Julio Scherer García, Obra Completa, tomos 1 al 3, Planeta. México, 2026.
No es fácil leer a Julio Scherer García. Su prosa es amena, clara y elocuente. Su contenido, apasionante, capaz de mantener al lector en suspenso, como en una buena novela policíaca. Su retrato de los personajes los vuelve fascinantes, incluso en el caso de aquellos con toques siniestros. Por momentos, los libros de Scherer contienen tal cantidad de detalles sórdidos sobre el sistema político mexicano, que hasta producen morbo. El problema para el lector está en otra parte. Esos libros le devuelven una imagen francamente vergonzosa del país. Constituyen un recordatorio del México que nos reclama por sus inadmisibles grados de miseria y corrupción. Obligan a voltear el rostro con remordimiento por toda forma de orgullo nacionalista, cuando uno debe recordar que México sigue siendo un país embarazosamente atrasado, plagado de marginación, delincuencia desde el poder y en complicidad con el poder. Scherer desnuda un México que a ratos produce desaliento, cuando no desesperanza. México como proyecto nacional fallido, el de la riqueza repartida entre muy pocos, incapacitado para integrar verdaderamente a todos sus habitantes. El México hipócrita que ha elegido esconder todas sus insuficiencias y fracasos bajo la alfombra, en lugar de emprender una limpieza integral de la casa. En suma, estamos ante la obra de un periodista implacable, sobra decir, crítico, que ha renunciado a toda concesión frente a la verdad oficial para exhibir la podredumbre en todos los órdenes de la vida pública: entre políticos, empresarios, militares, policías, actores religiosos, periodistas y hasta intelectuales.
Este proyecto de publicación de la obra completa de Julio Scherer representa uno de los grandes aciertos editoriales de los últimos años. Primero porque le facilita al lector interesado la lectura de todos los libros de quien fuera quizás el periodista más importante de la segunda mitad del siglo XX mexicano. Segundo, presenta en ediciones atractivas y no tan caras, la obra de un autor que quizá no conozcan las nuevas generaciones. Tercero, presenta los libros en el orden cronológico de su publicación original, de forma que el lector puede apreciar la consistencia en el tiempo de las posiciones de Scherer. Cuarto y más importante que todo lo anterior, es una presentación del periodismo de mayor calidad literaria que se ha logrado en nuestro país. En estos libros figura de manera prominente la denuncia como herramienta central de la crítica, acompañada muchas veces de documentación incriminadora contra los involucrados, entregada a Scherer por algunos de los propios participantes . En ocasiones, la prosa se vale de adjetivos un tanto excesivos, cursis en el caso de las mujeres, pues prácticamente a todas, incluidas las criminales, Scherer las describe como hermosísimas, seductoras y sensuales. No deja de expresar admiración por la belleza del escote de Zulema Hernández, la legendaria amante del Chapo Guzmán. Resulta muy repetitivo el señalamiento de la atracción que le produce Sandra Ávila, la llamada “reina del Pacífico” en el libro que le dedica. Probablemente fueran concesiones de un caballero tradicional hacia “las damas.”
Para efectos analíticos, en el presente texto no tiene mucho sentido agrupar los libros en orden cronológico, sino con una orientación temática. Ahí están los intereses y obsesiones personales de Scherer que podríamos presentar en una síntesis muy apretada de los primeros tres tomos (falta por publicarse el cuarto), de la siguiente manera:
Las víctimas del movimiento de 1968 y la guerra sucia. Títulos como Parte de guerra. Tlatelolco 1968 y Los patriotas. De Tlatelolco a la guerra sucia.
Este tema parece un empeño personalísimo de Scherer por esclarecer los crímenes políticos del pasado. Auxiliado por la herencia generosa del general Marcelino García Barragán, quien le deja sus papeles personales de lo acontecido en 1968, Scherer reconstruye en Parte de guerra pasajes y aspectos hasta entonces desconocidos de lo acontecido en las movilizaciones de aquel año. De paso, proyecta un esbozo biográfico interesantísimo de García Barragán y su muy particular apreciación de la lealtad militar a la constitución y al sistema político. En Los Patriotas, Scherer se vale de testimonios de víctimas para ilustrar la muy destructiva persecución del Estado mexicano contra los guerrilleros de la década de 1970, especialmente en el ámbito rural. Uno se siente interpelado por la atrocidad de los crímenes de la represión contra campesinos ignorantes de lo que sucede en el entorno político capitalino.
La denuncia de la arbitrariedad presidencial. Libros como Los presidentes, Salinas y su imperio o La pareja.
Quizá sea la faceta más conocida de la obra de Scherer. El periodista intrépido que le plantó cara a los presidentes y sus secretarios cuando casi nadie se atrevía a hacerlo. Un hombre con vocación de cruzado lo mismo contra la demagogia farsante de Echeverría que contra el proyecto de modernización tecnocrática salinista o contra la frivolidad de Vicente Fox, el primer presidente de la transición y su polémica “primera dama”, Martha Sahagún. Aquí todos los mandatarios mexicanos pasan por el cuchillo del fundador y primer director de Proceso. Identifico críticas desde la gestión de López Mateos por la permisividad con la cual dejó actuar al secretario de Gobernación Díaz Ordaz, hasta la incapacidad para contener la violencia de Felipe Calderón. Prácticamente a todos los acusa de corrupción y les reprocha alguna actitud antidemocrática.
Chile y la tragedia del golpe de estado. Obras como Pinochet. Vivir matando y Allende en llamas.
Son dos obras marcadas por la inocultable admiración de Scherer hacia Salvador Allende, a quien conoció y entrevistó, así como por su amor a Chile, casi una segunda patria en su corazón. Son quizá los menos imparciales y más maniqueos de sus libros, donde el autor se permite un retrato idealizado, casi impoluto de Allende, y una satanización muy comprensible del dictador Augusto Pinochet. Hay retratos y testimonios del Chile de Allende y de la monstruosa represión pinochetista. Al lector descuidado pueden ocasionarle pesadillas las historias de tortura en las cárceles pinochetistas. Hay una entrevista a Pinochet, que el dictador contestó por escrito y cuyas respuestas son francamente soporíferas por repetitivas y autolaudatorias, pero que Scherer incluyó completas para retratar a cabalidad la personalidad narcisista e inmoral (¿y amoral?) del general golpista.
La colusión y corrupción del poder político y periodístico. Títulos como Estos años, El poder. Historias de familia y Tiempo de saber. Prensa y poder en México.
Aquí Scherer reconstruye con cierta nostalgia fascinante la historia del oficio periodístico en México, así como la ineludible corrupción de sus practicantes, eternamente mal pagados y poco apreciados en este país. La facilidad con la cual los gobiernos compraban, sobornaban u orientaban la prensa, deja muy mal parado al cuarto poder y revela los mecanismos de engaño mediante los cuales el oficialismo proyectó la imagen de éxito de los sucesivos presidentes.
La inconcebible podredumbre del sistema penitenciario y la creciente penetración del narcotráfico en los más altos niveles de poder. Libros como Cárceles, Máxima seguridad. Almoloya y Puente Grande o La reina del Pacífico. Es la hora de contar.
Si bien toda la obra de Scherer está llena de imágenes dantescas y aterradoras de México, nada como su descripción detallada de las cárceles y sus presos. México parece una república africana en el trato inhumano a sus presos, las repugnantes condiciones higiénicas de las prisiones, la crueldad de los celadores y la progresiva deshumanización de sus habitantes. Sin dejar de reconocer que en muchos casos se encuentra ante desalmados criminales, Scherer no deja de sentir compasión por las condiciones de vida de la población carcelaria. Percibe el deterioro de sus facultades intelectuales, así como la erosión de su personalidad y dignidad personal. Particular interés revisten sus encuentros con presos políticos como Raúl Salinas o Mario Villanueva. Este último, puente de conexión entre el narcotráfico y la alta política mexicana, que ya Scherer alcanzó a ver y a advertir de sus peligrosísimas implicaciones. La narcopolítica y la disfuncionalidad del sistema judicial mexicano, como factores para desengañar a los entusiastas idealizadores de la transición democrática.
Las personalidades a las que dio origen el régimen de la revolución mexicana. Aquí hablamos de libros como Siqueiros: la piel y la entraña o El indio que mató al padre Pro.
En mi muy personal valoración, los libros más fascinantes de Scherer. Un reconstructor, casi un recreador de la atmósfera revolucionaria mexicana y sus hombres duros. Casi un novelista de la revolución mexicana en la tradición de las mejores páginas de Martín Luis Guzmán. Un evocador del México del pasado cuyas prácticas y personalidades siguen definiendo el presente. La sombra asfixiante del autoritarismo revolucionario como justificación de la represión posterior y como explicación de la hipocresía institucionalizada de un sistema. La aplicación selectiva de la ley, la simulación en las relaciones con la Iglesia, la persecución e intolerancia contra el disidente. Al mismo tiempo, es visible la admiración de Scherer por la insurrección popular y los anhelos de una población en busca de su libertad política, expuestos con particular énfasis en el libro sobre Siqueiros, donde se siente la vitalidad artística originada por la revolución. Ojalá publicasen una edición del Siqueiros de Scherer ilustrada profusamente con fotografías de la obra del pintor. El arte y la producción cultural mexicana parecen los únicos aspectos de México ante los cuales el implacable periodista se quitaba el sombrero con admiración.
Hay un último aspecto anecdótico que quisiera subrayar. Muchos de quienes lo conocieron, no dejan de insistir en que Scherer era un hombre tímido, a quien no le gustaba hablar de sí mismo ni que hablaran de él. Eso es muy contradictorio con los innumerables pasajes autobiográficos del periodista en absolutamente todos sus libros. En todos ellos, Scherer es, si no protagonista, cuando menos personaje visible o activo. Parece que quisiera dejarnos un retrato de su vida y sus ideas repartido a lo largo de muchas páginas. Quizá uno de sus mejores libros, contenido en el tercer tomo, es La terca memoria, una obra explícitamente autobiográfica y de ajuste de cuentas con algunos de sus adversarios vitales. Todo esto requiere mayor estudio y atención.
Finalmente, los primeros tres tomos de la obra completa de Julio Scherer sirven como radiografía de las últimas décadas de México. Permiten la comprensión de cómo la transición desembocó en la llegada de López Obrador al poder, por todas las insuficiencias y carencias de México ante las cuales la elite gobernante decidió cerrar los ojos. Contienen una descripción descarnada del México ausente en la estadística oficial, un desmentido brutal al relato triunfalista de la apertura y democratización nacional. Una puesta en escena de todo lo que nos ha faltado como país y como sociedad para alcanzar grados de desarrollo y justicia elementales. Scherer es el destructor de toda forma de autocomplacencia política y social, la sensibilidad del escritor que nos recuerda los otros Méxicos a los cuales la intelectualidad oficial y oficialista no quiso mirar de frente. Poco más podríamos pedirle a un periodista, quizá el periodista mexicano por excelencia.
