Anson Rabinbach, The Human Motor: Energy, Fatigue, and the Origins of Modernity. Universidad de California, 1992.
Las promesas y las amenazas, los sueños y las pesadillas ocasionadas por la inteligencia artificial no son un fenómeno del todo nuevo. En diversos momentos de la historia el ser humano se ha sentido atormentado e ilusionado —muchas veces al mismo tiempo— por el surgimiento de una nueva tecnología o de un avance científico que modifica radicalmente la vida cotidiana. De hecho, un elemento central de la modernidad es la constante incorporación de nuevas tecnologías y nuevos conocimientos científicos a la experiencia diaria y, cuando se trata de tecnologías o conocimientos disruptivos, el proceso de adaptación es más complicado y suele estar acompañado de fuertes debates sobre los riesgos, las oportunidades, los usos deseables y las aplicaciones indeseables de esa nueva tecnología o avance científico.
Sin embargo, los debates causados por el surgimiento de algunas tecnologías o paradigmas científicos van incluso más allá: las personas ya no sólo discuten las implicaciones de utilizar esa herramienta tecnológica o científica, sino que se preguntan si la mismísima condición humana se ve afectada por ella. Lo que está en juego en estos debates es la definición de los contornos de lo que significa ser humano.
Con el rápido desarrollo de la inteligencia artificial (IA), estamos ante uno de estos debates. Medios internacionales reportan que algunas personas tienen relaciones amorosas con su chatbot de confianza y aceptan descaradamente que lo que les gusta de tener una pareja digital es que les dice sí a todo y siempre les da la razón. La prensa también reporta casos de personas que pierden la cordura porque, en su diálogo con una inteligencia artificial, “descubrieron” que sus teorías conspirativas siempre fueron ciertas y que el mundo real era un espejismo del que debíamos desconfiar. Más preocupantes son los casos de egresados de escuelas técnicas y universidades que
no encuentran empleo porque la inteligencia artificial ya es capaz de realizar las funciones que tradicionalmente desempeñaban los estudiantes recién graduados. Y poco a poco se llevan a cabo pruebas que dejarán sin trabajo a todavía más personas: conductores de automóviles, obreros calificados, contadores, traductores, cirujanos, repartidores y un sinfín de oficios más. Sin embargo, los directores de las empresas tecnológicas nos prometen que, en realidad, nuestra vida será mejor, que el desarrollo de la IA liberará al ser humano de las tareas nimias o repetitivas y así podrá enfocar todo su potencial en trabajos más creativos y estimulantes, o incluso en tiempo libre, disfrutando de sus hobbies y compartiendo con sus seres queridos.
Para descifrar las aguas revueltas de este mar de esperanza y miedo, de ilusión e incertidumbre, vale la pena volver a finales del siglo XIX, otro momento en el que los debates sobre el progreso tecnológico, el desarrollo científico y sus implicaciones para la vida humana estaban en su apogeo. Más específicamente, vale la pena releer The Human Motor: Energy, Fatigue, and the Origins of Modernity (El motor humano: energía, fatiga y los orígenes de la modernidad, Universidad de California, 1992), una de las obras maestras del historiador intelectual Anson Rabinbach (1945-2025).
En este libro, que va a caballo entre la historia intelectual, la historia de la ciencia y la historia social, Rabinbach “trata de restaurar nuestro entendimiento de un aspecto del pensamiento del siglo XIX”: el entrecruzamiento de la política, el discurso público, la tecnología y la ciencia, “mediante la exploración de una metáfora que, quizá por su ubicuidad, se volvió invisible para nosotros: la metáfora del motor humano —un cuerpo cuya experiencia se equiparaba con la de una máquina—”.
Así pues, la obra es una historia intelectual y una reflexión sociológica sobre una metáfora. Pero también es más que eso. Se trata de un estudio sobre cómo los descubrimientos científicos posteriores a la Ilustración y los avances tecnológicos derivados de la revolución industrial moldeaban las decisiones políticas de los gobiernos europeos decimonónicos y permeaban la ideología y los discursos de partidos políticos, sindicatos, activistas reformistas e intelectuales de todo tipo.
La política, los conflictos sociales, las luchas laboristas y el debate público cotidiano estaban estrechamente vinculados a la ciencia y la tecnología en la Europa del siglo XIX y del temprano siglo XX que retrata Rabinbach. Los descubrimientos sobre la energía y la termodinámica revolucionaron la comprensión del cuerpo humano y del trabajo que es capaz de realizar. La fatiga se convirtió en el principal miedo de los funcionarios públicos, líderes sindicales, activistas sociales, gerentes y empresarios. Evitar ese mal y optimizar el trabajo humano se volvió esencial para todos estos personajes, aunque con distintas agendas.
Con el paradigma del motor humano y en aras de evitar la fatiga individual y colectiva, algunos buscaban reformas en beneficio de los derechos laborales; otros pugnaban para que no se quitara al trabajo la dimensión humana, para que el trabajo no pasara a ser visto como un simple acto mecánico; otros más diseñaban políticas públicas “neutrales” para solucionar “la cuestión social” con base en “ciencia pura y dura” y no en criterios políticos o ideológicos; y algunos más proponían estrategias para optimizar el uso de energía de los trabajadores y así evitar el agotamiento del motor humano.
En la otra cara de la moneda, estaban quienes promovían regímenes laborales más exigentes, pues “el motor humano” era capaz de trabajar más tiempo y mejor con la alimentación y los cuidados adecuados y, sobre todo, era más eficiente si combinaba su energía con la de las máquinas: dos motores —uno orgánico y el otro artificial— unidos para aplicar su energía conjunta a un trabajo industrial. Obreros y máquinas, en conjunto, podían formar una unidad de trabajo más eficiente, optimizando el consumo energético de ambos. Incluso los líderes militares tomaban en cuenta estos avances científicos y tecnológicos para canalizar la energía del “motor humano” hacia la guerra, para alimentar y ejercitar a los soldados en la dosis exacta, de modo que se convirtieran en máquinas perfectas para el campo de batalla.
Esta apretada síntesis no le hace justicia a la complejidad y la profundidad de las ideas de Rabinbach, pero lo importante, por ahora, es destacar que no es la primera vez que el cuerpo humano se equipara con una máquina. Si en el siglo XIX muchos concebían a las personas como motores y a los trabajadores como complementos de la máquina para producir bienes industriales de manera eficiente, hoy los líderes de las empresas tecnológicas y sus aliados políticos visualizan a la inteligencia artificial como un complemento indispensable de la (limitada y distraída) inteligencia humana para acelerar la productividad de las empresas y como una herramienta para desechar a los trabajadores inservibles.
El libro de Rabinbach nos recuerda lo poco y lo mucho que ha cambiado el mundo desde el siglo XIX: poco en tanto que los avances tecnológicos y los descubrimientos científicos se filtran en nuestra vida diaria y moldean las decisiones políticas y las luchas sociales de maneras inesperadas y, muchas veces, imperceptibles; mucho en cuanto que la fatiga y la energía ya no son las obsesiones de nuestro tiempo (tanto así que la energía que se necesita para desarrollar la IA no es sostenible para el futuro de la humanidad). La obsesión, ahora, es la productividad. El trabajo se reduce a producir más y mejor, incluso si, en el camino, el trabajador cede su capacidad de raciocinio a una máquina.
