Número 24. Infiernos hospitalarios

Para entender el desastre

Javier Sicilia
Reseña

Federico Samaniego Lapuente, Racismo en Estados Unidos. Una visión histórica, DEBATE, Random House, México, 2026

A Federico Samaniego me une una larga y profunda amistad que se remonta a las movilizaciones que en 2011 y 2012 realizó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad para tratar de detener el infierno que la guerra contra las drogas desató en México. Su presencia y su apoyo durante la caravana por Estados Unidos, donde entonces radicaba al lado de su esposa Concepción Steta, funcionaria del Banco Mundial, fueron fundamentales para que el Movimiento no se extraviara en el complejo mundo de ese país y entender el papel que esa guerra juega en él. Lo que Federico me enseñó entonces es que la guerra contra las drogas, decretada por Richard Nixon en 1971 y retomada por Felipe Calderón en México desde su arribo a la presidencia en 2009, servía allí, entre otras cosas, para segregar a las poblaciones afroamericanas: además de las encarcelaciones masivas de negros y migrantes, las penas –me decía Federico– que se les aplican a los afroamericanos por consumo, tráfico de drogas y armas de fuego no sólo eran desde entonces mucho más altas que las que se aplican a los blancos; llegaban incluso a despojar a los negros de sus derechos civiles. Varios de los discursos que allí pronunciamos, particularmente en el sur, se refirieron a ello y suscitaron que Michelle Alexander, una abogada negra que venía de publicar en Nueva York un libro fundamental para entender el asunto, New Jim Crow. Mass Incarceration in the Age of Colorblindnes.1 La nueva segregación racial en Estados Unidos, nos buscara y se reuniera con Federico y conmigo cerca de Baltimore. Lo chocante de la situación era que esa política se llevaba a cabo bajo la presidencia de Barak Obama.

Pese al empeño que pusimos para mostrarlo, pocos lo entendieron, al grado de que en esta nueva etapa de la guerra contra las drogas que la administración de Trump lleva a cabo, ese argumento no está entre los análisis políticos de México y de Estados Unidos. Pareciera que su política antimigrante, el ensañamiento de los aparatos judiciales con ciudadanos negros, la construcción del término narcoterrorismo, el resurgimiento del destino manifiesto, de la doctina Monroe y la guerra en medio oriente, fueran hechos que no tienen relación entre sí; anomalías dentro del republicanismo y la democracia estadounidense. Para el imaginario público, la administración Trump y las organizaciones que lo rodean, como MAGA, Ice, los grupos radicales de supremacistas blancos y los tecnófilos de la era digital como Peter Thiel y Vance, son un epifenómeno auspiciado por grupos neonazis y fascistas que nada tiene que ver con la fundación y la Constitución de Estados Unidos, un accidente que a veces sucede en las sociedades democráticas.

La realidad, sin embargo, es otra: la administración Trump no es un epifenómeno ni una anomalía amparada por neonazis; es una punta de iceberg, un fragmento que sobresale de una enorme plataforma de hielo hecha no de agua, sino de un racismo que se gestó varios siglos antes de Hitler. Todo el argumento de Racismo en Estados Unidos. Una visión histórica es la demostración de que esa realidad que enarbola hoy abiertamente la administración Trump no es un mero escollo que dificulta la navegación de la primera democracia moderna y de las que se sucedieron en el mundo después de ella; no es una aberración que desaparecerá cuando los demócratas vuelvan al poder; es Estados Unidos mismo. El racismo y sus múltiples consecuencias nacieron con la llegada de los primeros colonos en 1607 a lo que hoy es Virginia y el arribo en 1619 a esa misma región del primer cargamento de esclavos traídos de África, pero se cimentó –allí inicia Racismo en Estados Unidos– con la Declaración de independencia, firmada el 4 de julio de 1776. En dicho documento que, antes de la revolución francesa, declaró la igualdad entre los hombres y su derecho “inalienable” a la vida, a la libertad y la búsqueda de la felicidad, los negros, señala Samaniego, no estaban incluidos; “eran esclavos”; tampoco, agrego yo, las poblaciones indígenas autóctonas; las habían masacrado o encerrado en reservaciones. La condición humana desde entonces perteneció en Estados Unidos a los blancos; también los derechos que la protegen. Los negros no eran hombres –si llegaron a valer algo para los negreros después de la abolición de la esclavitud, fue las tres quintas partes de una persona–; los indios eran sólo seres salvajes e inferiores.

Esta realidad, pese a la guerra de secesión casi cien años después de la Declaración de Independencia, no concluyó con el racismo que, muestra Samaniego, adquirió  otro rostro, la segregación, el linchamiento y, después de las luchas por los derechos civiles en la década de los sesenta, el de la obstrucción del voto de los negros, el de sus encarcelamientos masivos, el del ensañamiento de las penas judiciales contra ellos, que Samaniego me reveló en 2012 y nos confirmó Michelle Alexander, el de los juicios amañados, el de los abusos policiacos y, a veces, el de las ejecuciones tumultuarias.

La llegada de Obama al poder –el único presidente negro que ha tenido Estados Unidos después de 43 blancos y de dos más que lo han sucedido– no hizo la diferencia. Además de que no pudo contener los encarcelamientos masivos de la gente de color y gestó una dura política de expulsión de migrantes, fue, dice Samaniego, constantemente vilipendiado y perseguido por los supremacistas blancos que, al final de su administración, se vengaron llevando al poder a Donald Trump, una reedición recargada de lo que fueron las presidencias de James K. Polk (el creador del “destino manifiesto” y el artífice de la anexión de más de la mitad del territorio mexicano) antes de la guerra de secesión, y de Andrew Johnson, después del asesinato de Lincoln.

Para Samaniego, sin embargo, esta punta, de cuyo iceberg da cuenta a lo largo de las 389 páginas que componen Racismo en Estados Unidos y que sustenta con abundante documentación, pasajes y personajes históricos fundamentales, no sólo es la expresión de un país que ha querido ocultar sus contradicciones bajo la máscara de la democracia, las libertades y el liberalismo económico, es también el “último intento de la supremacía blanca por conservar la hegemonía política frente a la rica y creciente multiculturalidad” que se ha ido fraguando bajos las constantes olas de inmigrantes que han llegado y llegan de todas partes a los Estados Unidos. “El gobierno de Trump y MAGA –escribe Samaniego– no significa el inicio de una revolución, no significa el comienzo de ‘una revuelta de la verdadera nación americana’ como les gusta decir […] Trump no significa un comienzo, significa un final.”

Aquí (voy a cometer una indiscreción) el fino y profundo astrólogo que también es Samaniego llega en auxilio del historiador y del sociólogo. Para un astrólogo serio, el tiempo no es lineal; tampoco absolutamente circular. Los retornos del tiempo que suceden en el mapa celeste son revoluciones que concluyen un largo ciclo e inician uno nuevo. Para explicarlo, el astrólogo Samaniego suele utilizar una frase atribuida a Mark Twain: “La historia no se repite, pero a menudo rima”. La composición que actualmente tiene el mapa celeste –me dijo al concluir su libro– es semejante a la que tuvo en 1787: ese año, en el que se inició la resistencia que derivó en la revolución de 1789, la caída de Luis XVI y el fin de las monarquías, rima con la consigna No Kings que en 2025 movilizó a más de siete millones de norteamericanos contra las políticas de Tump. El desenlace, vuelvo al historiador, modificará “no sólo las relaciones de poder al interior de la sociedad norteamericana, sino también [lo estamos viendo en tiempo real] el equilibrio mundial de fuerzas”.

Venga lo que venga, Racismo en Estados Unidos es un libro imprescindible no sólo para entender ese iceberg que fundó a ese país y ha determinado mucho del derrotero que tomó el mundo después de la segunda guerra mundial, sino para leer, sin telarañas en los ojos, los estrechos vínculos que hay entre el racismo, el destino manifiesto, la persecución migrante, la guerra emprendida contra el terrorismo y el hoy llamado narcoterrorismo, una nueva fase de la guerra contra las drogas. Leerlo ayuda a mirar, en el espejo de Estados Unidos, un tiempo que, nacido del pensamiento ilustrado y lecturas aberradas del Evangelio, se acaba para tratar de sentar las bases de lo que probablemente, más allá de Estados Unidos, habrá que reconstruir cuando todo haya colapsado.

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