25. El gran espejismo

Apariencia artificial: ¿qué es esto que llamamos realidad?

Melisa Arzate Amaro

Dossier
De cara a las producciones que se realizan o que realiza la IA, Melisa Arzate Amaro analiza su sobrecogedora artificialidad para plantear preguntas fundamentales sobre la presencia de lo humano y su quehacer en el mundo bajo el imperio de una tecnología cuyas consecuencias parecen anunciar la destrucción.

El aspecto más triste de la vida en este preciso momento es que la ciencia reúne el conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría.

Isaac Asimov

Este texto debería hablar sobre la Inteligencia Artificial (AI) y su lugar en el arte contemporáneo. Así se pactó en la reunión de la revista Conspiratio meses atrás y a ello me comprometí. Pero resulta que no lo conseguí o, más honestamente, no quise hacerlo. Como historiadora del arte y asidua seguidora de sitios dedicados a la producción de la escena cultural en curso, conozco lo que está ocurriendo en la actualidad en ese tenor a nivel internacional. Desde el Op Art, el videoarte, el arte sonoro, el bioarte y las instalaciones responsivas a la interacción de los visitantes, por citar algunos ejemplos, la producción artística se ha hermanado con la tecnología para generar obras que critiquen, problematicen y conmuevan al espectador.

En algunas ocasiones es claro que la tecnología empleada es únicamente una herramienta para conseguir cierto efecto, resultado o solución; en otros, sin embargo, se trata de la protagonista de las piezas, un elemento preponderante, el punto nodal de la obra que pone en tensión nociones como las de ciencia, humanidad, factura, producción, valor simbólico, autoría, historia, presente y, naturalmente, tecnología. Se me viene a la mente, de botepronto, Alba, una coneja verde fluorescente creada por Eduardo Kac en el año 2000 bajo el título GFP Bunny, en cuya cadena de ADN el artista introdujo una proteína fluorescente; la obra atrajo todas las miradas de la crítica y el público de la época, pero también puso en la palestra debates éticos sobre el sufrimiento animal, la manipulación genética e, incluso, la violencia humana ejercida sobre una vulnerable naturaleza en vilo gracias a nuestra especie.

El tema de la IA en el arte comienza, con cierta timidez, a rozar la controversia sobre la autoría verdadera de piezas derivadas de un algoritmo, sobre la materialidad de la obra y acerca de si, al final, el creador será reemplazado por las máquinas tanto como posiblemente ocurra en las industrias manufactureras o en la medicina, y sobre la crisis humanitaria que ello supondría. Sin embargo, hay un buen puñado de artistas trabajando con la IA de maneras bastante más interesantes que el uso lato de una herramienta que facilite la labor creativa o fabril. Un claro ejemplo son un par de piezas alucinantes del artista turco Refik Anadol, que tuve oportunidad de ver hace poco más de un año en el Museo de Arte Moderno de Estambul: una de ellas, una instalación sorprendente titulada Infinity Room: Bosphorus, expuesta permanentemente en un área específica del museo y que se alimenta constantemente de datos recopilados por sensores meteorológicos que arrojan números reales sobre el Bósforo, como la temperatura del agua, la velocidad del viento y la humedad; esos datos son procesados por la IA y convertidos en algoritmos que se traducen en flujos de movimiento cromático que, como es de suponer, cambian todo el tiempo.

Jamás aquello que Refik llama una “escultura de datos cinéticos” es lo mismo que el comportamiento de ese enigmático y crucial estrecho que conecta geográficamente a Europa con Asia. Y, por más que la pieza sea una maravilla visual, abrumadora en su habitabilidad, avasalladora en la tecnología que implica, obliga a reflexiones tan obvias como por qué el visitante no sale corriendo de esa sala y camina unos metros para enfrentarse con el mismísimo Bósforo, respirarlo, sentirlo y ver a los pescadores que se aposentan mañana, tarde y noche en el Puente Galata. Es decir, ¿por qué una obra de clara naturaleza tecnológica sustituye a la experiencia humana y al factor fenomenológico del contacto sensible con el mundo, lo que la IA no podría reproducir, emular ni predecir jamás: la herida del arte, su contacto con el alma, la pasión del instante plenamente vivido? No ahondaré en ello, simple y sencillamente porque lo sentiría como una alta traición a lo que realmente pienso y me ocupa hoy como ciudadana del mundo más que como historiadora o poeta. Y es que el mundo está en guerra y la IA ya es parte activa de ello.

Como ocurrió en otros periodos de la historia moderna de la humanidad, existen fuertes alianzas entre países que han comenzado a movilizar tropas en apoyo a ciertas causas hacia territorios que claramente ostentan un menor poderío económico o militar. Es cierto que esas alianzas no han alcanzado la dimensión que tuvieron en 1914 y 1939. Quizá porque los líderes internacionales, así como los principales agentes y consorcios económicos globales, saben de cierto que una declaración de guerra de esas dimensiones pondría a la humanidad al borde de su propia extinción por el aún imponderable factor del armamento con el que ahora cuentan las principales potencias mundiales: armas nucleares, bacteriológicas, misiles hipersónicos y, sí, efectivamente, la inteligencia artificial. Así que, a fin de cuentas, sí tocaré el tema que me había prohibido y el de la mente humana, que habría sido incapaz de dilucidar, confeccionar y concretar acciones inimaginables en otros tiempos sin la tecnología que hoy aprende, predice y ejecuta con el poder de miles de cerebros juntos y con la información generada y alimentada globalmente. Soy, sin embargo, incapaz de hacerlo desde el lado de la belleza, de la problematización del hecho artístico o de la intención fenomenológica de lo bello que conmueve el alma humana y contribuye a la producción de significado y conocimiento. Debo, en cambio, referirme a la IA que es capaz de seguir objetivos y manejar dispositivos, vehículos y plataformas no tripuladas para hacer más eficientes los ataques armados; una IA que vuelve prácticamente indetectables ojivas hipersónicas que consiguen impactar en el blanco con velocidades inhumanas; una IA que monitorea e  intercepta comunicaciones y operaciones militares enemigas para proteger bases de datos y sistemas de países que se blindan porque pueden hacerlo, dejando letalmente vulnerables a quienes no cuentan con esa tecnología.

Si bien todo esto puede parecer exclusivo de potencias súper desarrolladas, no es así. Lo anterior pone en la mira a países debilitados por una larga lista de problemáticas históricas y, sobre todo, apetecibles por sus riquezas, su posición geopolítica, sus bienes y su capital natural (obviamente hablamos del petróleo y las tierras raras, sin ir más lejos). El ajedrez que allí se juega es tan complejo que ninguno de quienes estamos en los linderos de la vida común y corriente lo imaginamos. Pero decir “países” es mencionar un ente vacío, intangible, casi incorpóreo: nombrar lo vago para excluir lo concreto. Pronunciar la verdad es poner el dedo en la llaga y admitir que quienes quedan en el foco del acecho son provincias llenas de barrios, barrios llenos de edificios, edificios llenos de población civil, población civil que son recién nacidos, niños pequeños, adolescentes, mujeres, hombres, discapacitados, adultos mayores; es gente que queda desmembrada, amputada, herida, hambrienta, sin ropa ni techo, huérfanos, viudas y viudos, desplazados, desposeídos, migrantes ilegales sin un lugar en el orbe que los acoja, desprovistos de todo, destruidos por completo, muertos en vida.

Eso, hablando del epicentro de las guerras, de la diana de los cohetes, de las víctimas directas; la realidad, sin embargo, es que la humanidad entera es la afectada. Porque no hay manera de entender el mundo con la deshumanización que evidencia ICE, con la violación al derecho internacional de Israel sobre Gaza, Líbano, Yemen e Irán, de Rusia sobre Ucrania, de Estados Unidos de América sobre Venezuela; con la cantidad de muertos que ha dejado la guerra civil en Sudán, la violencia en la República Democrática del Congo, la ferocidad yihadista en Sahel, la brutalidad soterrada en  un México sembrado de fosas clandestinas, campos de entrenamiento y exterminio, con  gente común y corriente que cada vez considera más natural matar y ver morir a otros en las pantallas de sus teléfonos sin inmutarse ni considerar aquello como monstruoso por más que el análisis histórico lo vuelva comprensible, pérfido, siniestro. Sobre esas poblaciones caen bombas, roquetas, disparos de alto alcance, despiadadas redadas y cercos que impiden el paso de la ayuda humanitaria. En ese juego de ajedrez espantoso está la IA que, además del empleo miliciano, genera videos falsos, reels perniciosos y, como si la perversión no tuviera límites, pornografía de niños, adolescentes y mujeres, cuyos rostros son empleados para dar virtual vida a cualquier tipo de depravación que acaba por sobajar aún más a la humanidad entera.

En todo caso, los últimos días han mostrado en redes sociales algunos de los experimentos críticos más genuinos que emplean a la IA de forma civil, coloquial, mostrando a Nicolás Maduro, Donald Trump, Benjamin Netanyahu y Vladimir Putin, bailando un trend en la sala oval, con una verosimilitud que aún logra impresionar a quienes no nacimos en esta era de fake news y deepfakes.  Creo que ello representa genuinamente la manera más sarcástica, irónica y virulenta de mofarse de personajes deleznables, patéticos, abominables, que han convertido el mundo en un lugar terrorífico e incierto, presa de la voluntad de un puñado de dementes hambrientos de fama, admiración y de construir una leyenda personal atemporal. Quienes elaboran esos materiales no poseen un rifle ni armas nucleares, pero se valen del humor para desmantelar el horror, desmitificar al mal, aligerar el pánico y, quizá, seguir viviendo gracias a la liviandad y a la monetización de sus contenidos.

Ahora bien, si Aristóteles distinguió lo humano por su capacidad de pensamiento abstracto y por la búsqueda racional de la felicidad, el ser humano actual falla en ambas, sin posibilidad de razonar las consecuencias públicas y privadas de sus actos, y confunde la felicidad con la satisfacción inmediata, el consumo desmedido y la homogeneidad colectiva. Si para Ernst Cassirer el ser humano tenía en la creación de símbolos —entre ellos, el arte y los mitos— una herramienta para comprender la existencia, también hemos fallado al abandonar metarrelatos como la libertad, la igualdad, la fraternidad, lo bueno, lo bello y lo verdadero para instaurar falsos mitos de fama instantánea, poder ilimitado y una avidez asquerosa por el dinero, habido incluso a costa de lo más vil.

La especie humana se mantiene en tanto que existe un conjunto conformado por miles de millones de organismos con características comunes, capaces de reproducirse y de tener descendencia fértil. Pero, ¿qué les espera a dichas crías si el horror es el factor común de un tiempo convulso e incierto, donde un tipo de inteligencia —que no emana de una especie sino de un sistema capaz de aprender de la inteligencia y experiencia humanas para razonar, resolver y comprender mediante algoritmos   y, en medida de ello, de destruir, someter, controlar, aterrorizar y vigilar los intereses propios de su creador—, se ha convertido en el eje de buena parte de la realidad?

La razón se enuncia con la mano en la cintura, pero es tremendamente compleja de ejecutar. No estamos cuestionando con suficiente profundidad la realidad y su porvenir, ni nuestro papel como seres ahí, ni lo que sigue en un futuro que se aproxima a la velocidad de la luz; tampoco estamos cuestionando la función de los significados, ni el arte y el pensamiento que hemos producido como humanidad hasta ahora. No estamos pensando críticamente, justo cuando tenemos todo para hacerlo y resulta indispensable, por no decir obligatorio. De ello depende la persistencia de la humanidad y la invención de un nuevo proyecto que sustituya al moderno, que se pulveriza cada día con mayor perentoriedad.

Cierro con el arte porque no niego mi cuna de ocote y porque es cierto que él, como dije, emplea la IA como un medio técnico, tal como lo fue el óleo en tubo para que los impresionistas pintaran a plein air, la cámara fotográfica para que el hiperrealismo creara imágenes que conmovieran al espectador con su apariencia de realidad tangible o para que artistas como Cándida Höffer o Andreas Gursky mostraran un mundo bello desde su imperfección, acumulación y presencia antropológica, incluso en ausencia de seres humano. Hoy, Phillip Toledano crea We are at war, un proyecto cuyo título ya resulta una declaración rotunda y directa para quienes, desde la miopía del mainstream del arte, aún pretenden que la guerra sucede en otras latitudes y que no nos afecta ni nos afectará, porque el nuevo halo de imperturbabilidad es el dinero. Toledano trae a la vida, como en una cápsula del tiempo, las imágenes de la Segunda Guerra Mundial capturadas por la lente de Roger Kappa. Con ello plantea, por un lado, la dificultad que la IA ha traído para discernir lo verdadero de lo falso; por otro, nos recuerda que la guerra nunca terminó y que hoy, más que nunca, está en curso en distintas geografías, tal como lo estuvo en Normandía décadas atrás.

No ver, ignorar, dar la espalda, son hoy elecciones conscientes que hablan de una humanidad putrefacta, apática y de un nihilismo desprovisto de toda causa filosófica: las noticias están al alcance de nuestras manos veinticuatro horas al día, la guerra ocurre en tiempo real, la IA acelera los procesos bélicos privados y públicos e incluso el pasado regresa para anunciar el futuro: uno que no se antoja más que tremebundo, desesperanzador y deshumanizado.

¿Será que la humanidad, como la conocemos hoy, homo sapiens sapiens con vestigios neandertales, está por desaparecer? ¿Será que redes expansivas como Starlink y el 10G acabarán por desdibujar las fronteras entre la humanidad y la “artificialidad”? ¿Será que todo esto no sólo obligará a la humanidad a redefinirse, sino también a rediseñar sus estructuras, relatos, referentes y parámetros y, con ello, el arte, la cultura y el lenguaje estén a punto también de vivir la mayor revolución de su historia, incluso hasta el grado de una drástica mutación y extinción? A riesgo de sonar fatalista y de repetir las voces del pasado que vieron el advenimiento de lo peor en sus propios momentos históricos, creo que todo esto es así. Nada es lo que vemos, porque la creación humana, que es la IA, hace cada vez más a un lado a su creador, tal como el hombre acabó por hacer a un lado a sus dioses. Somos deidades antropomórficas que midieron todo en función de sí mismas y hoy, que se han puesto en desventaja frente a su propio artificio, somos sólo mesura de riesgos y miedos y el anuncio de un inevitable final. Es preciso, pues, repensar(nos), redefinir(nos), reescribir(nos), reinventar(nos): averiguar, de nueva cuenta, qué es el ser, qué lo hace estar en el mundo y cuánto tiempo le queda por delante, ahora que todo se dice desde la efímera inmediatez de la virtualidad y la artificialidad que tira por la borda la realidad. ¿Es todo esto el aquí y el ahora, y el tú que lee este texto real?

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