En el horizonte cultural contemporáneo, la palabra “política” provoca con frecuencia una reacción inmediata de rechazo. No es difícil comprender por qué: el término ha quedado asociado en el uso ordinario a una serie de fenómenos que generan desconfianza. La corrupción sistémica de las instituciones, la fragmentación del espacio público en trincheras ideológicas, la circulación irreflexiva de etiquetas como izquierda, derecha, progresismo, conservadurismo (cuyo contenido rara vez se examina con cuidado) y la presencia de figuras cuyo ejercicio del poder ha normalizado formas de violencia que van de lo estructural a lo bélico y lo genocida: todo esto ha sedimentado una imagen de la política como un sistema cerrado, autorreferencial y corrupto, del que la única respuesta parecería ser la distancia o la indiferencia. Lo que esta reacción no alcanza a ver, sin embargo, es que el alejamiento de la política no equivale a escapar de ella. Más precisamente: lo que se rechaza bajo ese nombre no es la política en su sentido originario sino su desfiguración.
Como señala Hannah Arendt, el poder legítimo, el cual surge del actuar en conjunto y del intercambio de palabras entre iguales, ha sido progresivamente desplazado por formas de dominación que trastornan su nombre. Renunciar a la política es, paradójicamente, dejar el campo libre a quienes la han desfigurado. Esta fractura no opera únicamente en el plano de las instituciones o de las prácticas de gobierno: opera ante todo en el lenguaje. Si el significado de una palabra depende de su uso dentro de prácticas sociales compartidas, entonces la pregunta por lo que “política” significa hoy no es una pregunta retórica sino filosóficamente urgente. El término ha sido sometido a un proceso de vaciamiento sistemático: desvinculado de los juegos de lenguaje que le daban contenido, ha quedado reducido a un conjunto de asociaciones difusas recargadas sobre figuras mediáticas, campañas electorales definidas por la publicidad comercial, sumisión fanática a un sentimiento de pertenencia antes que al juicio y la opinión, antes que al ideal de democracia que exige no sólo igualdad en el voto sino igualdad de la opinión. Todo esto tiene en común la ausencia de aquello que se supone que la palabra debería nombrar.
“Política” sigue circulando en el habla cotidiana; es, en ese sentido, una palabra omnipresente. Pero en términos wittgensteinianos, su “rueda gira sin tracción”: el término ha perdido conexión con la forma de vida que le otorgaba su uso genuino, y esa pérdida no es un accidente sino el síntoma de una destrucción más profunda del espacio en que el poder colectivo puede constituirse. El contrato social plantea la soberanía no desde el mandamiento, sino desde el acuerdo común de un grupo de personas para actuar conforme leyes que les permitan democratizar la opinión; para que el acto político se pueda mantener, es necesario que exista este acuerdo, que haya espacios de diálogo, que la ultima palabra esté dada por este concepto de soberanía y no por el de un sujeto fuera de la ley, que en todo caso sólo debería funcionar como ejecutor de la voluntad general. La modernidad nos ha alejado radicalmente del sentido de la política. Esto sucede al ordenarnos en sistemas que nos alejan de la asamblea, del ágora, y que permiten a los sujetos camuflajearse detrás de un alter-ego en el que no se arriesga nada de sí para exponer su opinión; nos reduce como sujetos políticos y no permite que la verdadera praxis exista.
Arendt sostiene que poder y violencia son fenómenos no sólo distintos sino opuestos en su naturaleza. La polis es un espacio constituido por el discurso y la acción conjunta, donde lo que está en juego no es la administración de las cosas sino la deliberación sobre los asuntos comunes. La violencia, en cambio, es instrumental y muda: opera mediante herramientas que amplifican la fuerza física, es muy eficaz para destruir, pero incapaz por sí sola de fundar o sostener algo; la violencia empieza donde la polis termina. Lo político no precede al lenguaje ni lo trasciende: se constituye en él. Términos como “justicia”, “libertad” o “pueblo” no designan esencias abstractas: su significado está constituido por el modo en que los términos circulan, se aplican, se disputan y se corrigen dentro de una forma de vida concreta. Por lo tanto, si el poder político requiere lenguaje compartido, entonces las condiciones de posibilidad de ese lenguaje son también condiciones de posibilidad de la política misma.
Un régimen que persigue, silencia o desaparece a sus opositores, que responde a la crisis con violencia, no sólo elimina personas, elimina a los interlocutores sin los cuales ciertas palabras dejan de tener uso reconocible. Términos como “democracia”, “derechos” o “ciudadanía” no desaparecen del vocabulario oficial tras el ejercicio de la violencia; al contrario, suelen multiplicarse y volverse universales, pero vacíos de contenido. El uso de estos conceptos, enmarcados en un sistema que permite la violencia, rompe con la forma de vida política en la que deberían de estar enmarcados y, al hacerlo, los conceptos citados quedan sin significado; se vuelven una estructura retórica al uso del Estado para manipular el discurso. Así, la violencia produce una forma de afasia política: el lenguaje sigue funcionando en apariencia, pero ha perdido su capacidad de orientar la acción común y de constituir poder.
Si la violencia destruye formas de vida y los juegos de lenguaje que las articulan, la resistencia política pasa necesariamente por reconstituirlos. Recuperar palabras, regresarles un uso preciso, reconstruir las prácticas en que cobran sentido no es una tarea meramente cultural o pedagógica; es la condición mínima para que haya poder colectivo en lugar de dominación. La práctica política hoy está degradada, los conceptos que obtienen el significado de su uso han sido desplazados a la violencia y consecuentemente vaciados de contenido. Se han vuelto pseudoconceptos que crean una ilusión política. Tal vez no haya en el horizonte inmediato ninguna forma de reconstruir su universo. Lo que, sin embargo, es posible y necesario, es reconocer que lo que hoy se llama política es en gran medida su negación, que los conceptos que deberían orientar la vida común han sido sistemáticamente destruidos y que esa destrucción no es accidental sino el resultado de un constante ejercicio de violencia sobre el lenguaje político y las formas de vida que lo sostienen.
