿Por qué es esto relevante? ¿Funcionaría la historia del mismo modo si él hubiera sido feo y panzón, por ejemplo? Al parecer, esta belleza era la que hacía que todos se enamoraran de él, porque en cuanto a carácter, como ya dijimos, era frío y orgulloso. Y a la vez, es esta belleza la que sella su trágico destino, porque su encuentro con su reflejo en el lago fue el resultado de los deseos de venganza de un amante despechado. Además, ¿Narciso se habría enamorado de sí mismo si no hubiera sido tan hermoso? ¿Por qué podemos enamorarnos así de nuestra imagen? ¿No sucede que, en muchas ocasiones, parece que el punto es eternizar el instante? Así, nos vamos de vacaciones y buscamos la “selfie” perfecta; hacemos un intento tras otro, borramos las fotos que no nos gustan y atesoramos la que, finalmente, nos hace ver espectaculares. La foto en la que brillamos y el entorno brilla a nuestro lado. Pero podríamos preguntarnos: ¿estuvimos realmente en ese lugar? ¿En verdad contemplamos el paisaje y disfrutamos con las personas, o nos concentramos únicamente en lograr el recuerdo perfecto del momento? Recuerdo al que sólo tendremos acceso a través de esas imágenes. Además, hoy contamos con herramientas de IA para “retocar” la foto.
En muchos casos, es muy posible que, si les preguntáramos a los demás si nos ven en la vida real como en la foto y nos respondieran honestamente, tendrían que decirnos que no. Entonces, ¿quién está en esa foto realmente? Después, subimos las fotos a las redes sociales y parece que ahí está nuestra vida, conservada para siempre en los colores nítidos y claros de las imágenes. Pero ¿qué pasaría si intentáramos, como Narciso, brincar al lago y encontrarnos con esa vida perfecta? ¿Podemos lograrlo o es algo completamente inaccesible? ¿No da la sensación de que, por más que queramos aferrarnos a la vida de esas imágenes, en realidad, esa vida es más bien inalcanzable? ¿Cuántas fotos debemos tomarnos para salir realmente bien y cuántas desechamos porque cerramos los ojos, salimos raros o nos tomaron un mal lado? ¿Es que los que están en esas fotos desechadas no somos nosotros? ¿No nos sucede, en el fondo, que, igual que a Narciso, entre más tratamos de acercarnos a la imagen, más nos alejamos de ella?
Tercero, la aparición de Eco en esta historia también resulta muy interesante. Debido al castigo que sufre, Eco se la pasa repitiendo el final de las frases que escucha. En consecuencia, al encontrarse con Narciso hace que éste escuche su propia voz. La aparición de Eco provoca que el reflejo al que se enfrenta Narciso no sea sólo el de la imagen que percibe la vista, sino también el que percibe el oído. De alguna forma, anticipa y forma parte del trágico destino que le espera a Narciso. También es relevante que la transformación final de Eco sea el resultado de su enamoramiento por Narciso. Es sólo después de su encuentro con el bello muchacho que Eco perderá definitivamente su forma física y quedará vagando por siempre, únicamente como un sonido, como una voz que ya no pertenece a alguien, sino que se vuelve por completo un reflejo. En el caso de las redes sociales, podemos llegar a ser nosotros mismos quienes generamos el eco. Ya no hay detrás de él un encuentro con el otro, ya sólo hay un encuentro con uno mismo, y con un uno mismo deslavado, repetitivo, borroso y distante.
Siguiendo la interpretación de Thomas Moore,6 quien, a su vez, sigue a Jung, Narciso es el lado adolescente de nuestra psique y Eco es el alma que siente la desesperada necesidad de aferrarse a la belleza adolescente. Y al ser rechazada por Narciso y perder su sustancia, lo que se nos muestra es que el narcisista no tiene alma, no tiene profundidad, sólo va por ahí, repitiendo sus pensamientos o los condicionamientos sociales, que son los que lo dotan de identidad. Podría ser que, por eso, en esta cultura contemporánea en la que hemos hecho del alma sólo un eco, la imagen sea tan importante. Dado que nuestra alma profunda, lo que representa Eco en la historia, se ha convertido sólo en una voz vaga, en un reflejo repetitivo, tenemos que cuidarnos de no envejecer, de ser siempre perfectos, de que la foto no salga movida. Da la impresión de que, si nos quedáramos en este punto de la historia, lo que somos sería realmente lo que aparece en nuestro muro de la red social. La superficie. Sin embargo, la historia no acaba ahí.
Cuarto, Thomas Moore nos invita a ofrecer una interpretación interesante del desenlace del mito. Tanto el destino de Eco como el de Narciso, a pesar de ser trágico, no se trata de dos muertes sin más; son dos muertes que generan una nueva vida y provocan una transformación que da lugar a dos realidades imperecederas. De algún modo, a pesar de que cambian y no vuelven a ser los mismos, tanto Eco como Narciso alcanzan una especie de inmortalidad en forma de dos realidades naturales. Eco, en el sonido que se genera cada vez que hay condiciones físicas adecuadas; Narciso, en la flor en la que lo transforman los dioses. Thomas Moore nos invita a ver en esta transformación que, al morir, Narciso también obtiene una nueva vida.
Al hacer este planteamiento, Thomas Moore nos propone que no nos quedemos sólo con la parte negativa del mito de Narciso. En realidad, esta parte adolescente, egocéntrica y preocupada por la imagen, de la que seguramente todos tenemos un poco, no es necesariamente mala; no se trata únicamente de criticarla y acabar con ella. Es una parte importante de nosotros mismos y merece atención. Moore piensa que, en esta parte de la historia, encontramos un planteamiento según el cual, para volver a nacer con una vida más profunda, en la que nuestra alma no sea solamente un eco, necesitamos enfrentar algún tipo de muerte. Necesitamos pasar por un fracaso, por algo que nos muestre que esa imagen a la que tanto nos aferramos, en realidad, es falsa o efímera, o que hay algo que no encaja en ella. Debemos entonces atrevernos a mirar otras partes de nosotros, otras imágenes, con lo cual nos estaremos atreviendo a conocernos a nosotros mismos de otra manera. Así, el mito nos muestra que, aunque petrifiquemos una imagen de nosotros mismos, y la convirtamos en una cosa dura, fría, lejana y distante, tenemos la posibilidad, si nos atrevemos a pasar por el proceso de la muerte, de florecer de otra manera.
Aterrizando estos cuatro puntos en una interpretación contemporánea de las redes sociales digitales, vemos que uno de los problemas que han traído, junto con la IA asociada a ellas, es que han favorecido el desarrollo de herramientas que se centran en la imagen y la apariencia, y en las posibilidades de modificación de esas apariencias, de modo que las personas pueden volverse “adictas” a contemplar y mejorar su imagen digital, y vivir a través del mundo virtual que cada vez se acerca más a presentársenos como el verdadero. Una de las razones principales de que esto suceda es que los desarrolladores de las redes sociales más conocidas las han hecho pensando en ellas como un negocio y tratando de hacer que las personas se queden el mayor tiempo posible navegando en ellas y decidiendo comprar los productos que se les presentan. Esto genera las famosas “burbujas” de las que se habla mucho en la literatura especializada, en las que, si formamos parte de alguna red social o simplemente abrimos un navegador, nos aparecerán entradas o información que el algoritmo ha seleccionado en función de las búsquedas que hemos hecho antes o del perfil que parecemos tener según la manera en que nos movemos en internet.
Uno de los planteamientos posibles relacionados con esto es: ¿pueden las redes sociales contribuir a la conformación de lo que somos y a las transformaciones que podemos enfrentar? Si fuéramos críticos con nuestro propio comportamiento en las redes sociales y pusiéramos atención a lo que subimos a nuestra página, a lo que no subimos, a lo que decidimos mostrarle al mundo, y a lo que decidimos guardarnos para nosotros mismos, muy probablemente estos medios podrían darnos muchas señales de lo que en realidad somos, de lo que sí nos importa y de lo que no. Nos revelarían cómo queremos mostrarnos frente a los demás. Podríamos atisbar en ellas qué aspectos de nosotros necesitamos dejar morir para convertirnos en algo distinto; pero la pregunta aquí es: ¿qué tanto hacemos esto? y ¿estamos realmente dispuestos a hacerlo?
La naturaleza de las redes sociales parece contribuir más a perpetuar las imágenes que a cuestionarlas; es más fácil que nos quedemos a vivir en el mundo de la fantasía que enfrentar otra realidad. Un problema cada vez más acuciante en la vida digital de las redes sociales es que la IA generativa permite crear contenido “falso” que puede pasar por “verdadero”. En consecuencia, las redes sociales también se están inundando de videos, imágenes y textos que parecen mostrar algún suceso o acontecimiento, o que están a favor o en contra de una causa, que en realidad no existe. Las llamadas fake news y deep fakes están amenazando con convertir los espacios digitales en lugares en los que hay que dudar de todo lo que se presente ahí, porque las imitaciones están llegando a ser tan buenas que se está volviendo imposible distinguirlas de la realidad. El mundo digital amenaza con volverse un laberinto de espejos encontrados, que requerirá mucha conciencia de nuestra parte para que no nos hundamos en él, como se dice que sucedió a Narciso en algunas versiones alternativas del mito, en las que muere ahogado en el lago que le reflejaba su imagen.
La vuelta al alma, Sócrates y el diálogo Alcibíades
Ícaro y Narciso nos han mostrado algunos de los retos que enfrentamos si no prestamos atención cuidadosa a nuestra relación con la tecnología contemporánea, pero ¿qué podemos hacer? Propondré una alternativa de salida a las problemáticas aquí presentadas, con una interpretación de algunos planteamientos de Sócrates que también guardan relación con la mitología griega.
En el diálogo de Platón titulado Apología, se nos cuenta que la pitonisa del Oráculo de Delfos le dijo alguna vez a Querofonte que no había ningún griego más sabio que Sócrates. Éste se mostró incrédulo ante tal afirmación, por lo que comenzó a buscar al más sabio de los hombres entre los personajes más importantes de su época. Se dio cuenta, sin embargo, de que todos creían saber más de lo que realmente podían demostrar y que, cuando se ponían a prueba sus supuestos conocimientos, terminaban reducidos a nada. Esto hizo que Sócrates tomara conciencia de su propia ignorancia, lo cual quedó inmortalizado en la famosa frase “yo sólo sé que no sé nada”. Ésta es la explicación, muy paradójica, de que Sócrates fuera considerado por el Oráculo el más sabio de los hombres: es la conciencia de la propia ignorancia lo que lo convierte en el más sabio.
Al darse cuenta de la esencial ignorancia en la que estamos inmersos, Sócrates propone, como único camino a seguir, vivir examinándolo todo e ir en busca de la verdad. Todo el planteamiento socrático gira en torno a esta búsqueda, la cual se realiza en un ambiente dialógico, mediante el método conocido como “mayéutica”, en el que, haciendo preguntas y cuestionando las respuestas, podremos, finalmente, llegar a descubrir, a “desvelar”, la verdad que subyace en nuestras profundidades. Y, de acuerdo con el planteamiento que se presenta en el diálogo Alcibíades, esta búsqueda de la verdad nos conduce, en última instancia, a una búsqueda profunda de nosotros mismos. De ahí que Sócrates tomara como lema la famosa inscripción del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.
Sin embargo, al igual que en el caso del mito de Narciso, no hay que quedarse con una interpretación simplista de esta frase. Hay otra vez una profunda paradoja en este planteamiento. De acuerdo con el análisis que se hace de esta problemática en el diálogo Alcibíades, una forma de conocernos a nosotros mismos es a través de los demás. No podemos tener acceso a este conocimiento personal en soledad; necesitamos establecer una relación y un diálogo con el otro para ir construyendo, a tientas y en un ir y venir, quiénes somos nosotros y quiénes son los demás. Tal vez por eso Narciso logró vivir tanto tiempo: al encerrarse en su soberbia, no se permitió conocer a alguien que, a su vez, pudiera mostrarle quién era él, con lo que cumplió la condición de “no conocerse a sí mismo”, sin conocer a nadie más, y así pudo vivir durante todo ese periodo.
Así, para Sócrates, la filosofía es esencialmente un diálogo, una serie de preguntas y respuestas que sólo nos llevan a más preguntas y a más respuestas, las cuales, seguramente, siempre serán tentativas, vagas aproximaciones a lo que realmente estamos buscando, y la única posibilidad que tenemos de acercarnos a la verdad. En consecuencia, aunque la finalidad sea este conocimiento profundo de uno mismo, no podemos lograrlo si no salimos y nos buscamos en los demás. Desde esta perspectiva, podemos identificar algunas directrices a seguir en nuestra vida cotidiana y en nuestra relación con la IA para sortear algunos de sus riesgos. Por un lado, deberíamos ser más críticos con nuestras interacciones en redes sociales y cuestionarnos: ¿por qué estoy en esta red?, ¿con quién estoy interactuando?, ¿qué estoy mostrando de mí con mis publicaciones y por qué, y con quién quiero compartir eso? ¿Qué nos dice de nosotros mismos el hecho de que tengamos cada vez más seguidores o de que alguna foto o publicación genere una oleada de likes? ¿Por qué los demás responden así a algunas de nuestras publicaciones y no a otras?
Generalmente, nuestras interacciones en redes sociales comienzan con personas que conocimos anteriormente, de manera presencial; pero eventualmente también podemos establecer relaciones con personas que no hemos conocido antes. ¿Qué pasa con esas relaciones? ¿Son del mismo tipo que las otras? Tal vez la relación sea unidireccional: por ejemplo, los artistas o personajes públicos, que también están en redes sociales y con quienes podemos estar “conectados”, pueden tener muchos amigos o seguidores, lo que también genera relaciones asimétricas. Las figuras públicas no deben tener ni la más mínima idea de la vida de muchos de sus seguidores; por el contrario, es muy posible que muchos de sus seguidores conozcan muy bien los acontecimientos de la vida de la figura pública. (Al menos algunos acontecimientos, muchos seguramente importantes). ¿Qué clase de relación es ésa? ¿Qué tipo de interacción genera esto?
Según la tradición, para Sócrates era muy importante el encuentro en persona con el otro; la filosofía era un diálogo vivo, finito, un encuentro temporal entre seres que se ven a los ojos, escuchan sus voces, interpretan sus gestos corporales, y tienen la oportunidad de defender sus puntos de vista y criticar los del opositor; por eso Sócrates se resistía a escribir. Parece que pensaba que la escritura fijaba el pensamiento de tal forma que hacía imposible que algo verdadero se transmitiera a través de ella. Escribir vuelve estáticas las palabras y se pierde la posibilidad de cuestionar o debatir. Si bien esta consideración sobre la palabra escrita no fue aceptada por sus seguidores, gracias a lo cual ahora sabemos que Sócrates pensaba así, podemos ver que las redes sociales podrían constituir un desafío. Si bien no estamos frente a frente en el diálogo, sí se pueden generar interacciones mediante preguntas y respuestas, y podemos decir algo y luego arrepentirnos y eliminarlo de la conversación. De alguna forma, hay un proceso vivo que no es nada estático y que, tal vez, en alguna medida, sí pueda recuperar un poco de lo que Sócrates buscaba en un diálogo.
Pero esta cuestión adquiere otra dimensión si la llevamos al terreno de nuestras comunicaciones con los chatbots. En las redes sociales, la premisa es que, al menos, sigue existiendo algún tipo de comunicación virtual con otras personas; pero en el caso de los chats, no hay una persona detrás de las palabras que se generan. Entonces, ¿por qué llegamos a sustituir tan fácilmente las comunicaciones que deberían implicar un profundo contacto “humano” con otras personas por preguntarle a un chat? ¿Por qué, en algunos casos, no les importa a las personas dejar sus emociones, pensamientos y deseos más profundos sólo en las apariencias de una relación con una herramienta que no siente, no piensa y no desea nada, como lo hacemos los humanos? Más adelante volveré a este problema.
Hasta ahora, tenemos sólo una parte de la respuesta sobre quiénes realmente somos. Hemos dicho que necesitamos relacionarnos con los demás para encontrarnos a nosotros mismos, pero también hay la otra cara de la moneda. En el mismo diálogo, Alcibíades, Sócrates deja muy claro que el conocimiento de uno mismo que se debe buscar es, principalmente, un conocimiento del alma. En el texto se hace una distinción muy clara entre cuerpo y alma, y se dan argumentos para sostener que lo que verdaderamente somos no es el cuerpo, ni tampoco el compuesto de alma y cuerpo; lo que verdaderamente somos es el alma. Y esta alma es, principalmente, una conciencia racional. Según Dulce María Granja, para Sócrates el alma se encuentra dentro de nosotros, es nuestra existencia interior que genera nuestras decisiones y acciones a través de la razón y la reflexión. Además,
El ser humano tiene un alma toda vez que no se agota en su aquí y ahora; nuestra identidad radica en el carácter espontáneo de nuestra condición de agentes activos y prácticos. Desear, deliberar, y elegir constituyen, conjuntamente, el ejercicio de dicha actividad. Así pues, la conexión necesaria entre nuestro yo y la acción tiene una base enteramente práctica, y no se requiere apelar a fundamentos de otra índole. Gracias a dicha base práctica podemos responder a las preguntas “¿quién soy yo?” y “¿qué debo hacer con mi vida?” Gracias a dicha base podemos dar cuenta y razón de nuestra arraigada convicción de que, como primeras personas, tenemos el poder de decidir qué hacemos o dejamos de hacer con nuestra vida […] Por ello, el cuidado del alma no consistirá en la práctica de rituales, abstenciones y purificaciones, sino en el cultivo de nuestro pensamiento y de nuestra conducta racional. Nuestro deber consistirá en dar cuenta y razón de lo que creemos y hacemos, obrando en consonancia y acuerdo con el dictado de la razón.7
Así, con el ánimo de llegar a una conclusión parcial, propongo que tomemos esta propuesta del “alma” de Sócrates y reflexionemos desde aquí sobre nuestra identidad en las redes sociales y en nuestras relaciones con los chatbots. Desde este planteamiento, podemos sostener que las redes sociales no necesariamente son una obra del mal ni un medio enajenante. Y aunque puedan invitarnos, en muchas ocasiones, a vivir esta existencia de fantasía y oropel, si ponemos atención a lo que publicamos y somos críticos y reflexivos sobre lo que encontramos en ellas, podremos acercarnos a darles una “justa medida” y a que ocupen un lugar lo más equilibrado posible en nuestras vidas. Seguramente no podremos resolver todos los problemas asociados a ellas, y habrá que prestar mucha atención a lo que los científicos puedan decirnos acerca de si su uso afecta nuestras capacidades cognitivas más de lo que pensamos, pero mientras no podamos tener respuestas absolutas a esos planteamientos, sí debemos tratar de establecer, en todo momento, una visión crítica sobre nuestra relación con estas herramientas tecnológicas.
Hay que prestar mucha atención porque es muy fácil “acostumbrarse” a usar las herramientas y dejarse llevar por la inercia. ¿Qué tan conscientes somos realmente del tiempo que pasamos entretenidos adornando el muro de nuestra red social y espiando las vidas virtuales de los demás? ¿Qué tanto usamos estos medios para encontrarnos a nosotros mismos y qué tanto los usamos, más bien, para escapar de nosotros mismos? ¿Le dejaremos al chat que “piense” por nosotros y dejaremos de ejercitar nuestras propias habilidades hasta que las perdamos? ¿Podremos darnos cuenta de esto y salvarnos cuando estemos al borde del abismo o será demasiado tarde?
Las respuestas a estas preguntas no son sencillas ni habrá una salida unívoca. Son preguntas que ameritan reflexiones más profundas sobre los distintos tipos de tecnología a nuestro alcance y las relaciones que establecemos con ellos. Por ejemplo, alguien podría decir que leer un libro también puede implicar, para nosotros, relacionarnos de manera emocional y profunda con un texto; las personas también se han enamorado de los personajes de las novelas y han sufrido cuando los protagonistas de las obras mueren. ¿Cuál es entonces la diferencia entre leer un libro y hablar con un chat? Es una objeción interesante, pero, siguiendo el espíritu socrático mencionado anteriormente, lo primordial es que, en algún momento, hagamos estas preguntas.
Si sólo nos relacionamos con los chats y no somos conscientes de todas las posibilidades que hay detrás, entonces estamos perdiendo algo de nuestra humanidad y abriendo las puertas a que los creadores de estas tecnologías tengan un poder sobre nosotros que no debería existir. Hay que hacernos estas preguntas y resolverlas por nosotros mismos, como también diría Kant. A lo mejor alguien decide quedarse a vivir en el mundo virtual para siempre —guiño a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares—, pero lo importante es que eso suceda porque se tomó una decisión deliberada al respecto, y no porque, desde que nacimos, nos insertaron en el mundo virtual para vivir.
¿Nos quedaremos viviendo en el mundo de las apariencias como Narciso? ¿Moriremos ahogados como Ícaro? O como proponía Sócrates, ¿encontraremos a nuestra alma al decidir reflexivamente, por nosotros mismos, cómo actuamos e interactuamos en redes sociales y con los chatbots? ¿Qué otras alternativas tenemos?
