I
En el principio,
más allá del entendimiento,
está el Verbo,
¡oh, fértil sitio
donde el alba engendra el alba!;
oh, seno paterno
del que gozoso,
sin apartarse de él,
brota siempre el Verbo.
II
De ambos,
inseparable,
perfectamente igual a ellos,
fluye suave,
tal un río de amor y fuego,
el Espíritu que los enlaza.
Los tres son uno.
¿Lo sabes? No;
Sólo es posible conocerlo en sí mismo.
III
Jamás comprenderás
ese vínculo trino y circular
cuya profundidad
es insondable.
¡Jaque mate
al tiempo, al espacio y la forma!
Su magnífico círculo
es una emanación
cuyo centro
permanece perfectamente inmóvil.
IV
Con lúcida inacción,
el intelecto
debe escalar la cima de su punta.
El camino conduce
a un extraño desierto
que sin tiempo, espacio ni medida
se extiende
en su abierta vastedad.
V
Ningún pie lo ha hollado,
ni pensamiento alguno lo ha alcanzado;
nadie lo conoce,
no es esto ni aquello
y, sin embargo,
está aquí y allá,
lejos y cerca,
en lo profundo y lo alto.
VI
Es luz y claridad;
infinitamente oscuro
no tiene nombre;
incognoscible,
sin principio ni fin
permanece tranquilo,
despojado, sin adorno alguno.
Quién conozca su casa,
que se muestre
y nos revele su imposible forma.
VII
¡Vuélvete niño,
vuélvete sordo y ciego!,
vuelve Nada tu Ser;
olvida espacio, tiempo y forma;
recorre la estrecha senda sin camino
y llegarás al desierto.
VIII
Sal de mí, alma mía,
para que Dios entre;
que todo mi ser naufrague
en la Nada de Dios
y desaparezca en
su insondable corriente;
si huyo de mí,
tú vienes a mí;
si me pierdo
te encuentro,
oh dicha suprema.
